Algo que contar

Matadores de toros o el arte pervertido

Publicado el 21 Ee marzo Ee 2010 a las 19:25

Era emocionante. Nos levantábamos muy pronto para poder llegar con tiempo y coger buenas posiciones desde donde observar. Hacía frío y teníamos que ir abrigados. En tierras castellanas, a principios de septiembre, suele hacer frío en la madrugada. Algunos  participantes llegaban en coloridos coches, preparados para la fiesta pero poco útiles para conducir por el campo. Otros muchos en Land-Rover. En total, cientos de coches se encontraban al alba en los campos de la antigua villa castellana. Esperaban. A lo lejos comenzaba a vislumbrarse la polvareda que levantaban los caballistas, que con sus picas guíaban a la manada hasta la entrada del pueblo donde daba comienzo el encierro para los corredores. Alguno de ellos se aventuraba en el campo. Los menos. Los coches empezaban a rugir y a moverse caóticamente en busca de una posición que les permitiera acercarse todo lo posible a los toros. Apenas se podía ver nada con tanto polvo. De vez en cuando una sombra negra. Muy cerca. El corazón se ponía a mil por hora. Sin duda que era muy emocionante. Ninguno de los que estaban allí pensaba en los toros más allá de la diversión que les dispensaba. Era lo más cerca que estaban de la muerte. Ninguno podía ver los ojos de los toros.

 

Los caballistas solían provocar, para divertirse, que alguno de los toros se quedara en el campo. Rara vez entraba la manada al completo en la plaza, donde cientos de personas esperaban entusiasmadas la llegada de los astados. En ocasiones, algunos llegaban a aparecer en la plaza mayor o calles del pueblo fuera del recorrido, sorprendiendo a los paisanos y causando a veces sustos, a veces heridos, a veces muertos. La gente se divertía corriendo y cortando a los toros. Algunos tirandoles del rabo, dándoles palmadas en los costados, golpeándoles con el puño, patadas. En una ocasión, un joven sacó una navaja y se la clavó en uno de los costados a un toro rezagado, que no quería entrar en la plaza. Nadie miraba al toro. Sólo era un momento álgido de la fiesta que todos esperaban con delirio. No miraban a un ser vivo sino a la cosa por la que esperaban un año a que se celebrará la fiesta de su pueblo. La cosificación de los seres vivos es un proceso necesario para evitar el sentimiento de culpa y la autoimagen negativa que suscita el maltrato de los animales. Si son solo cosas, que no piensan ni sienten ni sufren es más sencillo. No somos maltratadores ni asesinos sólo discípulos [ciegos] de la tradición.

 

El sufrimiento de los animales no necesita de experimentos para comprobarlo. Sólo se necesita mirar a sus ojos. En las plazas, el sufrimiento de los toros pasa desapercibido ante la valentía del torero y su manejo del capote. Si no fuera así, no habría nadie que acudiera a un espectáculo tan sangriento, cruel y primitivo. Los defensores de esta tortura hablan de tradición, de arte, de lucha entre el ser humano y la naturaleza. Alguno incluso se atreve a defender que los toros no sufren, al menos de la misma manera que otros animales. Otros, quién sabe si los mismos, se disfrazan de activistas de la naturaleza y nos alertan de la desaparición del toro de lidia. Todos estos argumentos son subterfugios para proteger un modo de vida y de negocio basado en la tortura, sangre y muerte. Es un ritual del horror. El progreso moral de un país debe procurar el buen trato y la defensa de los derechos de los animales. El derecho a la vida digna es un principio irrenunciable y superior a la supuesta libertad que se arrogan algunos para maltratar y matar a seres vivos. Somos como tratamos a nuestros animales.

 

Categorías: Derechos Animales

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