Blog: Algo que contar

MIRA SIEMPRE A LOS LADOS ANTES DE CRUZAR

Publicado el 11 Ee junio Ee 2013 a las 10:00

Juro que no lo vi venir. No hacía mucho tiempo que mis padres me habían dejado ir solo, sin que nadie me acompañara. Antes, mi padre me esperaba cuando salía de casa, camino del colegio. Así lo habían acordado cuando se separaron. Al verme, sonreía ligeramente, diría que con un poco de pena, y me cogía de la mano, casi sin dirigirnos la palabra. A mí me daba corte decirle algo y él supongo que iría pensando en sus cosas. Parábamos en un bar, a mitad de distancia entre mi casa y el colegio. Me quedaba a fuera y contaba los minutos hasta que volvía a salir. Me cogía de nuevo de la mano y no me soltaba hasta que me escabullía, entre mis compañeros, por la puerta de entrada del edificio donde estudiaba. Siempre le miraba de reojo y le veía parado, mirándome, hasta que, supongo, desparecía de su vista y se marchaba. Sin que me viera, me daba la vuelta y miraba como se alejaba. Pero, no hace mucho tiempo, habían decidido que ya era mayor para ir yo solo y mi padre dejó de esperarme todas las mañanas. Mi madre se agachaba y me daba un beso mientras me ajustaba la mochila en la espalda. Me pasaba la mano entre mis pelos enmarañados e intentaba arreglar el desaguisado. Después me susurraba al oído, mira siempre a ambos lados antes de cruzar. Lo hice pero juro que no lo vi venir. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la delantera del autobús. Me arrolló. Empecé a dar vueltas por debajo del vehículo. Escuchaba cómo mi cuerpo se golpeaba contra el suelo y la carrocería. No se escuchaba más ruido que ese, hasta que frenó. Recuerdo salir reptando de debajo del autobús. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y me miré los pantalones. Estaban rotos. Supuse que hoy no me libraría de una regañina. Un señor, muy nervioso, me empezó a preguntar si estaba bien y le contesté que sí pero que me tenía que ir porque llegaba tarde a clase. Pero si estás sangrando de la cabeza, chaval, me contestó. Me toqué la cabeza y miré, asustado, mi mano manchada de sangre. Ahora estoy aquí, tumbado en la mesa de operaciones. Hay varias personas a mi alrededor. Uno ha dicho que tiene que ser a pelo, sin anestesia. Una mujer, que no para de moverse, dice que hay que cerrar la herida rápido, que he perdido mucha sangre. Un señor con anteojos, se agacha a mi lado mientras me coge la mano y me dice que soy un chico muy valiente. La mujer se da la vuelta, con unas tijeras en la mano mientras el hombre me limpia con una gasa, la sangre que me chorrea por el pelo. La mujer me pregunta el teléfono de mis padres. ¡Cuándo se entere mi madre! No quiero ni pensarlo. Me duele más que el golpe en la cabeza. Le hago una seña, que se acerque, porque apenas me sale un hilo de voz. Le digo que cuando le llame no la asuste, que tenga cuidado en cómo se lo va a decir. No quiero que se preocupe, por favor. La mujer me contesta que tendrá mucho cuidado y cuando recibí la llamada, no sabía si era una broma o era verdad lo que me estaba diciendo. Me decía que una persona que conocía estaba ingresada en un hospital y quería verme. Le pregunté que cómo se llamaba pero no me lo dijo. Solo que, por favor, fuera rápido porque había insistido en que me quería ver. Colgó el teléfono. Me quedé unos segundos con el auricular en la mano, pensando en quién me podría estar gastando esta broma. Está claro que no es de muy buen gusto. Comprobé la dirección que me había dado y, en efecto, el hospital existía. Me entraron muchas dudas, de verdad. ¿Y si era cierto? Pero ¿quién podía ser? No conocía a nadie que le hubieran tenido que ingresar pero la señora perseveró en que me conocía y que había insistido en verme. Mira, es mejor salir de dudas porque una nunca sabe. Cogí el abrigo y el bolso y me fui. Voy camino del hospital. No queda muy lejos de casa. Bien sabe Dios que si puedo, evito los hospitales. No puedo ni quiero estar tan cerca de la enfermedad y del dolor. Me pone nerviosa. No sé si llamar a Juan. Igual hay algún amigo en común que ha enfermado y yo no me he enterado. Me lo hubiera dicho aunque, desde que le pedí que dejara de llevar al niño al colegio, no me ha vuelto a dirigir la palabra. No me importa que vea al niño, que esté con él, de verdad, pero no soporto su manía de meterse en el bar mientras le deja esperando en la puerta, bebiendo vino y charlando con los amigos. ¿No puede centrarse en su hijo? Para lo poco que le ve debería esmerarse un poco más. Ay, de verdad, quién puede ser. La enfermera o quien fuera la que me ha llamado me podía haber dado más información. No entiendo que no me diga cómo se llama, que me diga que el enfermo le ha pedido que no dé su nombre. Solo que vaya. Estoy casi llegando. Tenía que haber llamado a Juan. El niño le echa de menos desde que no le acompaña. No sé si he hecho lo mejor. Era de los pocos momentos en que estaban juntos y la verdad es que al niño le gustaba ir con su padre, a pesar de lo arisco y la mala leche que tiene. Al principio me dio un poco de miedo, pero ya se está haciendo mayor y tiene que empezar a hacer las cosas el solito. Solo tiene que tener cuidado y mirar a ambos lados al cruzar la calle y te juro, mamá, que lo hice. Miré a un lado y a otro de la calle pero no vi nada. Estaba desierta y crucé corriendo. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba debajo del autobús. Sé que no me va a creer. No dejo de pensar en cómo se lo voy a explicar. La enfermera me ha dicho que apretara los dientes porque me iba a doler. ¡Y vaya si me dolió! Me cortaron los pelos de la cabeza alrededor de la brecha y era como si me clavaran miles de alfileres por todo el cuerpo. Me tiraban tanto del cuero cabelludo que tenía la sensación de que me lo iban a arrancar. El señor de los anteojos seguía cogiéndome de la mano mientras me decía que muy bien, que era un machote y esas cosas que se dicen para animar, pero el dolor era tan intenso que hubiera preferido que se callara. Me gustaría decir a mi madre que no me importa ir solo al colegio pero que ya hace mucho tiempo que no veo a papá. Tenía que haber pedido a la enfermera que le llamara pero, bueno, mejor no. No quiero que me vea llorando. Es que no puedo reprimir las lágrimas. Me duele mucho, demasiado, creo yo, no ha sido nada fácil para ninguno de los tres y soy consciente de que el niño ha sufrido más que ninguno. Debe ser este edificio. Hay una señorita en recepción. Me dice que espere en la sala de espera. Me siento al lado de un señor, muy nervioso, que no deja de mesarse los pelos de la cabeza. No estamos más que nosotros dos. No sé qué sentir. Vengo sin saber nada y nada es lo que me han dicho en recepción. Solo que espere tranquilamente. No puedo ponerme nerviosa, más allá de lo que estas paredes blancas me ponen de por si, ni preocuparme como el señor que tengo a mi lado. He venido por curiosidad, por saber quién me llama con tanto secretismo. Apenas hay movimiento. De vez en cuando aparece un celador, casi sin hacer ruido, que ni siquiera es capaz de mirarnos, para desaparecer inmediatamente en la oscuridad del pasillo que tengo delante. Me gustaría aliviar el sufrimiento de este hombre pero me da pudor entrometerme en las desgracias de los otros. Me mira tímidamente y solo puedo esbozar una sonrisa que pretende ser conmiserativa. Somos esclavos, pienso, de nuestro propio dolor. Un dolor único que difícilmente los otros lo pueden compartir, aunque lo intenten y pretendan aliviarnos con comprensivas palabras. Qué se le puede decir a este hombre ante su sufrimiento. Qué se le puede decir que no suene ridículo o condescendiente. Prefiero el silencio aunque a ojos externos pueda parecer algo frío. Para mí es respeto. Aún así, le agarró su mano y esperamos. Una enfermera aparece de entre la oscuridad y se acerca a nosotros. Nos levantamos a la vez, sin soltarnos de la mano. Me viene a la cabeza aquello que suelo decir al niño. Mira siempre a los lados antes de cruzar. No sé por qué me pongo a llorar.

Categorías: Relatos

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