Algo que contar

La estanquera más viva que nunca

Publicado el 27 Ee julio Ee 2010 a las 14:40

He tenido la suerte de no estar en España cuando el equipo de fútbol ganó el primer campeonato del mundo de su historia. Madrid, engalanada con las banderas del reino, algunas con la corona serigrafiada, otras con el toro y otras a pelo, sólo con los colores rojo y gualda, seguía ansiosa el desenlace de los partidos. A medida que avanzaba el campeonato, los aficionados se ilusionaban con la posibilidad de conseguir el título y se logró lo que ningún otro evento ha podido conseguir desde la dictadura, que Madrid y otras muchas ciudades españolas se vistieran orgullosas con los colores de la bandera española. Afortunadamente, sólo fuí testigo de su evolución pero no de la apoteosis final, sintetizada en el gol de un joven chaval multimillonario de La Mancha. A mi regreso, aún quedaban algunas banderas colgando, tímidamente, de los balcones y de las ventanas en representación de las miles que se ondearon en los cielos españoles. El fútbol ha conseguido, no sé si temporalmente, que se ostenten unos colores que en otros tiempos provocaban la vergüenza de los demócratas por ser representativos de la dictadura y del fascismo español. Hoy, algunos, animan a mirar hacia delante y llevar con orgullo la bandera del país.


Los historiadores conservadores, condescendientes con la dictadura, se han hartado de explicar el origen de esta bandera con el objetivo de eliminar las connotaciones fascistas de la misma, al ser sus colores representativos de 40 años de dictadura y crímenes de estado. ¿Alguien se puede imaginar lo que hubiera ocurrido durante la beatífica transición si se hubiera propuesto la sustitución de esta bandera por otra neutral, como símbolo de la nueva democracia? Ni siquiera se planteó. No hay nada más peligroso que tocar los símbolos del poder. Se optó por una simple fórmula de maquillaje eliminando una parte, el águila de San Juan, para mantener el todo, los colores que sustentaron a los golpistas que acabaron con un régimen legal y democrático. Este vulgar truco de prestidigitación era coherente con la idea nuclear de la transición, cambiar la forma pero mantener el fondo. Aún así aquellos historiadores y los defensores de este trapo seguirán arguyendo la ignorancia histórica de los que no se sienten representados por esta bandera. Es más importante la historia añeja que los crímenes de estado amparados bajo la estanquera.


Sí, hay que mirar hacia delante y dar la importancia que tiene a los símbolos que quieren representar a un país democrático. No se puede hablar de justicia ni de dignidad cuando bajo los colores de esta bandera se ha asesinado y torturado impunemente a miles de ciudadanos españoles. La ceguera y el desprecio por la trágica historia reciente de este país conducen a la trivialización de los símbolos y, como consecuencia, a mostrar orgullosos en los balcones de tu ciudad, o colgada en tu cuello, la bandera bajo la que se produjo un golpe de estado cruento y una criminal dictadura. A mí, esta bandera bicolor no me representa ni me representará por dignidad y respeto democrático.

Categorías: Reflexión

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