Algo que contar

El día que la palmó Jesús

Publicado el 10 Ee abril Ee 2009 a las 15:05

A mediodía iban retirando los coches de la calle por la que iba a pasar la procesión general de viernes santo. Todo tenía que quedar despejado. Los vecinos sacaban sus sillas a la calle, algunos las ataban a otras sillas o a algún árbol pero la mayoría las dejaban sin más, sin miedo a que se las robaran. A medida que se acercaba la hora, las mujeres bajaban a la calle, se sentaban en las sillas y comían pipas mientras hablaban de sus cosas. Los niños corrían alrededor ajenos a los rezos de las beatas y a los cotilleos de las marujas. Apenas otro ruido que el de las conversaciones y el de los gritos de los niños jugando. El trasiego de gente cada vez era mayor. Iban ocupando los pocos espacios que quedaban libres. Las mejores posiciones ya llevaban ocupadas desde hace horas. El sonido de los tambores se escuchaba en la lejanía.


Me asomaba por uno de los balcones de mi casa aguardando que en cualquier momento doblaran la esquina los primeros capirotes. Afuera la noche y el rumor de la gente en la espera. La habitación alumbrada únicamente por las farolas de la calle. El ambiente era especial, vacacional, alegre. El murmullo de las conversaciones comienza a apagarse. Los primeros cofrades con sus hábitos, sus capas y túnicas, el capirote ocultando el rostro, aparecen al inicio de la calle. Silencio. El paso lento de las cofradías, el sonido de los tambores y las trompetas precediendo a los pasos procesionales con las tallas representativas de la pasión de Jesús. Las veía avanzar lentamente desde lo alto con cierta inquietud. La oscuridad y el silencio, sus rostros ocultos, las morbosas tallas de un Jesús sufriente, los descalzos cofrades expiando pecados o cumpliendo promesas para su Dios, las desasosegantes manolas con mantilla negra y peineta, tristes plañideras de la muerte de Jesús, las trompetas, los tambores y las matracas rompiendo el silencio. Una tras otra pasaban las cofradías acompañadas de sus pasos, orgullosas y solemnes. Capirotes con largas velas iluminaban la noche. El gentío soportaba el frío estoicamente amontonados a la orilla de la procesión en respetuoso silencio. Hasta que desde las alturas se divisaba a las autoridades eclesiásticas, a las autoridades locales y a la guardia civil que indicaban el final de la pasión. Algunos píos se situaban detrás de ellos y les acompañaban. La mayoría se daba la vuelta y se marchaba después de un par de horas largas viendo pasar a encapuchados y cristos sangrantes. Son recuerdos de hace casi treinta años.


Los sombríos encapuchados y las tétricas manolas formaron parte de mis pocas pesadillas de infancia. Se acercaban lentamente por el pasillo de mi casa mientras que yo estaba escondido en uno de los armarios escuchando sus pasos, el ruido de su respiración, cada vez más cerca, y sus siniestras oraciones. En ocasiones, me asomaba por una pequeña ventana y veía avanzar sus sombras en la oscuridad del pasillo. Inmóvil y muerto de miedo no quería que me cogieran. Y no me cogieron. Ni antes ni ahora ni nunca.

Categorías: Religión

Añade un comentario

¡Vaya!

Oops, you forgot something.

¡Vaya!

Las palabras que has introducido no coinciden con el texto. Inténtalo de nuevo.

Already a member? Iniciar sesión

0 comentarios