Algo que contar

El sueño americano o como se diga

Publicado el 10 Ee enero Ee 2011 a las 0:35

16 años por robar entre 11 y 200 dólares. 16 años de tu vida por robar calderilla. 16, que se dice pronto, aunque la condena fue a cadena perpetua. Es difícil de entender pero así fue. Parece una broma de mal gusto cuando millones de dólares robados son repartidos entre pocas y poderosas manos sin ningún tipo de castigo. Como mucho una reprobación en portada de los periódicos que, a lo sumo, provoca ligeras cosquillas sin llegar a hacer pupa. El sistema está enfermo cuando permite que sucedan estas cosas. Grandes y prestigiosos ladrones salen en las portadas de las revistas de corazón o son objeto de sesudos y serios análisis en periódicos económicos mientras dos mujeres negras, por dar un palo de tres al cuarto, pasan 16 años de su vida encerradas en prisión, condenadas a cadena perpetua. Con qué facilidad algunos deciden sobre la vida de los demás. Ilustres señores, de vida profesional admirable y muy respetada, familia con mujer e hijos y perro, que viven en urbanizaciones lujosas, señores a los que la vida les ha ofrecido todas las oportunidades que han necesitado aunque ellos digan que han trabajado mucho por conseguir lo que tienen. Señores o señoras que dicen que trabajan por la seguridad de nuestro barrio, de nuestra ciudad y de nuestro país persiguiendo a los maleantes que mantienen atemorizada a la población. A estos superhéroes de pacotilla no les tiembla el pulso para arruinar la vida de todo aquel que consideran una amenaza. Es tan fácil tomar estas decisiones. Tienes a una parte de los ciudadanos que están de acuerdo con sus dictámenes sobre todo cuando es un negro el protagonista de acciones delictivas. Es fácil de vender a la opinión pública porque durante años les han bombardeado con mensajes del tipo “cuidado con los negros” (o con los gitanos o con los moros o con los inmigrantes) que han ido calando imperceptiblemente en el imaginario colectivo. Meter a negros y demás maleantes en la cárcel supone también un rédito electoral. Y la conciencia, esa incómoda compañera, no supone un problema porque cuando el negro desaparece de su vista no se vuelven a acordar de él más en la vida. Demasiados placeres les rodea para acordarse de un puto negro.


Estas 2 mujeres son hermanas y se llaman Jamie y Gladys Scott. Estaban encerradas en la cárcel de Pearl en el condado de Misisipi de los Estados Unidos (sí, no ha ocurrido ni en Cuba ni en Venezuela) por haber colaborado en un robo en el que se embolsaron entre 11 y 200 dólares. Por este delito fueron condenadas a cadena perpetua. Pena que está fuera de toda lógica excepto para mentes enfermas. Ahora son noticia porque las han liberado. ¿Una rectificación, como muchas otras, después de tanto tiempo? No. A una de ellas le dejaron de funcionar los riñones y el tratamiento suponía una carga económica demasiado elevada para el sistema de prisiones por lo que el gobernador republicano, Haley Barbour, dijo que si la otra hermana le donaba un riñón, ambas saldrían de prisión. Es decir, no hay una motivación humanitaria, por la enfermedad de esta persona, o reparadora, por la desproporción de la pena y los perjuicios a sus vidas, sino económica. La gasolina que mueve el mundo. Por supuesto, el trasplante se lo pagan las hermanitas, que ya les han hecho el favor de dejarlas en libertad. Eso sí, libertad condicional para toda la vida. El departamento de prisiones asegura, para más cachondeo, que las hermanas ya no representan una amenaza a la sociedad. Seguramente antes tampoco. Las amenazas a la sociedad no se encuentran en los barrios pobres y degradados de las ciudades sino en los consejos de administración de los bancos y de las multinacionales, en los congresos o en los despachos ministeriales. La amenaza es la existencia de leyes que permiten que se cometan estas tropelías. La existencia de personas que las elaboran y que las hacen cumplir. La amenaza no se encuentra en unas desgraciadas que roban sino en las condiciones degradantes de su barrio, en los estereotipos y prejuicios alimentados durante siglos, en la exclusión social, en la lógica de un sistema que dice que para que unos estén forrados, seguros y felices, otros tienen que pagar los platos rotos y de esto ellas no tienen ninguna culpa.

Categorías: Reflexión

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