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Índice

 

1. MIRA SIEMPRE A LOS LADOS ANTES DE CRUZAR

2. ESQUIZOFRENÉS

3. QUÉ ME ESTÁ PASANDO

4. LA SALA DE REFLEXIÓN

5. EL TRAJE

6. SOY UNIVERSO

7. MENSAJES

8. JULIÁN "EL MILHOMBRES"

9. EL SACO DE CEBADA

10. LA RATA

11. ERAN SÓLO MIL

12. UN VIAJE EN TREN

13. ANIMAL SOCIAL

14. DÉJÀ VU

15. AL FINAL DE LA ESCALERA

16. LIMEN GARCÉS

1. Mira siempre a los lados antes de cruzar

 Juro que no lo vi venir. No hacía mucho tiempo que mis padres me habían dejado ir solo, sin que nadie me acompañara. Antes, mi padre me esperaba cuando salía de casa, camino del colegio. Así lo habían acordado cuando se separaron. Al verme, sonreía ligeramente, diría que con un poco de pena, y me cogía de la mano, casi sin dirigirnos la palabra. A mí me daba corte decirle algo y él supongo que iría pensando en sus cosas. Parábamos en un bar, a mitad de distancia entre mi casa y el colegio. Me quedaba afuera y contaba los minutos hasta que volvía a salir. Me cogía de nuevo de la mano y no me soltaba hasta que me escabullía, entre mis compañeros, por la puerta de entrada del edificio donde estudiaba. Siempre le miraba de reojo y le veía parado, mirándome, hasta que, supongo, desparecía de su vista y se marchaba. Sin que me viera, me daba la vuelta y miraba como se alejaba. Pero, no hace mucho tiempo, habían decidido que ya era mayor para ir yo solo y mi padre dejó de esperarme todas las mañanas. Mi madre se agachaba y me daba un beso mientras me ajustaba la mochila en la espalda. Me pasaba la mano entre mis pelos enmarañados e intentaba arreglar el desaguisado. Después me susurraba al oído, mira siempre a ambos lados antes de cruzar. Lo hice pero juro que no lo vi venir. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la delantera del autobús. Me arrolló. Empecé a dar vueltas por debajo del vehículo. Escuchaba cómo mi cuerpo se golpeaba contra el suelo y la carrocería. No se escuchaba más ruido que ese, hasta que frenó. Recuerdo salir reptando de debajo del autobús. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y me miré los pantalones. Estaban rotos. Supuse que hoy no me libraría de una regañina. Un señor, muy nervioso, me empezó a preguntar si estaba bien y le contesté que sí pero que me tenía que ir porque llegaba tarde a clase. Pero si estás sangrando de la cabeza, chaval, me contestó. Me toqué la cabeza y miré, asustado, mi mano manchada de sangre. Ahora estoy aquí, tumbado en la mesa de operaciones. Hay varias personas a mi alrededor. Uno ha dicho que tiene que ser a pelo, sin anestesia. Una mujer, que no para de moverse, dice que hay que cerrar la herida rápido, que he perdido mucha sangre. Un señor con anteojos, se agacha a mi lado mientras me coge la mano y me dice que soy un chico muy valiente. La mujer se da la vuelta, con unas tijeras en la mano mientras el hombre me limpia con una gasa, la sangre que me chorrea por el pelo. La mujer me pregunta el teléfono de mis padres. ¡Cuándo se entere mi madre! No quiero ni pensarlo. Me duele más que el golpe en la cabeza. Le hago una seña, que se acerque, porque apenas me sale un hilo de voz. Le digo que cuando le llame no la asuste, que tenga cuidado en cómo se lo va a decir. No quiero que se preocupe, por favor. La mujer me contesta que tendrá mucho cuidado y cuando recibí la llamada, no sabía si era una broma o era verdad lo que me estaba diciendo. Me decía que una persona que conocía estaba ingresada en un hospital y quería verme. Le pregunté que cómo se llamaba pero no me lo dijo. Solo que, por favor, fuera rápido porque había insistido en que me quería ver. Colgó el teléfono. Me quedé unos segundos  con el auricular en la mano, pensando en quién me podría estar gastando esta broma. Está claro que no es de muy buen gusto. Comprobé la dirección que me había dado y, en efecto, el hospital existía. Me entraron muchas dudas, de verdad. ¿Y si era cierto? Pero ¿quién podía ser? No conocía a nadie que le hubieran tenido que ingresar pero la señora perseveró en que me conocía y que había insistido en verme. Mira, es mejor salir de dudas porque una nunca sabe. Cogí el abrigo y el bolso y me fui. Voy camino del hospital. No queda muy lejos de casa. Bien sabe Dios que si puedo, evito los hospitales. No puedo ni quiero estar tan cerca de la enfermedad y del dolor. Me pone nerviosa. No sé si llamar a Juan. Igual hay algún amigo en común que ha enfermado y yo no me he enterado. Me lo hubiera dicho aunque, desde que le pedí que dejara de llevar al niño al colegio, no me ha vuelto a dirigir la palabra. No me importa que vea al niño, que esté con él, de verdad, pero no soporto su manía de meterse en el bar mientras le deja esperando en la puerta, bebiendo vino y charlando con los amigos. ¿No puede centrarse en su hijo? Para lo poco que le ve debería esmerarse un poco más. Ay, de verdad, quién puede ser. La enfermera o quien fuera la que me ha llamado me podía haber dado más información. No entiendo que no me diga cómo se llama, que me diga que el enfermo le ha pedido que no dé su nombre. Solo que vaya. Estoy casi llegando. Tenía que haber llamado a Juan. El niño le echa de menos desde que no le acompaña. No sé si he hecho lo mejor. Era de los pocos momentos en que estaban juntos y la verdad es que al niño le gustaba ir con su padre, a pesar de lo arisco y la mala leche que tiene. Al principio me dio un poco de miedo, pero ya se está haciendo mayor y tiene que empezar a hacer las cosas el solito. Solo tiene que tener cuidado y mirar a ambos lados al cruzar la calle y te juro, mamá, que lo hice. Miré a un lado y a otro de la calle pero no vi nada. Estaba desierta y crucé corriendo. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba debajo del autobús. Sé que no me va a creer. No dejo de pensar en cómo se lo voy a explicar. La enfermera me ha dicho que apretara los dientes porque me iba a doler. ¡Y vaya si me dolió! Me cortaron los pelos de la cabeza alrededor de la brecha y era como si me clavaran miles de alfileres por todo el cuerpo. Me tiraban tanto del cuero cabelludo que tenía la sensación de que me lo iban a arrancar. El señor de los anteojos seguía cogiéndome de la mano mientras me decía que muy bien, que era un machote y esas cosas que se dicen para animar, pero el dolor era tan intenso que hubiera preferido que se callara. Me gustaría decir a mi madre que no me importa ir solo al colegio pero que ya hace mucho tiempo que no veo a papá. Tenía que haber pedido a la enfermera que le llamara pero, bueno, mejor no. No quiero que me vea llorando. Es que no puedo reprimir las lágrimas. Me duele mucho, demasiado, creo yo, no ha sido nada fácil para ninguno de los tres y soy consciente de que el niño ha sufrido más que ninguno. Debe ser este edificio. Hay una señorita en recepción. Me dice que espere en la sala de espera. Me siento al lado de un señor, muy nervioso, que no deja de mesarse los pelos de la cabeza. No estamos más que nosotros dos. No sé qué sentir. Vengo sin saber nada y nada es lo que me han dicho en recepción. Solo que espere tranquilamente. No puedo ponerme nerviosa, más allá de lo que estas paredes blancas me ponen de por si, ni preocuparme como el señor que tengo a mi lado. He venido por curiosidad, por saber quién me llama con tanto secretismo. Apenas hay movimiento. De vez en cuando aparece un celador, casi sin hacer ruido, que ni siquiera es capaz de mirarnos, para desaparecer inmediatamente en la oscuridad del pasillo que tengo delante. Me gustaría aliviar el sufrimiento de este hombre pero me da pudor entrometerme en las desgracias de los otros. Me mira tímidamente y solo puedo esbozar una sonrisa que pretende ser conmiserativa. Somos esclavos, pienso, de nuestro propio dolor. Un dolor único que difícilmente los otros lo pueden compartir, aunque lo intenten y pretendan aliviarnos con comprensivas palabras. Qué se le puede decir a este hombre ante su sufrimiento. Qué se le puede decir que no suene ridículo o condescendiente. Prefiero el silencio aunque a ojos externos pueda parecer algo frío. Para mí es respeto. Aún así, le agarró su mano y esperamos. Una enfermera aparece de entre la oscuridad y se acerca a nosotros. Nos levantamos a la vez, sin soltarnos de la mano. Me viene a la cabeza aquello que suelo decir al niño. Mira siempre a los lados antes de cruzar. No sé por qué me pongo a llorar.

2. Esquizofrenés

 

Sólo quiero hundirme en la locura

ser un loco loco feliz

en un país de cuerdos.

 

Le Domineo

 

 PRELUDIO

 No hace muchos días he cumplido cuarenta años. A veces con una mínima información sobre una persona somos capaces de imaginárnosla y dotarla de una características, que no tiene por qué tener pero que nuestros prejuicios construyen hasta convertirlas en realidad. Cuarenta años no es nada pero suficiente. Cada uno de vosotros ha podido crear, a partir de mi edad, una imagen de cómo soy.  Me podéis estar imaginado como una persona de alta estatura, con los ojos azules, regordete o, ¿por qué no?, musculoso, con alguna cana que otra, con juanetes, con barriga o como el hombre de vuestros sueños. E incluso podéis pensar que estoy casado, con hijos, con un trabajo estable, sin problemas de dinero o endeudado hasta las orejas. Bueno, en definitiva, que os habréis hecho una idea de mí solo con conocer mi edad.

 Aún así seguro que os equivocáis. Hay una forma de saber como soy:mirándome. No tengo secretos

 

CAMINO DEL PSICÓLOGO (o el psicólogo me espera)

Siempre voy por el mismo camino. El más largo, claro, pero no por miedo --quién tiene miedo hoy en día de acudir a la consulta de un especialista de estos en la conducta-- sino porque me gusta pasear. Lo adoro. Me permite pensar, que es mi pasatiempo favorito y a su vez el origen de todos mis problemas. Y es que pienso sobre todo lo pensable e incluso pienso que pienso, y esto, todo esto, lo hago paseando, pasito a pasito, sin pudor, delante del resto del mundo. Sé que llamo la atención. Lo sé porque siento cómo sus ojos se clavan en mí, como ardientes dagas. Antes de saber cuál era el motivo, me torturaba al pensar el por qué de sus miradas. Al principio, pensé que se fijaban en algo de mi aspecto, no sé, la corbata, el pelo, los zapatos, la ropa, mi nariz aguileña, mis ojos oblicuos, bueno, cualquier característica física de esas. Pero lo descarté, pues los espejos me dijeron que mi apariencia era normal. Después, creí que era la extraña manía de pensar en voz alta pero tampoco, pues eran sólo susurros imperceptibles en comparación con el conjunto de sonidos que inundaban las calles a mi alrededor. La incertidumbre me devoraba hasta que, de nuevo, un espejo me dio la solución, sí, un espejo de esos que devuelven tu imagen. Allí estaba yo, delante de aquel espejo curvo, enhiesto como un tronco con dos ramas a cada lado y una bombilla luminosa encima de la cabeza ¡Una bombilla! ¿Cómo no me había fijado antes? La verdad es que sólo un iluminado por la locura podría ver una bombilla iluminada sobre su testa. Pero, como yo no estaba loco, tendría que ser real. Y así era. Aquel día descubrí que cada vez que una idea aparecía en mis dominios, una hermosa bombilla de 200 voltios  se levantaba majestuosa sobre mi solitario cuero pelónico, una bombilla capaz de iluminar una habitación, no sé, digamos que de treinta metros cuadrados. Increíble. Insólito. Imposible.

Pero esto no era suficiente para resolver mi duda, pues a uno no se le ocurren ideas cada dos por tres sino, más bien, de ciento en viento. Tendría que haber otra explicación que explicara, valga la redundancia, por qué me acosaban con sus miradas. Y otro espejo, ¡oh, Dios de la sabiduría! me reveló la razón. El quid de la cuestión estaba en mi frente. Allí aparecía cada una de las palabras que componían mis pensamientos. Como un modelo de pensamiento en una pasarela, el resto del mundo podía leer todo lo que por mi mente pasaba. En resumen, me encontraba intelectualmente desnudo. Probé con boinas, bragas, pasamontañas, todo tipo de objetos con el fin de ocultar mi ser, mi esencia, mi pensamiento. Inútil.

¿Cómo no iba a llamar la atención una persona con una bombilla en la cabeza y un pensamiento pre-claro? Es lógico que el resto del mundo quedara absorto ante tal espectáculo. Se limitaban a mirarme con estupefacción, como si no llegaran a creer lo que veían, como si fuera una alucinación. Seguro que alguno creyó ser un trastornado. Pobres. Lo que me sorprendía era que no hubiera sido objeto de chanza por parte de algún granuja. Pero yo también tuve que aceptar mi condición de hombre sin secretos. No es fácil mostrarte a los demás tal como eres, sin tapujos, sin mentiras ni medias verdades. No todo el mundo es capaz de aceptar tamaña sinceridad, ni siquiera uno mismo. A veces duele pensar lo que se piensa pero no me queda otro remedio que mostrarlo, pues comprobé que la mentira expuesta en mi frente sería un galimatías de difícil comprensión y promotora de intensos dolores de cabeza. De esta forma, se me puede definir como una persona que siempre va con la verdad por delante. Con orgullo muestro mis pensamientos, sin pudor. Con la cabeza bien alta, para que todos lo vean, paseo camino del psicólogo.

 

SESIÓN CON EL PSICÓLOGO (o el psicólogo me mira)

 Mi frente: ¡Oh qué gabinete más naif!, mucho gusto en conocerle pero poco gusto el de usted en elegir los muebles de su despacho.

Impertérrito, y eso que el psicólogo me mira. Me siento. Yo a un lado de la mesa y él enfrente. Comienzo a pensar, pero el señor este me corta de forma muy grosera, como si no me escuchara o, mejor dicho, leyera. Y es que ahora, como os podéis imaginar, utilizo mi habilidad especial para expresarme. Es absurdo gastar saliva y sale menos barato. Imagínense, primero pienso, este pensar proviene de mi hemisferio dominante, el intelectual, de aquí pasa a la parte del cerebro que produce el sonido, este manda su mensaje al sistema nervioso, que pone en funcionamiento el aparato vocal que emite sonidos, que convencionalmente designamos palabras en un idioma conocido por todos los que lo hablan, y así mi pensamiento alcanza la luz.  En todo este proceso se produce un gasto de energía inmenso, un derroche que no se puede tolerar y que, gracias a mi facultad portentosa, yo me ahorro. Pero parece que a este le importa bien poco lo que pienso. 

Psicólogo: …Tras esa cámara se encuentran mis compañeros que podrán intervenir durante la sesión cuando estimen oportuno, para ello tienen a disposición este teléf…

Mi frente: No es necesario que me explique lo que ya sé, amigo. No es la primera vez que acudo a un especialista. Lo que me gustaría es que dejara de hablar cuando yo hablo, se parece usted a mi mujer. Este es el problema: mi mujer. Mi matrimonio se hunde irremisiblemente en el mar de la incomunicación…

Psicólogo: …Así que, si le parece, podemos comenzar. ¿Cuál es el problema?

Mi frente: ¿El problema? Ya se lo he dicho. El problema es mi mujer. Se queja de que ya no hablo, de que ya no soy como antes, cuando le contaba todo. Yo lo niego y le explico que no he cambiado, que la sigo queriendo como siempre y que sigo contándole todo. Pero ella no me escucha, me apremia a decir algo cuando ya se lo estoy diciendo. Me preocupa de verdad. Creo que está enloqueciendo o quedándose ciega.

Psicólogo: ¿Y bien? (Pausa-silencio 30 segundos) Bueno, podría empezar describiéndome el problema que le trae hoy aquí. Puede tomarse el tiempo que quiera.

Mi frente: Pero ¿qué dice? Ya le he contado lo que me pasa. ¿No lo ve o qué? Bueno, vamos a  tranquilizarnos.  Se lo repetiré más despacio.  Mi mu-jer es-tá en-lo-que-cien-do, o eso creo yo, ha de-ja-do de ha-blar-me y ha pe-di-do el di-vor-cio.  Yo quie-ro sa-ber qué ten-go que ha-cer pa-ra e-vi-tar el de-sas-tre.

Psicólogo: ¿Por qué arruga la frente?

Bueno, ya es suficiente. Me levanto y me voy. Es inconcebible que pueda burlarse de esta manera de sus clientes.  Es un agravio que no he de soportar. Lamentablemente, el psicólogo me mira pero no ve nada.

 

DIAGNOSIS PSICOLÓGICO (o yo pienso de que)

Transcripción parcial del informe psicológico:

…Y basándome en la información aportada por la mujer del paciente y en la entrevista personal con este último, puedo dar fe de la existencia de un episodio esquizofrénico, con ideas delirantes de grandiosidad del tipo “mi pensamiento lo pueden leer todos los seres del mundo”, y alucinaciones visuales del tipo “bombillas encima de la cabeza”.  La probable causa que provocó este episodio fue el anuncio, por parte de su esposa, del inicio de los trámites del divorcio, basándose en la escasa comunicación que existía en su matrimonio.  El paciente describió, en una carta excepcional dirigida a su mujer, los extraños sucesos que produjeron sus alucinaciones y las razones por las que, desde ese momento, adoptaba una nueva forma de comunicación, el pensamiento reflejado en su frente. Opta por un lenguaje que podríamos bautizar como esquizofrenés. Así, solucionaba dos problemas que le preocupaban, la mentira y las palabras expresadas por vía oral. Abomina de la palabra y acude a la antesala de estas, los pensamientos que, según el paciente, son puros y claros.  No confunden. Además resuelve el problema de la falta de sinceridad, otra de las razones que provocan la ruptura de su matrimonio.  Con este nuevo lenguaje no puede mentir. Si lo hace, explica en su carta, “le produce interferencias”. Todo esto tiene sentido solo en su paranoia pues en la práctica los problemas se acentúan.  Sugiero su ingreso temporal en un hospital psiquiátrico, bajo tratamiento farmacológico y psicológico además de…

 

EPÍLOGO

Sé que esta capacidad sobrenatural no ha enriquecido mi relación con las personas que me rodean. No aceptan mi original forma de comunicación. No son conscientes de las ventajas que posee, de las dificultades que evita. Pretenden a través de sus exhortaciones y críticas que vuelva a expresarme como ellos, que vuelva a enredarme en los juegos sin fin que provoca la comunicación oral.  He perdido el amor de mi mujer y la amistad de mis amigos  pero he aprendido que el camino que ahora recorro, sólo unos pocos tenemos el privilegio de conocer. Me tachan de loco, de iconoclasta de lo imposible. No se dan cuenta de lo hermoso que es ser feliz, un loco feliz. Porque a pesar de los problemas que provoca, me hace sentir bien. A pesar de estar encerrado en este edificio. A pesar de perder mi libertad, sólo física, porque mi mente vuela, como un ave elegante, hermosa y libre, hacia el sol quemado por el fuego, un ave que rasga con furia el azul del cielo. Soy pensamiento libre, tal cual.

Si me vieran sabrían lo que pienso de ustedes.

 

3. Qué me está pasando

Le costaba asomarse por encima del muro de hojas y ramas que rodeaba el lugar donde dormitaba la mayor parte del día. Apenas llegaba a asomar el pico, sostenido levemente por sus dos débiles patas, y se caía hacía un lado cuando no era capaz de mantener el equilibrio. Si esto ocurría, se quedaba recostado sobre su espalda de plumas y miraba hacia el cielo. Pasaban las nubes con múltiples formas y dejaba volar su imaginación. Se veía a sí mismo agitando las alas, atravesando tan extrañas formas o dejándose mecer por la caprichosa fuerza del viento. No tenía mayor ilusión que poder volar y deseaba que llegara el día en que sus feos muñones se transformaran en perfectas alas. Cada vez notaba que sus articulaciones estaban más fuertes y aguantaban durante más tiempo sus correrías y saltos pero consideraba que sucedía de forma muy lenta. Aún no eran tan fuertes como para permitir asomar su pequeña cabeza y ver qué había más abajo del cielo. Quería que todo fuera más rápido y tener la libertad de volar hacia donde quisiera, sin los límites de esas cuatro paredes que le rodeaban. Creía que, con la ayuda del viento, podría llegar al más recóndito rincón del universo, subir al cielo y bajar al más allá cuando le viniera en gana. Pero, ahora, apenas levantaba su pico unos centímetros por encima del perímetro del nido y su mirada se enredaba entre las ramas que formaban las paredes que le encerraban.

Cuando se concentraba era capaz de notar cómo sus articulaciones iban creciendo y se fortalecían. Podía notar cómo la sangre corría en su interior como un torrente y, si aguzaba el oído, escuchar el ruido que provocaba su avance. Le hacía sentir que la vida se abría paso en su interior, poco a poco, pero de forma inevitable. Probaba la flexibilidad de los muñones, que un día se convertirían en alas, y flexionaba cada una de sus patas, impulsándose en el aire y regresando rápidamente al suelo como un muelle. Caminaba alrededor de las paredes del nido, aspirando y espirando continuamente, y agitando los muñones en tanto cerraba los ojos e imaginaba que el viento le golpeaba la cara mientras volaba entre jirones de nubes. Pensaba en tejer una túnica de nubes que le permitiera flotar, planeando, mientras oteaba lo que hubiera más abajo del cielo. Su imaginación no dejaba de crear posibilidades, alternativas que le permitieran hacer más estimulante la monótona vida en su solitario habitáculo.

Un día, al despertarse, se encontró rodeado de plumas. Su cuerpo apareció pelado, rosáceo y expuesto ante el mundo. No sabía qué es lo que le había pasado. Vio sobrevolar a otras aves que se le quedaban mirando, con el pico abierto, y se comunicaban entre ellas, con evidentes gestos de sorpresa, mientras le señalaban con sus alas. Cogió las plumas con el pico y las levantó en el aire dejándolas de nuevo caer en el suelo, sin creerse todavía lo que estaba ocurriendo. Notaba que el aire estaba más enrarecido en el interior del nido. Le costaba respirar y tuvo que levantarse sobre sus patas para aspirar un aire más limpio. Qué me está pasando. Miraba su cuerpo desnudo, ensimismado, buscando en su interior una explicación de por qué había perdido su plumaje. No sabía si estaba provocado por alguna enfermedad o era debido a la estación climática pero, hasta lo que él conocía, los miembros de su especie no mudaban la pluma. Aquello no era normal.

Aquel día solo fue el inicio. Empezó a crecerle pelo por todo el cuerpo y sus dos muñones adquirieron una forma extraña, más largos, y acabados en dos manos con cinco apéndices cada una que le permitían agarrar las cosas de su alrededor, tocar su cuerpo cambiante y alcanzar alguna de sus partes desconocidas. La espalda era una de ellas y, en los últimos días, había notado un dolor intenso que se transformó en dos pequeñas deformaciones semejantes a tocones. Se sentía avergonzado por esos cambios tan extraños y recogió, con sus nuevas manos, restos de hojas y ramas para construir un pequeño tejado que le permitiera ocultarse de las miradas curiosas. No quería que vieran cómo se estaba transformando en un monstruo. Notaba cómo su cuerpo se iba modificando sin que pudiera hacer nada para evitarlo más que observar, a veces con miedo, a veces con curiosidad, los cambios que se producían. Los tocones de la espalda, para su sorpresa, empezaron a crecer y a cubrirse con un plumaje de color grisáceo como si fueran alas, nacidas en un extraño lugar. Su rostro, del que se cayó el pico y en su lugar apareció una abertura con pequeños dientes blanquecinos, empezó a cubrirse con una barba espesa y desordenada al igual que en su cabeza aparecieron largos cabellos despeinados. De la abertura de la cara empezaron a salir desconocidos sonidos, a veces melodiosos, a veces desgarrados alaridos, que cada vez fueron haciéndose más familiares. Hasta que un día se escuchó decir lo que tanto había pensado: ¿qué me está pasando?

Ya era invierno y sentía que el proceso de transformación se estaba acabando. La nieve empezaba a caer, formando una fina y blanca capa sobre sus cabellos. Las alas de su espalda, que habían crecido hasta alcanzar casi los dos metros, le permitían sobrevolar el pequeño nido aunque su elevado peso le había hecho dudar sobre si esas alas podrían cumplir su función. Sus brazos, poderosos, se habían convertido en extremidades fibrosas de extraordinaria fuerza. Aún así sentía vergüenza por ser diferente a todas aquellas aves que comenzaron a admirarle desde lejos, temerosas de que aquel monstruo pudiera hacerles daño. No se atrevía a mostrarse a la luz del día y esperaba a la puesta de sol para asomarse tímidamente. Miraba a su alrededor y comprobaba que no había nadie para desplegar sus alas y elevarse en el aire. Se sentía raro pero cada vez estaba más cómodo con su nueva forma. Lejos de las miradas de los otros, se recreaba en el cielo haciendo piruetas y forzaba hasta el límite que su nuevo cuerpo le permitía. Escuchaba voces que venían de abajo del cielo y se sentía atraído por ellas. ¿Quiénes eran aquellos seres que caminaban por el suelo pero que no podían volar? Se sabía parecido a ellos pero distinto, igual que con sus congéneres voladores. Parecido pero distinto. De nada le servía seguir escondido entre las sombras. Debía mostrarse tal como era. Salir con la luz del sol y sumergirse en las nubes, y con la ayuda del viento llegar al más recóndito rincón del universo. Lo que siempre había soñado.

4. La sala de reflexión

Aparcaron muy cerca del edificio. El hombre se desperezó nada más salir del coche. Se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado, unos instantes, inmóvil, como si se hubiera quedado petrificado, hasta que el ruido que provocó la mujer al cerrar la puerta delantera del conductor pareció despertarle. Hablaron entre ellos. La mujer abrió el maletero y sacó una carpeta blanca. El hombre, con las manos en los bolsillos, se había adelantado unos metros en dirección al edificio mientras miraba a su alrededor. Tendría unos cuarenta años. Apenas había esbozado una sonrisa y por los gestos que hizo a la mujer con las manos, balanceándolas abajo y arriba, tenía prisa. Esta se puso a su altura rápidamente y le pasó la carpeta. El hombre se paró y sacó unas hojas que pareció leer con atención. Volvió a meterlas en la carpeta y, sin mirar a la mujer, se la devolvió. Se dirigió al edificio. Era media tarde y no se veía un alma. El cielo estaba nublado y hacía tanto frío que aún permanecían helados los carámbanos colgantes de la lluviosa mañana. El hombre, encogido, apretó el paso y subió las escaleras que llevaban hasta la puerta de la entrada. Golpeó con los nudillos un par de veces pero no hubo respuesta. La mujer, que acababa de subir los últimos peldaños, se había tapado la cabeza con un pañuelo y se frotaba las manos para darse un poco de calor mientras miraba, contraída, la puerta. Parecía que había visto algo. Apartó unos arbustos que ocultaban un timbre y llamó. No pasó más de unos segundos hasta que se abrió la puerta. El hombre y la mujer alargaron sus manos y saludaron a alguien que apenas se distinguía de las sombras. Estamos aquí por María.

 

Cuando leí los informes que me hablaban de María no me parecieron muy diferentes a los que he leído durante años sobre otros adolescentes. Nada le hacía diferente a otros pero el Grupo de Ayuda a la Infancia y a la Adolescencia había considerado que era una niña que requería una atención especial para controlar lo que denominaban accesos transitorios de violencia inusitada. Estoy en uno de los centros de reeducación del gobierno. Soy un evaluador. Valoro si las personas aquí ingresadas pueden reinsertarse de nuevo en la sociedad y cumplir con los deberes que nuestro gobierno nos exige. Hoy, mi compañera y yo, conoceremos a María. Estamos en una sala muy estrecha y alargada. Apenas hay luz. Hay unas sillas apoyadas en la pared enfrente de un espejo unidireccional que da a una sala más grande e iluminada. Sus paredes están acolchadas. Esta sala está vacía. Llevamos esperando ya un buen rato. Me sudan las manos y no sé qué hacer con ellas. Escucho voces. Parece que alguien se acerca. Mi compañera se sienta en una de las sillas y mira hacia la puerta donde aparecen varias personas. Reconozco a la directora del centro. Los demás no sé quiénes son. Tienen una animada conversación en la que rápidamente nos incluyen.

¿Qué opina de la violencia como método reeducativo?- me pregunta la directora.

 No tengo una opinión muy clara…he de reconocer que no soy un experto en esa materia. Mi trabajo, ya sabe, no consiste en la reeducación sino en la valoración de que esa reeducación es efectiva de cara a una deseable incorporación a la vida normal.

 Bueno, algunos pacientes sólo pueden aspirar a esa reinserción desde el forzamiento de la voluntad –me contesta mientras sonríe a los contertulios- Los métodos basados en el diálogo han resultado ser absolutamente ineficaces al proporcionar a los pacientes justificaciones a sus comportamientos disfuncionales  y, por tanto, evitar el cambio necesario.

 Puede ser pero no estoy muy seguro de la permanencia de los cambios a través de los métodos de reeducación violenta –me atrevo a decir, sabiendo que este planteamiento no es académicamente aceptable.

 Veo que uno de los contertulios mueve la cabeza en claro desacuerdo. La directora fuerza una sonrisa.

 El dolor es un elemento mnemotécnico poderoso, no lo olvide –respondió buscando con la mirada la reafirmación de su audiencia- La aplicación de la violencia se acompaña de un proceso de reflexión que nos diferencia de un vulgar y despreciable agresor. La sala de reflexión es uno de los recursos que, como ya sabe, nos permite generar el cambio deseado en nuestros pacientes.

 Prefiero no decir nada. No estoy muy seguro de que este método funcione. He tenido muchas discusiones con mi compañera sobre este asunto porque creo que no existe un forzamiento de la voluntad sino una anulación que convierte a las personas en simples peleles. La directora se marcha. El resto se sienta. Cada uno de ellos lleva una libreta en la mano y empiezan a tomar apuntes. Tomo asiento en una de las sillas frente al espejo, al lado de mi compañera. Tengo la sensación de que el espectáculo va a comenzar.

 

 Lo que ocurría dentro de los centros de reeducación se ocultaba con especial interés por parte de las autoridades. Los padres de los pacientes apenas recibían información sobre el tratamiento que recibían y las llamadas telefónicas eran auditadas y cortadas ante el menor indicio de que el paciente pudiera desvelar cualquier dato sobre lo que allí ocurría. No se permitían las visitas y la duración de la estancia en el centro era indeterminada y condicionada a la respuesta positiva de los pacientes al tratamiento. La mayoría sentía eso que muchos psicólogos llaman indefensión aprendida. No había nada que hacer para resistirse a los métodos de los reeducadores y se dejaban hacer, adoptando un comportamiento sumiso y maleable. En ese momento se piensa que están respondiendo al tratamiento en el que la sala de reflexión se considera, a su vez, un punto de inflexión fundamental para doblegar las voluntades más resistentes. Las paredes de esta sala están acolchadas para evitar que los pacientes se puedan hacer daño a sí mismos y, como consecuencia natural, también impide que los gritos de ayuda puedan ser escuchados por el resto de pacientes aunque todos intuyen lo que se esconde tras la puerta que lleva a esta sala. La estancia suele variar y se encuentra en función de la resistencia psicológica de los pacientes. Se les priva de cualquier contacto humano y se reduce la comunicación a frases repetidas periódicamente, a través de unos altavoces, en los que el mensaje de fondo es “tú no existes”. El objetivo es la perdida de la mismidad. El conocido psiquiatra Laing se refirió a esta práctica de la siguiente manera: “…independientemente de cómo una persona actúe o se sienta, independientemente de qué significado dé a su situación, sus sentimientos no son tenidos en cuenta, sus actos son desconectados de sus motivos, intenciones y consecuencias, la situación es despojada del significado que tiene para ella, de modo que queda totalmente confundida y alienada”. No hay un castigo más espeluznante. Los pacientes saben cómo  salen sus compañeros de esa sala, preparados para reintegrarse como sujetos válidos en la sociedad pero con la autenticidad del sí mismo mutilada. No les reconocen. Para María era la primera vez que tenía que entrar en la sala de reflexión. Desde que ingresó en el centro de reeducación no había mostrado mucho interés por obedecer las normas. Podía haber optado por lo que hicieron muchos de sus compañeros, mostrar sumisión, aceptar las intromisiones en su intimidad, mirar a otro lado ante comentarios despectivos hacia ella, hacia su familia, hacia todo lo que consideraba importante o cerrar sus labios ante las burlas y así evitar las correcciones violentas de los reeducadores. Podría haber optado por todo esto pero no lo hizo. Le gusta ser cómo es y está dispuesta a defenderlo hasta las últimas consecuencias.

 

Soy más resistente de lo que aparenta mi aspecto debilucho y mi corta estatura. Me siento sola y eso me ha hecho fuerte. Sé que la mayoría de las veces no me he mostrado realmente como soy, pero he aprendido que hacerlo me provocaba dolor y no puedo aparentar que me pueden dañar. Sé fingir que estoy bien cuando estoy mal y llorar y aparentar debilidad cuando quiero conseguir algo. Si quiero mostrarte una sonrisa la tendrás pero también probarás la fortaleza de mi mandíbula si decido atacarte. Tengo facilidad para encontrar las debilidades de los demás y aprovecharme para conseguir lo que quiero. Mi experiencia me dice que en el mundo solo sobreviven los que saben fingir porque ser uno mismo no está bien visto por quienes te rodean. Tienes que ocultarte y disfrazar tus sentimientos si no quieres que te hagan daño y preservar lo más preciado. Ser así me va bien y no quiero cambiar aunque haya acabado en este centro. Siempre me queda un espacio personal e infranqueable al que no puede acceder nadie si yo no quiero y esa es mi fuerza, lo que me permite resistir a los intentos de abordaje de los reeducadores. Les voy a demostrar que soy más fuerte que ellos. No voy a decir que no estoy preocupada por entrar en esa sala. He visto cómo han salido muchos de mis compañeros. Les arrebataron lo más auténtico que había en ellos pero confío en que mi fortaleza sea suficiente para resistir a sus intentos de amordazarme. Me están dando golpes en el hombro mientras camino por el pasillo. ¡Ya vale, no! No les debe parecer que voy suficientemente rápido pero yo marco mi ritmo por mucho que les frustre. La luz del pasillo siempre me ha parecido exagerada, iluminando cada rincón como una metáfora del empeño que tienen en descubrir cada peculiaridad de uno mismo  para, finalmente, anularla. Sí, quiero probarme. Quiero saber si puedo ganarles. Todos mis compañeros se han despedido de mí como si no me fueran a volver a ver. He de reconocer que me he asustado porque ¿y si no vuelvo a ser yo? ¿No es una manera de morir? Si es así esta es mi manera de luchar por la vida. Cuando gire en este recodo del pasillo, al fondo veré la sala. Tengo sed. ¿Puedo beber un poco de agua? Estoy un poco nerviosa. Me cuesta tragar la saliva y siento mucho peso en el pecho. Me duele…tengo que cerrar un poco los ojos. Está la puerta abierta. No sé que me pasa. En la sala la luz es más intensa que en el pasillo. No quiero entrar. Me llamo María.

 María…tú no existes.

 

5. El traje

Llamo a la puerta. Hace más de dos semanas que no sé nada de él lo cual no es habitual. A pesar de las circunstancias, siempre se las ha arreglado para hacerme llegar una carta. Incluso aquella vez que cortaron todas las entradas del pueblo, y no se movía ni un mosquito sin que se enteraran, consiguió hacerme llegar unas líneas. Cada cinco días, a la primera luz del día antes de salir el sol, meto la mano en el hueco que hay entre unas piedras sueltas de la pared de la cuadra, buscando noticias suyas. Cuando mi mano roza el papel, lo agarra, como si se fueran a escapar cada una de sus palabras, y lo escondo entre la falda y el mandil. No me puedo arriesgar a que alguno de ellos me vea. Me meto en casa corriendo y me escondo en la despensa. Cierro la puerta y enciendo la pequeña bombilla para que me alumbre. Leer sus palabras me dan algo de esperanza, la posibilidad de que para nosotros otra vida es posible, pero ahora son demasiados días sin noticias suyas y empiezo a tener miedo. ¿Por qué tardan tanto en abrir?

 

Por las noches lo guardaba entre el somier y el colchón para que se alisara. Faltaba poco para que se celebraran las fiestas patronales y quería causar sensación entre las solteras y las viudas. Ya habían pasado tres años desde la muerte de su mujer y pensaba que era tiempo suficiente para buscarse una nueva compañía que cuidara de la casa y le hiciera la comida. Además, a los chicos no les vendría mal un poco de disciplina femenina. Al pequeño tenía que forzarle para que se duchara y eso no son cosas de hacer los hombres, pensaba. Sí, ya era hora de conseguir otra mujer y este traje le permitiría atraer sus miradas. Era el primer traje que tenía. Todas las tardes, al llegar de trabajar, lo sacaba de debajo del colchón y se lo ponía. Se miraba en el pequeño espejo que estaba enfrente de la cama de su habitación y simulaba tener conversaciones con damas imaginarias que se quedaban impactadas ante tanta elegancia, o bailaba agarrado a la almohada mientras tarareaba pasodobles. Poco a poco fue dando forma a las caras de las mujeres de sus ensueños y empezó a ambicionar a Antonia, la de Zacarías. Sabía que tenía que pasar algo de tiempo hasta que se acostumbrara a la ausencia de Zaca. Lo sabía. Estaba todo demasiado reciente.

 

Esa tarde se había puesto el traje y se miraba al espejo arqueando las cejas, fingiendo sorpresa mientras seguía el guión de su imaginación, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se giró a su izquierda y miró hacia el pasillo que llevaba a la puerta de entrada. ¿Quién sería a estas horas? Sus ojos alternaban la mirada a la puerta con la mirada al suelo mientras se apoyaba con la mano derecha en la cómoda del dormitorio, apretando una de sus esquinas hasta hacerse una herida en la palma de la mano con el pico de la mesa. Al notar el dolor, apartó la mano y se miró el hilo de sangre que se escurría entre los dedos. Cogió un pañuelo que estaba encima de una silla y apretó con fuerza la herida. Se lo ató en la mano y empezó a quitarse rápidamente el traje. Lo dejó encima de la cama y comenzó a vestirse con la ropa de faena que había dejado tirada en el suelo. Se miró al espejo y se dio el visto bueno. Empezó a andar hacia la puerta pero se paró a medio camino. No podía dejar a la vista el traje. Aún no. Dio media vuelta, lo agarró y lo lanzó dentro del armario entre el resto de la ropa. Volvió a pasar delante del espejo y se miró. Se pasó las manos por el pelo, aplastándolo. Le titilaban los ojos. Cogió aire y se encaminó hacia el fondo del pasillo.

 

Antonia – susurró- no te esperaba

Buenas tardes, señor Jaime, perdone que le moleste. Sé que no son horas pero me gustaría hablar con usted.

¿Quieres pasar?

No, no –contestó azorada- mejor aquí, en la puerta, ya sabe las malas lenguas que hay en este pueblo –continuó, esbozando una sonrisa

Tú dirás.

Antonia miró a los lados y bajó la voz de tal manera que casi era imperceptible.

¿Sabe usted algo de mi marido Zacarías?

No. ¿Pasa algo?

El rapaz de Lorenzo me ha dicho que su hijo, el pequeño, le contó que le habían visto ustedes hace unas semanas por aquel tema del dinero, ya sabe.

Sí, sí…

Zacarías me contó por carta, sabe usted, que se iba a reunir con usted para solventar aquello y con eso poder escapar, sabe usted, lejos de aquí.

Sí, sí…

¿Lo vio usted, señor Jaime?

¿Pero no has tenido noticias de él?

Desde hace dos semanas no sé nada.

Pues me dijo que la avisaría…no sé, no habrá podido…

¿Qué pasó, señor Jaime?

Poca cosa. Quedamos, ya sabes, en la finca que tengo a la vera del río, donde comienza la subida al monte de albero.  Le pagué lo adeudado y nos ayudó a segar a mis hijos y a mí. Cerca ya de la caída del sol, se despidió y me dijo que después de esa noche se marcharía.

¿No le dio ningún mensaje para mí?

Ya sabes lo delicado de todo esto…pensé que se pondría en contacto contigo…mujer, el camino es muy largo y te hará saber cuando llegue, no te preocupes

 

Empezó a correr el rumor de que el escondido se había marchado. Ya habían pasado seis meses desde que la Antonia tuvo noticias de él. Los hombres comentaban entre susurros, sentados en los peldaños de las escaleras de las casas, mientras fumaban sus cigarros después de un día duro de trabajo, que por fin había conseguido romper el cerco y escapar. Pocas veces miraban a los ojos de los convecinos. Relataban sus teorías sobre lo que había ocurrido mirando a su alrededor, de esquina en esquina, escudriñando entre las sombras con la sospecha de que alguno de ellos estuviera al acecho. No era prudente hablar de esas cosas en público. Siempre te podían acusar de haberle ayudado. Yo me quedaba escuchando sus excéntricas teorías sobre la ruta que habría podido escoger. Solía estar acompañado por Santos, el pequeño del señor Jaime. Nos sentábamos en el suelo, cerca de ellos, mientras daban vueltas y vueltas sobre el tema. Santos cogía pequeñas piedras de la calle de tierra y las tiraba una a una al camino, con la mirada fija en el suelo. A veces, levantaba la cabeza y miraba a los hombres con los ojos muy abiertos para, a continuación, volver a quedarse ensimismado. Yo le observaba y sonreía. Le daba un golpe en el hombro y le preguntaba ¿estás bien? Santos me miraba encolerizado. Desde que me contó que su padre, su hermano y él habían visto al escondido, no había vuelto a decir nada. Su padre se lo había prohibido. Pero no hacía falta. Yo ya sabía. Me acercaba a su oído y le susurraba: tranquilo, tranquilo.

 

Había subido por el terraplén que estaba detrás del escenario que habían montado en la plaza. Miró el reloj y vio que eran las nueve en punto. Sacó un pañuelo y se limpió la tierra que se le había quedado pegada en las manos al agarrarse a unas piedras mientras subía. Miró a su alrededor. Estaba todo el pueblo. Se sacudió el polvo que se le había adherido a la pernera y se ajustó la americana del traje. Era de noche y estaba a punto de empezar la verbena de las fiestas. Pasaron corriendo unos muchachos y reconoció a su hijo Santos. Le llamó. Le puso una mano en el hombro y se agachó para decirle algo al oído. Al levantar la cabeza, vio que uno de los muchachos se había quedado mirándoles. Era el rapaz de Lorenzo. Volvió a mirar a su hijo. Vete a casa, no le tienes que dar más nada. La música empezó a sonar. El chico se escabulló entre los vecinos que ya ensayaban sus primeros pasos de baile. Matías, el hijo mayor, le había visto llegar y se acercaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, sorteando los cuerpos que se movían al compás de la música. Cuando llegó a su altura, el padre le dio un beso en la mejilla y le deslizó una navaja en el bolsillo del pantalón. Vete. Se sacó un pitillo de la cigarrera y se lo colocó en la oreja. Empezó a andar, con las manos en las solapas, mirando sonriente a los bailarines y levantando levemente la cabeza cuando le saludaban. Se situó en el centro de la plaza, entre el gentío, y giró sobre sí mismo, ahuecando los brazos como si bailara con alguien. Se balanceó de un lado a otro durante un rato hasta que se puso a la vera de Antonia, que bailaba con una de sus primas. ¿Quieres bailar?.

 

Matías se escondió detrás de una fuente, en el camino oscuro y pedregoso que llevaba al río. Muy cerca del lugar donde vieron por última vez al escondido. Apoyó la espalda contra la pared de la fuente y se quedó absorto mirando la oscuridad de la noche. No entendía cómo podían haber llegado a esa situación. Aquel día estaban los tres. Se habían sentado a la sombra de un castaño. Santos desplegó el mantel, raído y sucio, con los hilachos colgando. Cada uno de ellos sacó de su zurrón algo de comida. Matías sacó un poco de jamón y los restos de unas migas de pastor ya pasadas. Su padre les había dicho que creía que, ese día, bajaría. No pasó mucho tiempo hasta que escucharon cómo se movían unos matorrales enfrente de donde se encontraban. Era el escondido. Venía cargado con una maleta y una pequeña mochila colgada en la espalda. Su padre y el señor Zacarías se apretaron con fuerza las manos mientras pronunciaban efusivas palabras de reconocimiento. Matías recordaba el impacto que le produjo verle. Era de los pocos hombres que, sacrificando a su familia y todo lo que tenían, se habían atrevido a enfrentarse a aquellos que un día llegaron al pueblo y empezaron a decir lo que se tenía que pensar y hacer. Esos pocos, finalmente, se tuvieron que esconder o huir si querían salvar sus vidas. Era lo más parecido a un héroe que Matías había visto nunca. Ese día, Zacarías venía a cobrar una deuda. Había traído sus pocos enseres porque una vez que su padre le hubiera pagado huiría lejos. Se quedaron ambos hablando mientras Matías y su hermano pequeño preparaban las herramientas para la siega. ¿Por qué no nos ayudas a segar? Zacarías dobló la chaqueta del traje que traía y la dejó doblada encima de una piedra grande. Se arremangó la camisa y cogió una de las hoces. Era media tarde, el sol estaba cayendo. Mientras segaba, una hoz se levantó por encima de él y cayó sobre su cabeza. Cuando se acercaron ya estaba muerto. Su padre registró la maleta y metió en una bolsa parte de la ropa, el traje y el reloj que llevaba puesto y algunas pertenencias más. Lo enterraron al pie del castaño. Recogieron las herramientas de trabajo y regresaron al pueblo. Matías se había convertido en parte de las sombras de la noche, ensimismado en sus recuerdos, cuando escuchó el crujir de unas ramas. Se levantó y se abalanzó en dirección al lugar de donde había provenido el ruido. El rapaz de Lorenzo ya estaba muerto.

 

Le he dicho que sí porque…no sé…me ha pillado desprevenida y mi prima, empujándome hacia él. Me da vergüenza por lo que puedan pensar los vecinos...no sé…que piensen que estoy faltando el respeto a mi marido, que ando buscando algo aunque…por qué no. No se ha puesto en contacto conmigo en seis meses. Se marchó sin decirme nada y me ha abandonado en este pueblo de mala muerte. A ellos no les gusta que estemos solos y seguramente verán con buenos ojos que yo pueda rehacer mi vida con otro solitario y si ellos lo ven con buenos ojos…No para de mirarme, me estoy poniendo un poco nerviosa. Me gusta que me agarre tan fuerte como si no quisiera dejarme escapar aunque si Zaca me escribe y yo estoy con este…no sé. Igual ha tenido problemas, le ha pasado algo en su huida y yo no debería estar en el baile, divirtiéndome. Tendría que, a lo mejor, recogerme en la casa…no, no…qué dirían ellos. Lo mejor es que haga una vida normal y ahora, a ojos del pueblo, estoy sola. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío…no sé. Vaya, se acabó. ¡Está tan elegante! Ese traje le queda que ni pintiparado. ¿Cómo? Dice que ahora vuelve. Me va a traer algo de beber. Ay, me gusta mirarle, alejarse con ese traje tan bonito…hay algo en él que me resulta familiar. No sé.

 

6. Soy universo

Siempre había tenido una extraña atracción por las noticias de muertes y asesinatos. Le fascinaba conocer todos los detalles y hojeaba, curiosa, los periódicos que encontraba, buscando cualquier mención, cualquier pista que le permitiera revivir en su imaginación lo que sucedió. Jugaba a ponerse en la piel de la víctima, sentir las emociones que precedían al momento de su muerte, la tranquilidad previa al asalto, el sobresalto al ver una sombra avalanzarse sobre ella, el pánico inmovilizador, bisbisear palabras de clemencia mientras unas manos rodean su cuello en busca del suspiro que acabe con la vida. Acababa temblando, acurrucada en la esquina de su habitación, mirando a la puerta en espera de que el picaporte comenzara a girar, despacio, tan despacio como los largos segundos antes de morir. Mira a los lados, moviendo sus ojos rápidamente en todas las direcciones, pero no hay escapatoria. La sombra es nuestra compañera de viaje y siempre nos alcanza. Se levanta temblorosa y se acerca a la puerta. Coloca su oído en la fría madera y escucha los latidos de la casa, los susurros fantasmales de los vecinos que viajan por los conductos de aire, los ruidos insondables que se desplazan por la cañerías de la vieja casa, los roces de su ropa en la puerta, que hacen que se estremezca al pensar que alguien está detrás suyo, alargando la mano para tocarla. No salgas, se dice, quédate en la habitación. Mueve el armario y bloquea la puerta. Abre la ventana y grita. Pero no salgas. No, no, no hay nadie. No hay nadie. Agarra el pomo con todas su fuerzas y comienza a girarlo lentamente, intentando hacer el menor ruido posible mientras se agacha, arrugando el cuerpo como si así pudiera librarse de lo que hay fuera y pasar desapercibida de eso que la espera. No hay nadie. La puerta se abre despacio. La negritud del exterior se funde con la de la habitación. Su mente dibuja en la oscuridad las formas de los muebles tal como están situados y el camino que la ha de llevar hasta el interruptor más cercano. Sale corriendo. Se tropieza con la cómoda y se golpea la rodilla con el pico de la mesa. Cae al suelo. Está a menos de un metro de la luz pero con el rabillo del ojo ve una sombra acercarse hacia ella. No sabe si va a llegar pero sólo puede intentarlo. Alarga la mano y presiona el interruptor. No hay nadie.

 

Las persianas están medio bajadas. Aún hay claridad aunque empieza a notarse como los días son cada vez más cortos. Está sentada en el sofá del salón mirando una fotografía de la mujer. Le gusta su sonrisa. La casa es grande. Demasiado grande para vivir sola, piensa. Los pasillos interiores son oscuros y largos. Una puede imaginar que al fondo, en la oscuridad, hay algo que la espera para atraparla. Sí, son de esos pasillos. La casa de sus padres también tenía largos pasillos. El suelo era de madera que gemía bajo los pasos de sus pequeños pies y temblaba, cada vez que tenía que adentrase en la oscuridad. Al lado del comedor, había una galería con una ventana desde donde podía ver, agazapada, quién venía, quién se acercaba. Por las noches, soñaba que estaba escondida, junto a su madre, y venían a por ellas. Sombras, vestidas con largas ropas oscuras, ocultando sus rostros, se arrastraban calmosas hacia ellas. No podía ver sus ojos pero sabía que las miraban y que por mucho que se escondieran, las alcanzarían. Susurraba a su madre que no quería, que no quería que la tocaran. Acercaba su cabeza a la suya mientras resbalaban las lágrimas por la piel de su cara. Las sombras estaban tan cerca que ya alargaban sus manos para cogerla. Sentía un fluido caliente deslizarse entre sus piernas y una presión creciente en el pecho. Alzó la vista y vio sus manos. No podía gritar. En ese momento, se despertaba. Recordaba aún aquel sueño con mucha angustia. Bah, es solo un sueño. Encima de la mesa del salón había un periódico, abierto por la mitad. Lo cogió y empezó a leer. Una mujer de 83 años había matado a golpes a una vecina de 80. Según la noticia, la asesina estaba loca y su hijo la tenía que mantener atada a una cama para controlar sus raptos de locura. Un día consiguió romper las ligaduras, que ataban sus manos al cabecero de la cama, con los dientes. Se levantó, abrió la puerta de la casa y bajó las escaleras. Apoyada en el pasamanos se encontró a la vieja vecina, que solía pasar gran parte del día viendo bajar y subir a los vecinos del edificio. Comenzó a golpearla con sus propias manos hasta que la mató. Después, se fue a la cafetería de enfrente y pidió un desayuno completo. Esto la recordó que tenía hambre. Dejó el periódico encima de la mesa, se levantó y fue hasta la cocina. Abrió la nevera y cogió un par de yogures, una manzana y un poco de queso. Se sentó encima de la mesa de la cocina y apoyó la espalda en la pared. Se puso a morder la manzana y descubrió la comida recién hecha que estaba encima de la vitrocerámica. Anda, estaba cocinando, pensó. Terminó de comer y salió de la cocina. El baño estaba enfrente y entró a lavarse los dientes. Comenzó a hacer muecas delante del espejo, simulando miedo, sorpresa, terror, indiferencia y asco. Deformaba las líneas de su cara mientras que, a cada poco, le entraba la carcajada y agachaba el cuerpo, frente al lavabo, agarrándose el estómago muerta de la risa. Volvía a enderezarse y se miraba, con gesto severo ante el espejo. He muerto, repetía en voz alta e imaginaba cuáles serían las reacciones de las personas que la conocían. Se ensimismaba pensando en su muerte, fingiendo dolor con un rictus serio y triste o falsa sorpresa ante la imaginaria noticia. Una vez cansada de la pantomima, salió del baño y empezó a andar, lentamente, mirando las fotografías con marcos baratos colgadas en las paredes del pasillo. Se paró delante de una en la que aparecía la mujer con dos niños. Serán sus hijos, pensó. Se giró y se situó enfrente de la puerta. Era la hora de entrar.


Si sentirse e imaginarse como víctima es emocionante, jugar a ser una asesina, sentirse la única dueña de la vida de los demás, provoca una sensación orgásmica. El juicio moral sobre lo que implica acabar con la vida de una persona era algo que no la interesaba. Le provocaba hilaridad escuchar los calificativos que la gente ordinaria vertía contra aquellos que un día decidieron que alguien no debía volver a respirar. No habían experimentado jamás el placer de sentir cómo la vida se escapa entre tus manos, pero se permitían el lujo de juzgar, con los adjetivos más desagradables, a aquellos que se sitúan tan cerca de dios. Experimentar las sensaciones que provoca, está por encima de la vida de cualquiera. Ver la cara de la muerte sin retirar la mirada nos acerca al infinito y nos funde con la esencia del universo. Somos, de hecho, universo en ese momento. Se imaginaba en una entrevista televisiva, en horario de máxima audiencia, diciendo todo esto. Mirando fijamente a la cámara mientras decía “soy universo” ante la admiración respetuosa del entrevistador. ¿Por qué lo hiciste? Si me pides que te diga si hay algún motivo por el que estrangulé a esa mujer, si ella hizo algo para que yo acabara con su vida, la respuesta es no. De hecho, me cayó bien desde un principio. Simpática, agradable y muy respetuosa. Desde que la conocí empecé a imaginar cómo sería su rostro poco antes de morir. Un día provoqué un encuentro casual en la calle. Hacía tiempo que no pasaba por la tienda de telas que regentaba y yo no dejaba de fantasear. Recordaba la zona por la que me dijo que vivía así que me acerqué varias tardes para localizar con exactitud su casa. Hasta que le vi. Subía por la calle con las bolsas de la compra. Cansada, las dejaba cada poco en el suelo. Un señor se ofreció a ayudarla. La acompañó hasta un portal, abrió la puerta y desaparecieron en la penumbra del portal. Estaba excitada. Por fin le había encontrado. Me acerqué al portal y llamé a uno de los timbres del portero automático. Publicidad. Me abrieron y entré. Los buzones estaban a la derecha de la puerta y busqué el nombre de la mujer. Allí estaba. Mi cabeza estaba llena de ideas atropelladas y casi no podía pensar. Los días siguientes, después del trabajo, amparada en la oscuridad de la noche, iba hasta el portal y llamaba a su timbre. Contestaba pero yo no decía nada. Me decía, asustada, que escuchaba mi respiración y que iba a llamar a la policía. Me iba. Un día la esperé en la calle. Me hice la encontradiza. Qué sorpresa. No esperaba verte por aquí. Hace tiempo que no te veía. Le dije que a ver si nos veíamos un día y le contaba una cosa sobre una clienta que ella conocía. Si quieres subir a casa. Vivo aquí al lado y nos tomamos un café. Subimos y le conté un cotilleo, una mentira, pero qué más daba. Ya estaba dentro. ¿Qué sentiste al matarla? Aquel día no lo hice. Quería imaginarlo primero, paso a paso. No dejar nada a la improvisación. Sabía que vivía sola y me había ganado su confianza así que no había prisa. Esa mujer ignoraba que su vida dependía de mis pensamientos, de mis decisiones, que cada segundo con vida era gracias a mí. Era poseedora de lo más preciado de las personas y podía hacer con ello lo que quisiera. Levantar mi pulgar hacia arriba o colocarlo hacia abajo. Cuando estuve preparada, la maté. No hay mucho más que contar. Matar es muy sencillo. En este momento, el público invitado a plató, no pudo más que aplaudir.


Alargó la mano hacia el picaporte y lo giró lentamente. La puerta se abrió mientras los goznes chirriaban suavemente. La habitación estaba en penumbra. Apenas unos hilos de luz se filtraban por los agujeros de las persianas. El suelo de madera avanzaba cada uno de su pasos, resonando en el silencio de la casa. Se colocó en el centro de la habitación y miró a su alrededor. No era una habitación muy grande. Una cama de matrimonio, una cómoda y una estrecha librería, donde acumulaba algunos libros, fotos familiares y pequeñas figuras de porcelana. Había algo de ropa tirada a los pies de la cama. Se agachó y la recogió. Comenzó a doblarla con cuidado y la colocó en el interior del armario empotrado. Le gustaba que cada cosa estuviera en su sitio. Se fijó que en la mesita, al lado de la cama, la lámpara de noche se había caído. La levantó y la colocó de nuevo en su lugar. Bien. Todo parecía en orden. Se sentó a los pies de la cama. Estaba relajada. Durante mucho tiempo se había preguntado qué sentiría en esos momentos. A veces se había imaginado que estaría muy nerviosa, otras contenta pero nunca había imaginado que pudiera sentir esa calma. Cree que es hora de marcharse. Mira detrás suyo y ve el cuerpo de la mujer tendido en la cama. No respira. Se levanta y se acerca. Retira la sábana que cubría su cabeza. Le gustaba su sonrisa, recuerda. Acaricia sus cabellos rizados y le da un beso en la frente.  Sale de la habitación y avanza por el pasillo. La oscuridad queda a su espalda. Mañana comprará el periódico. No quiere perderse la sección de sucesos locales. Abre la puerta de la casa, con cuidado de que no la vean, y desaparece. En las escaleras, se oye una conversación entre vecinas. En la casa, sólo hay silencio.

 

7. Mensajes

 

No sabía qué es lo que ocurriría si mañana hiciera las maletas y dejara a su mujer, renunciara a su trabajo, no volviera a ver a sus padres ni a sus hermanos ni a sus sobrinos, renegara de sus amigos, quemara su casa, su ropa y todo aquello que le perteneciera y se fuera caminando solo, por donde nunca se hubiera atrevido.


¿Te echo grasa en las persianas?

No, que ya tengo, gracias compadre


El camarero se quedó mirando al grasero mientras se montaba en la bici con la que iba de bar en bar buscando sacarse unos cuartos para comer.


Cada uno se busca la vida como puede, ¿verdá?


Manolo se sobresaltó al oír la pregunta. Se había levantado muy nervioso y sólo pensaba en escapar. No sabía muy bien de qué pero por su cabeza sólo pasaban imágenes de abandono, dejar todo lo que tenía y huir. Sacó su móvil y comprobó si le había llegado alguna respuesta a su mensaje. Nada. En ese momento escuchó la pregunta de Juan.


Sí…supongo


Cogió el periódico que estaba en la barra y empezó a leer. Sus ojos iban de arriba a abajo, mirando sin ver nada, hasta que se paró en la fecha. Este Juan no puede comprar uno del día. Lo volvió a dejar en su sitio.


Mira qué joyita compré el otro día, cantecico puro, mi arma, te voy a poner unas bulerías pa´morirte


Juan sacó el cd y abrió la compuerta de la cadena de música mientras miraba por un espejo como tamborileaba con los dedos encima de la barra sin hacerle mucho caso. Se encogió de hombros y puso el cd.


No niego que te he querido

pero en el alma me pesa

el haberte conocido…


No entendía nada. Recuerda el momento en que se lo contaron como irreal, como un sueño que no es. Sabe que es así por el dolor que siente en el pecho. Ese dolor es angustiosamente real. Recuerda cómo, cuando le vio la cara, el tiempo se fue ralentizando y hubo un instante en que se detuvo. En ese momento sabes que algo va a pasar. Empiezas a mirar a tu alrededor mientras todo está parado, buscando algo que dé respuestas a tu pregunta. ¿Qué es lo que va a pasar? Hasta que todo vuelve a ponerse en movimiento pero ya no es igual. Nada vuelve a ser igual que antes.


¿Estás bien?

Sí, sí…ponme algo pa´comer que no me entra la caña


Vio entrar a Juan en la cocina y ponerse a preparar la tapa. Miró a través de la ventana del bar. La gente paseaba arriba y abajo como en una película de la televisión. Pensaba que no quería salir del bar y unirse a esa corriente informe que se mueve sin sentido, quería salir por la puerta trasera sin hacer ruido, sin que nadie le viera y escaparse de allí. Lo que tengo que hacer es irme, dejarlo todo. Entró una mujer con minifalda negra y botas militares y se sentó en el taburete al lado de la barra. Me iría contigo si tú quisieras. Sintió una vibración en el bolsillo de su pantalón. Sacó el teléfono y comprobó si le había llegado algo. Nada. Dejó el móvil encima de la barra. Entrelazó las manos y, con los codos apoyados en la barra, se las colocó en el mentón. No entendía cómo se había llegado a esta situación.


¿Qué te pongo?


Juan deslizó la tapa por encima de la barra de madera barnizada mientras miraba a la mujer.


Una cerveza, por favor


Volvió a mirarla. Empezó a imaginar que empezarían a hablar y que a ella le gustaría. Se darían cuenta de que podrían marcharse los dos juntos donde quisieran y no mirarían atrás. ¿Para qué? Le gustaría decirle algo pero no se le ocurre nada ingenioso así que se calla. Le mira las piernas, nervioso, mientras ella se encuentra ensimismada escribiendo en un iphone. Me gustaría invitarte a cenar. Las palabras comienzan a agolpársele en su cabeza. Palabras de cortejo, de pasión y de amor. La imagina enamorada sin remisión.


No te metas en quereles

porque se pasa mucha fatiga

mira si vivo con pena

que estoy muerta

estando viva


Se escuchó un pitido acompañado de una pequeña vibración. Manolo miró el móvil. En su pantalla iluminada aparecía el aviso de un mensaje nuevo. Colocó las palmas de su mano tapando su cara y se quedó paralizado. Pensó que quería que todo se detuviera de nuevo. Quería que mientras todo estuviera inmóvil, pudiera moverse libremente en el escenario de su vida y cambiar lo que quisiera. Le gustaría haber escrito con sus manos el mensaje que aún no había leído. Notar la sensación de sus dedos apretando cada tecla, escribiendo cada letra, construyendo lo que deseaba decir. Haber guiado sus pensamientos y manejado sus deseos. Cambiar lo que había sido, crear lo que quería. Apartó las manos de la cara y vio a Juan que le miraba sonriente mientras limpiaba un vaso con un trapo. Giró la cabeza hacía su izquierda y vio a la mujer de las botas militares vuelta hacía donde él estaba, mirándole. Ambos estaban inmóviles. Nada se movía. Se levantó y se acercó hasta la entrada del bar. Miró hacia la calle. Quietud. Regresó a la barra y se situó delante de la mujer. Solo quiero hacer esto. Acercó sus labios a los de ella y la besó.


Pisha, que ta llegao un mensaje


Apartó las manos de la cara, sobresaltado. Juan le miraba, sonriendo, mientas limpiaba un vaso. La mujer se volvió y se le quedó mirando. La miró pero apartó, inquieto, la vista. Se sintió avergonzado por haberla besado sin su permiso. Carraspeó, disimulando su desasosiego, mientras cogía el móvil y buscó el mensaje que recién le habían enviado. Era el que estaba esperando. Lo abrió y lo leyó. Lo siento. Escuchó el chirrido de las patas de un taburete al desplazarse por el piso. La mujer en minifalda con botas militares estaba pidiendo la cuenta. Me iría contigo si tú quisieras. La mujer pagó y se acercó a la máquina de tabaco. La miraba a través del espejo que había detrás de la barra con las manos entretejidas delante de la cara. Seguía cada uno de sus movimientos esperando que se volviera y le contestara. Dime que sí. La mujer se agachó para recoger su paquete de tabaco y se dio la vuelta. Le miró durante un instante.


Adiós


Desapareció entre el gentío del exterior. Tuvo la intención de seguirla pero decidió que no. Cogió de nuevo el móvil y escribió un mensaje. M importa y m duele. Adiós. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón y se levantó. Era hora de marcharse.


Me voy, Juan. Cuídate


Salió del bar y se perdió entre la masa informe. Tenía la intención de caminar solo, por donde nunca se había atrevido.

 
 

8. Julián "el Milhombres"

La casa de Julián “el milhombres” está situada en una calle al lado de la plaza mayor del pueblo, a escasos metros del Ayuntamiento y enfrente de la casa del cura, Don Faustino. Si bajas por esa misma calle, en dirección a la sierra, llegas al río Vivo donde las mujeres lavan la ropa en animada y alegre conversación. Sus palabras revelan secretos, esparcen rumores, susurran chismes, construyen noticias asombrosas y otras más prosaicas. Se elevan en el aire y pierden consistencia al alcanzar más altura hasta regresar, en un runrun, a los oídos de los pastores que bajan por las sendas de la montaña después de dejar al ganado paciendo en el monte. Julián sabía que hoy las mujeres tenían de qué hablar así que se asomó curioso al picheiro desde donde podía verlas formando una larga línea frente al río mientras tomaba un respiro, antes de continuar el camino que le llevaba de regreso al descanso de su casa. A lo lejos creyó divisar a su mujer, Lola, regresando a casa con el cesto de ropa recien lavada apoyado en su cadera. Milhombres sonrió, seguro de que había cumplido con su cometido.


Carmen “patudas” no podía creer lo que su prima acababa de dejar caer como una bomba en la lavandería. Subían en silencio, una al lado de la otra, con sus cestos bien sujetos y sus pensamientos volando ruidosamente. La patudas no pudo contenerse más. Pero…¿habéis pensado en lo que dirá Don Faustino?  Lola sonrío. ¿Y qué daño puede hacer un salón de baile? Sólo es un negocio que permitirá que no nos rompamos el lomo trabajando el campo y el ganado. Será bueno para el pueblo y lo entenderá. La “patudas” no lo tenía tan seguro pero no quiso insistir más. Todo el pueblo conocía el carácter de Don Faustino, muy rígido y poco favorable a cualquier cambio que pudiera enturbiar el ambiente del pueblo. Ni una brizna de hierba se movía sin que diera su autorización. Apoyado por las familias más influyentes se comportaba de hecho como la máxima autoridad del pueblo y sus pedanías. Y entre estas familias la de Julián, cuyo hermano era el actual alcalde, que siempre había destacado por su posición económica y social. Por eso, Carmen “patudas” no entendía a cuento de qué se querían enfrentar a estas alturas con Don Faustino.


No era capaz de estarse quieto. Lorenzo, el alcalde, se sentaba en la silla y se volvía a levantar inmediatamente mientras se revolvía el pelo con una de sus manos. ¡Pero qué coño se cree este! Don Faustino le miraba encolerizado, sentado enfrente del escritorio mientras murmuraba que no hay fuego en el infierno suficiente para quemar a este hereje. Lorenzo no entendía que su hermano menor no le hubiera consultado. Siempre había tenido la cabeza llena de ideas locas que, con determinación, su padre quiso expulsar a base de golpearle con el cinturón. Pero está visto que no sirvió para nada. Sabía que nada bueno traería estar enemistado con el cura así que era imprescindible encontrar una solución a este asunto tan desagradable. Sus manos se movían sin ton ni son. Un rato entre sus cabellos, otro en los bolsillos o cogiendo cualquier objeto de la estantería que volvía a dejar tambaleándose encima de las baldas. Porque…claro, usted no ha pensado en la posibilidad de permitirlo a cambio de… ¡Bajo ningún concepto!  Muy bien, entonces, Don Faustino, es hora de hablar con Julián.


Inteligente y buen estudiante, Federico era el hijo menor de Julián. Destacaba entre sus hermanos por tener perspectivas más allá de los límites del pueblo. Sus padres tenían muchas esperanzas de que se dedicara a una carrera mayor como medicina o, si Dios quisiera, derecho. Federico estaba sentado, junto con sus cuatro hermanos, desperdigados alrededor de la mesa del comedor. Su tío Lorenzo y Don Faustino hablaban con su madre cuando se abrió la puerta de casa. Su padre, sudoroso, acababa de regresar. No pudo más que sonreir al verle entrar. Por la mañana, antes de que se fuera a apacentar a las vacas, le había dicho que se iría a estudiar a Zamora. Ahora es el momento de demostrar que tu madre y yo no nos equivocamos contigo. Le daba pena dejar el pueblo pero sabía que ir a estudiar a la capital le permitiría alcanzar todo lo que se propusiera y poder presentarse ante los padres de su novia como un hombre de bien. El maestro le había animado a dar este paso y a superar los miedos que le provocaba separarse de este entorno que, aunque limitado, conocía. Aún así reprimiría su alegría, no fuera a pensar su madre que estaba contento de abandonarla.


No te habrás creído que vas a montar un salón de baile enfrente de mi iglesia. Antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver. No se andaba con rodeos el viejo cura. Julián había previsto que el carcamal no se lo pondría nada fácil así pues no le sorprendió verle en su casa junto con el remilgado de su hermano, dispuestos a frenar tan demoniaca idea aunque no había nada que pudiera echar atrás lo que ya tenía decidido. Me gustaría hablar con ustedes en privado, señores. Bajaron a la cuadra mientras Lola se quedaba con sus hijos, escuchando los altibajos de la conversación, expectantes de lo que podria suceder de este enfrentamiento. Conociendo la determinación de aquel que llamaban Milhombres no dudaban de que finalmente conseguiría convencerlos. Después de media hora de negociación, los tres hombres regresaron a la casa. Marchaos a vuestros dormitorios. Federico, tú quedate. La madre había sacado algo para cenar y Don Faustino y Lorenzo saciaban su hambre después de un día tan alterado. Federico, sabes lo importante que es para la familia sacar adelante este proyecto, lo que supondría para nuestra economía, lo sabes…hay un cambio de planes. No irás a estudiar a Zamora. Ingresarás en un seminario. 

 

9. El saco de cebada

No entiendo por qué quieren que deje este saco de cebada. Ellos no saben donde colocarlo. Ni siquiera saben donde se encuentra el almacén. Además, es mi tarea. Pero estos principiantes me quieren dar clases de cómo se hace. Llevo treinta años trabajando en el campo, cultivando la bendita cebada que tanto bien ha traido a mi familia. Treinta años. Y ¿cuántos años tendrá este mocoso? No llegará a los veinte pero se permite el lujo de decirme dónde debo colocar este saco. Mis arrugas son tan profundas como los agujeros negros del espacio. Podrían absorber a cada uno de estos mastuerzos, ridículos infantes, presuntuosos maestros de la nada. Mi piel ha sido abrasada, año tras año, por la canícula del verano, barbacoa de los tiempos. Cada parte de mi ojo guarda una imagen, una imagen de la historia, de mi historia. Veo a mi madre desconsolada, agarrada con fiereza al trozo de papel de trágicas noticias mientras sus lágrimas resbalaban, como en el cine, a cámara lenta, salando cada uno de los poros de su piel, de su rostro. Veo a mi mujer, sus ojos temblorosos, sus labios serenos, su vestido blanco de novia, su amor. Veo la hambruna. Veo la muerte. Mis ojos del ayer me duelen de tanto ver, del recuerdo de tantos momentos tristes, porque los vivo de nuevo, los siento.

 

Aflojo y permito que el cojín se deslice entre mi costado y el brazo izquierdo. Abro los ojos legañosos y ya no recuerdo. Miro el rostro sonriente del blanco cuidador que me acomoda con paciencia en el duro sillón de tergal mientras su compañero aprieta las correas que se incrustan en mi esternón. Y así, ya no recuerdo, mirando al infinito, esperando exhalar mi último suspiro.

10. La rata

Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación no daba crédito a mis ojos  Vivía en uno de los barrios más lujosos de Dadeicus, la ciudad más famosa de toda Eneigih  Famosa por sus monumentos, por su gastronomía y por tener la mejor clínica especializada en enfermedades venéreas, donde yo trabajaba, pero sobre todo era famosa por ser la ciudad más limpia del país  Los únicos desperdicios que aparecían por Dadeicus eran los clientes de mi clínica y ahora, evidentemente, aquella asquerosa, repulsiva, repugnante y, sobre todo, enorme... ¡Mierda!

Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación llamé al servicio de desratización municipal y tan grande fue mi sorpresa como mi cólera cuando comprobé que ese tal servicio había dejado de existir  Llamé al Ministerio de Sanidad, al de Medio Ambiente Y nada, ninguno podía creer lo que les contaba  En parte era razonable ya que en Dadeicus nunca, en toda su historia, había tenido problemas de este tipo pero, ¡Joder!, ¡Yo tengo una rata en mi casa!

 

Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación pensé que no tendría problemas para deshacerme de ella pero ese mamífero roedor, que vive generalmente en los edificios y los barcos, nunca en Dadeicus, y que es muy perjudicial por su fecundidad y voracidad y porque es vehículo de enfermedades, tiene crías Intenté matarla pero, imposible, esa rata era peligrosa, me exponía a una mordedura, a una infección, a una enfermedad, a la rabia ¡Oh, Idos mío! la rabia

 

Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación no sabía que me iba a ir destrozando poco a poco mi casa  Sólo me quedaba el cuarto de aseo, mi último reducto, mi última esperanza, mi única salvación  Durante los días anteriores había ido apilando los objetos más valiosos e importantes que tenía  Por esto no podía abandonar la casa, eran mi materia, mi causa, mi motivo Si el monstruo seguía avanzando sólo me quedaba una solución, una pérdida

 

Cuando vi aquella rata enorme en mi habitación, morí

11. Eran sólo mil

 

Ya estoy tranquilo. Se fueron los nervios. Esto es mejor que una pastilla, que un calmante. Te quedas como nuevo. Recobras el equilibrio, recobras el control. No hay nada mejor que dejarse llevar por los impulsos en esos momentos en los que éstos son los verdaderos capitanes del comportamiento, los únicos que pueden resolver las dificultades, la solución. La mayoría de las personas se equivocan. Creen que la solución está en controlar sus impulsos, razonar, hablar, llegar a acuerdos… ¿Para qué? No tiene sentido. Existe un método más directo: la locura momentánea. Abandonar el control de tu mente, prestar las riendas a la insigne locura como paso previo a recuperar la estabilidad, el bienestar, la paz con uno mismo.”

 

El cielo estaba nublado, con dibujos multiformes de color oscuro. Gris era el color de aquella tarde de primavera. San Pedro Regalado gris y húmedo. Era domingo y los habitantes terráqueos de la ciudad se echaron a la calle. Paseaban por las grandes avenidas y las pequeñas callejuelas del centro, risueños. Las mujeres anadeaban orgullosas sus caderas, luciendo vistosos vestidos de tela fina, de colores estruendosos, joyuelas de oro supuesto, miradas altivas. Los hombres acompañaban con cierto desatino, algo torpes en sus andares, pobre ornamento femenino. Paseaban, unos cogidos de la mano, otros separando sus diferencias. Solitarios, alegres, callados,… Y el cielo estaba nublado.

 

Solo. Bajaba solo por la calle de Gamazo con la cabeza gacha y la mirada clavada en los grises baldosines de la acera, la mirada perdida en la oscuridad de la tierra, dentro, muy dentro. Era una luz entre las sombras. Así lo parecía. “La locura momentánea”.

 

La fortuna hace aparición en los momentos más inesperados. Un domingo por la tarde en la calle de Gamazo. Un día gris, un billete de mil. Fue la mujer quien lo vio caer del bolsillo de aquel chaval pensativo. Fue la mujer quien lo guardó en el bolsillo de su barato vestido de cuadros. Siguió caminando junto a su fiel acompañante cómplice del malicioso y picaresco robo. Eran sólo mil.

 

Eran sólo mil. El cielo seguía nublado. La calle se estrechaba sobre la ufana pareja. Gamazo asesina, golpea salvajemente. La muerte brota informe de la fuente de la locura. “Eran sólo mil pero eran mías”.

 

“¿Qué más dan las consecuencias? Lo esencial es estar en paz con uno mismo. Apacienta tu corazón a través de la locura momentánea. Lo único que tienes que hacer es escuchar lo que siempre acallas. Yo ya estoy tranquilo. Ya se fueron los nervios.”

12. Un viaje en tren

 La muerte

 

Miré a aquella ciudad, probablemente por última vez  Aquella ciudad donde, los últimos años, había vivido mis momentos más felices y, también, los más tristes Como si de la muerte se tratara, mi alma entristecida, desempolvó los viejos recuerdos allí elaborados y me los ofreció como si fuera una película vetusta y añorada  El traqueteo del tren, el incomodo sonido del adiós, se oía a lo lejos mientras amores y odios, ya en otro tiempo padecidos, se superponían en mi mente apretando, aun más, las oscuras cadenas que me unían al pasado  Era mi primer viaje en tren y sabía que era el último Mi futuro estaba tristemente resuelto, lejos de aquella ciudad que tanto amaba, lejos de todo aquello que era mío   Mis ojos llorosos, mi espasmódico pecho, todo mi cuerpo y mi alma herida se convertían en un grito de dolor que, mudo, rasgaba el aire como si una violenta y feroz anaconda se hubiera enroscado en mi  Sólo tenía una idea que me obsesionaba: morir  Morir y acabar, de una vez por todas, con este sufrimiento  Morir aquí, en este viejo tren, que me aleja inexorablemente del lugar  que amo  Y ¿qué mejor lugar para morir que este tren? Ni siquiera tenía que pensar en el cómo Todo estaba ya resuelto: sería mi dolor ejecutor  Él se encargaría de aliviar mi sufrimiento  Todo estaba ya resuelto  Era mi primer y último viaje en tren

 

II

 

La vida

 

Abrí los ojos y le vi sentado, observándome  Sonreía  Yo, también sonreí

13. Animal social

Puede parecer un folletín puesto que, lo que aquí voy a revelar, es tan enrevesado e increíble que cualquier inexperto vital podría concluir que es falso, algo propio de las novelas de ficción. Puede parecer inverosímil pero es real aunque desafie aquello que nos han contado desde nuestra más tierna infancia. Es la vida misma. Las relaciones humanas son complejas, entre otros motivos, por implicar a más de un animal. Su complejidad va en aumento a medida que haya más animales implicados y más sentimientos y emociones profundos se pongan en acción. El sentido común nos pone en guardia en el mismo momento en que conocemos a otro u otros animales. Pero ésto no es suficiente para alejarnos porque un impulso irrefrenable, casi extraterrestre, nos empuja más y más hacia la perdición. Hacia la locura. Aristóteles bromeaba cuando dijo que el hombre era un animal social. Adjetivar de esta manera a lo que únicamente es un animal solitario, hundido en su individualidad más miserable y que tiende al vulgar regodeo introspectivo, sólo tiene como fin remarcar, desde la gruesa ironía, la soledad que nos rodea. El mundo, amante de la literalidad, le creyó. Ese mundo pensó que la simple acumulación de animales en un espacio limitado, y sus simples roces, era algo social. Sólo aquellos que conocían intimimamente al estagirita sabían que era una broma, una ingeniosa chanza del genial filósofo.

 

Pero aceptemos animal social como animal de compañía. Si entendemos animal como persona torpe o ignorante y lo asociamos al término social, el resultado es evidente. Eres tú y yo, este y aquel, esta y aquella. Somos todos. Si quieres discutir, coges a este y a aquel y es suficiente. Que quieres una buena trifulca, coges a este y a aquel más esta y aquella y a otros cuarenta y ya la tienes montada. Que quieres una guerra, organizas una reunión de la ONU o de la OTAN o del FMI o de la OMC. Que quieres el acabose universal, haces la zancadilla al presidente de EE.UU. Da igual quien sea, se va a molestar igual.

 

Las consecuencias de tener relaciones sociales no siempre acaban con lesiones físicas o aniquilaciones étnicas. Éstas se deben a un avanzado grado de idiocia de sus protagonistas. A medida que uno se acerca al mínimo de inteligencia, esas consecuencias son más sutiles y, al mismo tiempo, más terroríficas. Dentro del umbral de subnormalidad en el que todos nos encontramos, hay personas que han perfeccionado de tal manera sus habilidades interaccionales que dan miedo. Pavor. Forman parte de las pesadillas nocturnas de muchos animales humanos. Sueñan que están en una fiesta multitudinaria con desconocidos animales deseosos de estrecharles la mano e introducirles, de forma capciosa, en la vorágine de su vida. Cuando un animal, perito relacional, pretende decirles cómo se llama, se despiertan jadeando y cubiertos de un mar de sudor. Hay ocasiones en las que este terrorífico sueño se desarrolla hasta el final y, creedlo, no existe nada en este mundo más espantoso. Incluido que te entierren vivo.

 

Hay que andar con precaución puesto que cualquiera de los animales que nos rodean puede ser uno de esos demonios relacionales. Hay que tener cuidado con cualquiera que se acerque ya que, en mayor o menor medida, todos son peligrosos. Todos. Yo ya he tomado precauciones. En estos momentos de mi vida puedo alardear de no conservar ninguno de mis amigos. Soy, según oigo gritar a mis desconocidos vecinos, un extraño caso de patología social, un apestado. Ahora soy feliz pues estoy solo. Soy consecuente con mi naturaleza.

14. Déjà vu

¡Oh Dios! Me siento como un estupido. Ella está muy cerca, a solo un par de metros, pero la siento como si estuviera pegada a mí, como si fuera yo, como si fuera ella. ¿Qué pensará? ¿Qué dirá? No sé, no sé nada. Soy un jodido gilipollas. Merezco ser el pobre hombre que soy. Yo que sé. La vuelvo a mirar. Ella no mira y aprovecho para rodear su cuerpo con mi mirada, mi hambrienta y sedienta mirada. Recorro todas las partes de su cuerpo sin pudor, sin vergüenza. Mi mente es invadida por imágenes sucias, deseables. ¡Mierda! Me ha visto, me ha pillado. Disimulo. ¡Qué vergüenza! Ella comienza a hablar, mueve los labios suavemente como si estuviera haciendo una mamada. Quiero que me la haga a mí. No sé nada, soy una mierda y ella está hablando de mí. Es una sucia puta que quiere volver a encerrarme. No me chupa la polla, me la muerde y me castra. Escupe mi pene y clava su sádica mirada en mis ojos, retándome. Merece acabar como las otras. Intento levantarme con la intención de regalarle mi odio pero los fornidos muchachos que me vigilan utilizan sus músculos para evitarlo. Ella aparta su mirada y la dirige hacia aquellos otros, que asienten con la cabeza a todas las barbaridades que dice sobre mí. ¡Oh Dios yo nunca haría eso!. Yo nunca mataría a unas pobres muchachitas indefensas. Yo no soy así. ¡No quiero ser así! ¡Por Dios! ¡Escuchadme! ¡¡Cabronazos!!. Oigo un no se qué de muerte seguido por el ruido de un golpe. Me levantan y me conducen por un pasillo que creo conocer. Hay personas con objetos en la mano y sobre los hombros. Me acosan. Me preguntan que qué sentía cuando… no puedo oir el final. Qué más da. Ahora hay menos gente. Puedo respirar mejor, me siento mucho mejor. El pasillo es largo, muy largo. Apenas logro divisar el final. Siento un escalofrío, me estremezco. Miro a mi alrededor y no hay nadie. Estoy solo. ¡Qué raro! Por unos momentos me invade el miedo pero rápidamente vuelvo a sentirme bien, como nunca. Soy feliz. Sigo andando. Parece que estoy llegando al final del pasillo porque puedo percibir una pequeña luz, muy intensa. Déjà vu. ¡Oh! ¡Por el amor de Dios! No puede ser, es imposible. Pero sí, sí es él. ¡Oh, Dios mío! Mi abuelo está allí esperándome, me llama. Sí, abuelo, ya voy. Comienzo a correr. Me voy acercando. Pero no está solo. Unas pequeñas figuras envuelven a mi querido abuelo, le ocultan. Ellas también me llaman pero ahora ya no quiero ir. Porque son ellas. Son aquellas muchachitas de las que hablaban. Aquellas que tanto daño me hicieron. ¡Oh Dios! ¡Me gustaría morir!

15. Al final de la escalera

Subía una escalera de rugientes maderas cuando escuchó el sonido chirriante de una puerta que se abría. Se inquietó y su boca se contrajo formando un rictus de desesperación. ¿Qué demonio le impulsó a salir de casa a horas tan intempestivas? Ahora sólo le quedaba rezar porque no fuera aquella puerta que tantos temores causaba en la comunidad. Se deslizó en silencio, corazón encogido por el temor, asomando la cabeza en cada curva cerrada mientras en su interior los más terribles lamentos, gritos desgarrados, vientos ssisseantesss, productos de su cobarde imaginación, se convertían a cada momento en peligrosas realidades. Se encontraba agazapado en el rellano de la escalera del tercer piso cuando un impulso irresistible le llevó a introducir su temblorosa mano en el bolsillo interior de su gastada zamarra. Mirando hacia ambos lados, escrutando cada mínimo detalle de las sombras que le rodeaban, esperando que en cualquier instante se le abalanzara la intrigante presencia que presumía, sacó de su bolsillo el paquete de tabaco que le había empujado a abandonar su casa en tan mal afortunado momento. Agarró con fuerza el paquete, cuidándose de no arrugar los preciados cigarrillos, como si de un amuleto se tratara, y se arrastró escaleras arriba con el ánimo reforzado, sabiendo que una omnipotente entidad le acompañaba para enfrentarse a los terribles desafíos que le esperaban entre las sombras del maldito quinto piso del edificio situado en la ruidosa y transitada calle Atocha  de la ciudad de Madrid.

 

Su respiración atronaba, como si fuera un tornado, en el inquietante silencio que le rodeaba. Había llegado a la puerta de su casa, que se encontraba en el cuarto piso, y se sentía a salvo de cualquier peligro, pues, incluso ante un ataque inesperado, su rapidez en introducir la llave en la cerradura, habilidad admirada en todo el vecindario, sería suficiente para encontrarse en su pequeño salón, libre de cualquier infortunio. Mas no es el hombre, animal que siga el camino más fácil. Se encendió un cigarro mientras dirigía una mirada, no exenta de superioridad, a la oscuridad que, como una reina cruel y despiadada, imperaba en el piso superior. Su valor se acrecentaba en la medida en que sus labios aspiraban profundamente el humo que, generoso, le regalaba el dulce ente prensado. Sus rodillas comenzaron a plegarse al mismo tiempo que sus pies comenzaban a acariciar cada uno de los peldaños que se dirigían al final de la escalera. Sus ojos comenzaron a penetrar en la oscuridad, en un primer momento, con la dificultad propia del que no está acostumbrado a bregar entre tinieblas para que, después, se introdujeran con facilidad perfilando los contornos que ocultaban subrepticiamente las sombras egoístas. A la izquierda, en el descansillo, apareció un busto de aires romanos que contrastaba con las profundas y verdosas grietas que surcaban en un caos las paredes de color indefinible. Era un busto de rancio color oro y de mirada penetrante, de viva mortalidad, que ejercía como centurión vigilante de los oscuros misterios que se ocultaban más allá del último tramo. Al doblar la última curva de la vieja escalera, el cigarro se vio impulsado a saltar de la boca que lo consumía.

 

Allá, en la cima, apareció una figura negra de grandes formas. De rasgos exagerados, nariz ansiosa de batir su propio record, tal era su tamaño, arrugas que más bien eran alargados agujeros negros, ojos de extraña vivacidad, barbilla afilada que apuntaba en tono acusatorio, sombrero alto que alcanzaba el techo, ropa negra y arrugada que se diluía en las tinieblas que la rodeaban haciendo una sola y negra oscuridad. En sus venosas y alargadas manos escondía una bola clara y lisa que ofrecía la única claridad que se podía percibir entre las siniestras sombras amenazantes. En sus labios apareció una torcida sonrisa en forma de despectiva ironía mientras decía:

 

- ¿Qué es lo que cubre de oscuro temor el corazón de mi joven y apuesto vecino?

 

Su dulce y armoniosa voz contrastaba con la fealdad manifiesta de su rostro. En lo alto de la escalera la vieja mujer se asemejaba a una aparición onírica de inquietante realidad que le impelía a abrir la cancela que encerraba, en su cuarto oscuro, los más ocultos secretos, sus más disimulados miedos. Pensó que la bola luminosa, con forma de calabaza mordida, que escondía entre sus manos le daría las respuestas que necesitaba.

 

            El humo que desprendía su cigarro le fue envolviendo, convirtiendo en líneas difusas todo aquello que recorría con sus ojos. La mujer se fue evaporando ante su incrédula mirada mientras que una voz interior le susurraba:

 

- Tus ojos están cegados por la espesa niebla que has creado. Aparta el humo que te rodea y camina en libertad. Tu futuro es ...

 

 

 

La oscuridad de la habitación se veía afrentada por los haces de luz que atravesaban las rendijas de la persiana. Sus torpes manos se abrieron paso entre las tinieblas hasta alcanzar el interruptor de la lámpara de papel, que reposaba en la mesita de noche. La habitación, pequeña y fría, se iluminó. ¿Qué extrañas imágenes le acechan en sus sueños?. Se levantó con renovada energía apartando el libro de meigas con el que se había dormido esa noche. Mientras lo miraba, sonreía, pensando que no había bruja que le arreglará su estropeada vida. Alcanzó su vista la figura inanimada de la vieja bruja, que aparecía orgullosa encima del estante, acariciando la bola de cristal que adivinaba el futuro. “Tengo que regalarla” se dijo pensativo.

 

Al cerrar la puerta, se paró unos instantes y levantó la mirada hacia el final de la escalera. ¿Cómo va a ser ese mi futuro?, se dijo riendo. Bajó las escaleras corriendo mientras que la figura de la bruja daba saltos de alegría en la mochila, camino de un nuevo dueño al que se le podía aparecer en sus sueños.

 

¿Quién la escuchará?

16. Limen garcés

 

1.

Ayer soñé que mi compañero X me invitaba a una fiesta privada que se celebraba en su nueva casa. Me dio dos entradas de cine por si quería llevar algún acompañante. Va a ser una fiesta muy divertida. Conocerás a gente muy diferente a tí en la forma pero en el fondo sois iguales. Te gustarán. Me alegré de que se acordara de mí. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Hacía tanto tiempo que no sabía nada de él. Acepté su invitación.

……………

Soy un funambulista de pasos vacilantes. Mi corazón duda entre ir rápido y lento. No hay nada peor que un corazón dudoso.

……………
 

Buenos días, le digo al despertador que marca las 8:00 am entre movimientos compulsivos. Te noto algo nervioso.

 

Alargo mi mano y rozo suavemente la cabeza del despertador. Con el contacto, una lágrima resbala por las agujas del viejo y cansado reloj. Una lágrima.

 

Buenos días, buenos días, buenos días, buenos días… Repite mi mente, intentando convencerse de que así será. Me levanto despacio, con las huellas de las sábanas grabadas en mi piel y comienzo a andar hacia el cuarto de baño, paso a paso, sobre la línea marcada. Una vez allí, vuelvo a verle metido dentro del espejo. Sus ojos despiden rayos de luz que absorben mis dos agujeros negros. Sus labios esbozan una sonrisa de bienvenida. Siempre se alegra de verme, siempre. Aparto la mirada, no puedo soportar tanta felicidad.

 

Otneiserp ol ,aid neub un áres yoh , contesta a mi desprecio.

 

Mi desprecio le mira incrédulo, encoge los hombros y se marcha. Yo permanezco mirándole y recuerdo la lágrima del despertador.

 

áres ol euq oruges ,áres ol, afirma de nuevo, con esa seguridad del que sabe lo que dice. Esa seguridad falsa e hipócrita que bebe del manantial de aguas oscuras de la esperanza. Esa seguridad que yo no tengo.

 

Lo será, le contesto indiferente.

                                 …………… 

Vender recuerdos no es, que digamos, un negocio muy boyante. Las personas no están interesadas en comprar recuerdos que no hayan vivido. Se conforman con los suyos propios, aunque sean aburridos y monótonos. No tienen tiempo para escuchar, absorbidos por su trabajo, su familia, sus amigos, sus aficiones, en definitiva, por su vida. Y si quieres comprar un recuerdo has de tener tiempo para escuchar pues no se venden en paquetes o en latas que te puedas llevar a casa. Los recuerdos viajan por el aire como las ondas invisibles del sonido pero, a diferencia de éstas, no se pueden grabar en una cinta de audio porque los recuerdos son algo más. Tienen que ver con los sentimientos.

 

Yo soy un comerciante de recuerdos. Se los facilito a quien no los tiene, o quiere cambiarlos, a un precio asequible para la economía de cualquier persona y le regalo uno de los mios. Tengo mi puesto en el mercado de la Plaza de España, junto a fruteros y verduleros. Unos alimentan la carne y yo el espíritu. Unos ganan dinero y yo no. Porque no vendo. Porque no me compran. Intentar enriquecer el espíritu de los demás es un mal negocio.

……………

 

Mi nombre es Limen Garcés y no soy feliz. De la misma forma que construyo recuerdos para los demás podría construir una felicidad adecuada para mí. Pero es una tarea que me agota. Es tan difícil crear felicidad uno solo. Aunque no desisto. Algún día tendré fuerzas suficientes para ser feliz y poder decir mi nombre es Limen Garcés y ahora sí soy feliz.

 

Vivo con mis cosas. Zapatos, mesas, libros, televisor, sofá, camas, sábanas y muchas más. Nuestra convivencia es tranquila aunque a todos nos embarga un sentimiento de tristeza e infelicidad. Dentro de los espejos de mi casa vive otro ser. Su nombre es Sécrag Nemil y es, junto conmigo, el que más independencia tiene. En ocasiones me lo encuentro en los lugares más insospechados. Sólo tiene una limitación, los lados de los espejos. Más allá no puede moverse. Tenemos ciertas diferencias de carácter. Nemil es optimista, decidido, valiente. Nemil es feliz. Por eso no le aguanto.

……………

 

Me encuentro en el umbral de la cordura. No me atrevo a traspasarlo. Estoy tan cómodo dentro de mi locura que me parece una temeridad. Retrocedo y le comento a mis katiuskas que hoy es día de lluvia. ¡Qué contentas se ponen! Golpean el suelo las suelas de goma y se estremecen de alegría. Si quieres hacer feliz a algo o a alguien ofréceles lo que más desean. Mis Katiuskas sueñan todas las noches con sentir las gotas de lluvia resbalar por su elegante traje de goma azul.

 

Pero lo que hace felices a unos no tiene por qué hacer felices a otros. Mis zapatos de piel de vaca odian  la lluvia.

……………

Siempre voy por el mismo camino a mi puesto de recuerdos. Me da seguridad pisar las mismas baldosas que pisé los días anteriores. Ellas me reconocen y me acompañan. Cuando estoy triste, me llevan en volandas a dónde quiera ir y si me ven contento, me retienen y charlan conmigo como viejos amigos.

 

Sé que Nimel también me acompaña y me mira. Lo atisbo entre los reflejos de la calle y de la gente en los escaparates de las tiendas. Intenta pasar desapercibido entre tanto detalle pero noto su mirada fija en mí. Cuando me encuentro con sus ojos, aparto mi mirada y la dirijo a cualquier otro lugar donde sepa que no va a estar él.

……………….

 

¿Limen?

 

No estoy acostumbrado a escuchar mi nombre. Mi cabeza acompaña mis pasos con diferentes sonidos y pensamientos, construyendo realidades que me satisfagan o que puedan servir a mis futuros clientes. Sustituyo mis recuerdos por otros que me hagan feliz. Pero no lo consigo. Sécrag Nemil me dice muchas veces que cuanto más pienso, más se me escapa la vida. Dice que vivir es pensar en movimiento pero que yo estoy inmovilizado y sólo pienso. Sólo pienso.

 

¿Limen?

 

Sólo era un niño, de pelo negro revuelto y de intensos ojos verdes, que bajaba corriendo las viejas escaleras de su casa, agarrándose con fuerza al pasamanos de madera, cogiendo impulso en cada curva para coger mayor velocidad y salir disparado de aquella casa maldita. Ya en la calle frenó en seco ante la marcha de una muchedumbre que caminaba en silencio. Cientos de personas sin rostro y con las manos atadas a la espalda, atravesaban el infernal ruido de la ciudad con su silencio mortal. Ni me miraban ni me hablaban.

 Eres Limen, ¿verdad?

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2.

La había recibido esta mañana. Llevaba un mes en el que no sabía exactamente qué es lo que iba a ocurrir y ahora esa llamada. Al salir de la habitación se vio reflejado en el espejo enfrente de la puerta. No había pasado una buena noche y se manifestaba en su cara. Apenas distinguió su rostro, desvió la cara disgustado.     

Vivía con su madre desde hacía menos de un año. Después de casi diez años viviendo fuera de la casa materna tuvo que regresar a raíz de lo que la sucedió. Pensaba que no podía haberlo hecho de otra manera puesto que el amor que la tenía y el agradecimiento por todo lo que había hecho por él durante toda su vida era razón suficiente y poderosa para estar a su lado el tiempo que necesitara. Otra opción hubiera significado una traición. Volver implicó también que tuviera que renunciar, al menos temporalmente, a otros proyectos. Incluido el proyecto con quien consideraba su compañera de vida, la mujer a la que tanto amaba.

Tenía la sensación de que no había sabido explicarlo o que ni siquiera había pensado en que tenía que hacerlo. Le parecía tan evidente que cualquier explicación sobraba. Ahora, sentado en el sofá del salón, con la cabeza apoyada en sus manos, pensaba en la llamada que había recibido a primera hora de la mañana. Qué diría, qué sucedería cuando estuviese frente a ella. Tenía miedo por lo que pensaba que iba a suceder y esperanza por lo que deseaba que sucediera. Pero sobre todo tenía miedo. Sentía que no pudo elegir, que no había opción y que por eso no era culpable. Necesitaba que le comprendiera.

Se hacia tarde. Simón se levantó, cogió la bandolera y se la colgó en los hombros. Al salir se acordó del libro que le regalo hace un par de meses y que había comenzado a leer. Gog de Giovanni Papini. Lo agarró y lo introdujo en la bandolera. Abrió la puerta de la calle. El sentirse en movimiento hacía que dejara de pensar y por eso bajó las escaleras corriendo, dispuesto a no parar en todo el día.

[sin terminar]