Blog: Algo que contar

LA SALA DE REFLEXION

Publicado el 21 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00

Aparcaron muy cerca del edificio. El hombre se desperezó nada más salir del coche. Se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado, unos instantes, inmóvil, como si se hubiera quedado petrificado, hasta que el ruido que provocó la mujer al cerrar la puerta delantera del conductor pareció despertarle. Hablaron entre ellos. La mujer abrió el maletero y sacó una carpeta blanca. El hombre, con las manos en los bolsillos, se había adelantado unos metros en dirección al edificio mientras miraba a su alrededor. Tendría unos cuarenta años. Apenas había esbozado una sonrisa y por los gestos que hizo a la mujer con las manos, balanceándolas abajo y arriba, tenía prisa. Esta se puso a su altura rápidamente y le pasó la carpeta. El hombre se paró y sacó unas hojas que pareció leer con atención. Volvió a meterlas en la carpeta y, sin mirar a la mujer, se la devolvió. Se dirigió al edificio. Era media tarde y no se veía un alma. El cielo estaba nublado y hacía tanto frío que aún permanecían helados los carámbanos colgantes de la lluviosa mañana. El hombre, encogido, apretó el paso y subió las escaleras que llevaban hasta la puerta de la entrada. Golpeó con los nudillos un par de veces pero no hubo respuesta. La mujer, que acababa de subir los últimos peldaños, se había tapado la cabeza con un pañuelo y se frotaba las manos para darse un poco de calor mientras miraba, contraída, la puerta. Parecía que había visto algo. Apartó unos arbustos que ocultaban un timbre y llamó. No pasó más de unos segundos hasta que se abrió la puerta. El hombre y la mujer alargaron sus manos y saludaron a alguien que apenas se distinguía de las sombras. Estamos aquí por María.

 

 

Cuando leí los informes que me hablaban de María no me parecieron muy diferentes a los que he leído durante años sobre otros adolescentes. Nada le hacía diferente a otros pero el Grupo de Ayuda a la Infancia y a la Adolescencia había considerado que era una niña que requería una atención especial para controlar lo que denominaban accesos transitorios de violencia inusitada. Estoy en uno de los centros de reeducación del gobierno. Soy un evaluador. Valoro si las personas aquí ingresadas pueden reinsertarse de nuevo en la sociedad y cumplir con los deberes que nuestro gobierno nos exige. Hoy, mi compañera y yo, conoceremos a María. Estamos en una sala muy estrecha y alargada. Apenas hay luz. Hay unas sillas apoyadas en la pared enfrente de un espejo unidireccional que da a una sala más grande e iluminada. Sus paredes están acolchadas. Esta sala está vacía. Llevamos esperando ya un buen rato. Me sudan las manos y no sé qué hacer con ellas. Escucho voces. Parece que alguien se acerca. Mi compañera se sienta en una de las sillas y mira hacia la puerta donde aparecen varias personas. Reconozco a la directora del centro. Los demás no sé quiénes son. Tienen una animada conversación en la que rápidamente nos incluyen.

 

¿Qué opina de la violencia como método reeducativo?- me pregunta la directora. 


No tengo una opinión muy clara…he de reconocer que no soy un experto en esa materia. Mi trabajo, ya sabe, no consiste en la reeducación sino en la valoración de que esa reeducación es efectiva de cara a una deseable incorporación a la vida normal.

 

Bueno, algunos pacientes sólo pueden aspirar a esa reinserción desde el forzamiento de la voluntad –me contesta mientras sonríe a los contertulios- Los métodos basados en el diálogo han resultado ser absolutamente ineficaces al proporcionar a los pacientes justificaciones a sus comportamientos disfuncionales y, por tanto, evitar el cambio necesario.

 

Puede ser pero no estoy muy seguro de la permanencia de los cambios a través de los métodos de reeducación violenta –me atrevo a decir, sabiendo que este planteamiento no es académicamente aceptable.

 

Veo que uno de los contertulios mueve la cabeza en claro desacuerdo. La directora fuerza una sonrisa.

 

El dolor es un elemento mnemotécnico poderoso, no lo olvide –respondió buscando con la mirada la reafirmación de su audiencia- La aplicación de la violencia se acompaña de un proceso de reflexión que nos diferencia de un vulgar y despreciable agresor. La sala de reflexión es uno de los recursos que, como ya sabe, nos permite generar el cambio deseado en nuestros pacientes.

 

Prefiero no decir nada. No estoy muy seguro de que este método funcione. He tenido muchas discusiones con mi compañera sobre este asunto porque creo que no existe un forzamiento de la voluntad sino una anulación que convierte a las personas en simples peleles. La directora se marcha. El resto se sienta. Cada uno de ellos lleva una libreta en la mano y empiezan a tomar apuntes. Tomo asiento en una de las sillas frente al espejo, al lado de mi compañera. Tengo la sensación de que el espectáculo va a comenzar.

 

 

Lo que ocurría dentro de los centros de reeducación se ocultaba con especial interés por parte de las autoridades. Los padres de los pacientes apenas recibían información sobre el tratamiento que recibían y las llamadas telefónicas eran auditadas y cortadas ante el menor indicio de que el paciente pudiera desvelar cualquier dato sobre lo que allí ocurría. No se permitían las visitas y la duración de la estancia en el centro era indeterminada y condicionada a la respuesta positiva de los pacientes al tratamiento. La mayoría sentía eso que muchos psicólogos llaman indefensión aprendida. No había nada que hacer para resistirse a los métodos de los reeducadores y se dejaban hacer, adoptando un comportamiento sumiso y maleable. En ese momento se piensa que están respondiendo al tratamiento en el que la sala de reflexión se considera, a su vez, un punto de inflexión fundamental para doblegar las voluntades más resistentes. Las paredes de esta sala están acolchadas para evitar que los pacientes se puedan hacer daño a sí mismos y, como consecuencia natural, también impide que los gritos de ayuda puedan ser escuchados por el resto de pacientes aunque todos intuyen lo que se esconde tras la puerta que lleva a esta sala. La estancia suele variar y se encuentra en función de la resistencia psicológica de los pacientes. Se les priva de cualquier contacto humano y se reduce la comunicación a frases repetidas periódicamente, a través de unos altavoces, en los que el mensaje de fondo es “tú no existes”. El objetivo es la perdida de la mismidad. El conocido psiquiatra Laing se refirió a esta práctica de la siguiente manera: “…independientemente de cómo una persona actúe o se sienta, independientemente de qué significado dé a su situación, sus sentimientos no son tenidos en cuenta, sus actos son desconectados de sus motivos, intenciones y consecuencias, la situación es despojada del significado que tiene para ella, de modo que queda totalmente confundida y alienada”. No hay un castigo más espeluznante. Los pacientes saben cómo salen sus compañeros de esa sala, preparados para reintegrarse como sujetos válidos en la sociedad pero con la autenticidad del sí mismo mutilada. No les reconocen. Para María era la primera vez que tenía que entrar en la sala de reflexión. Desde que ingresó en el centro de reeducación no había mostrado mucho interés por obedecer las normas. Podía haber optado por lo que hicieron muchos de sus compañeros, mostrar sumisión, aceptar las intromisiones en su intimidad, mirar a otro lado ante comentarios despectivos hacia ella, hacia su familia, hacia todo lo que consideraba importante o cerrar sus labios ante las burlas y así evitar las correcciones violentas de los reeducadores. Podría haber optado por todo esto pero no lo hizo. Le gusta ser cómo es y está dispuesta a defenderlo hasta las últimas consecuencias.

 

 

Soy más resistente de lo que aparenta mi aspecto debilucho y mi corta estatura. Me siento sola y eso me ha hecho fuerte. Sé que la mayoría de las veces no me he mostrado realmente como soy, pero he aprendido que hacerlo me provocaba dolor y no puedo aparentar que me pueden dañar. Sé fingir que estoy bien cuando estoy mal y llorar y aparentar debilidad cuando quiero conseguir algo. Si quiero mostrarte una sonrisa la tendrás pero también probarás la fortaleza de mi mandíbula si decido atacarte. Tengo facilidad para encontrar las debilidades de los demás y aprovecharme para conseguir lo que quiero. Mi experiencia me dice que en el mundo solo sobreviven los que saben fingir porque ser uno mismo no está bien visto por quienes te rodean. Tienes que ocultarte y disfrazar tus sentimientos si no quieres que te hagan daño y preservar lo más preciado. Ser así me va bien y no quiero cambiar aunque haya acabado en este centro. Siempre me queda un espacio personal e infranqueable al que no puede acceder nadie si yo no quiero y esa es mi fuerza, lo que me permite resistir a los intentos de abordaje de los reeducadores. Les voy a demostrar que soy más fuerte que ellos. No voy a decir que no estoy preocupada por entrar en esa sala. He visto cómo han salido muchos de mis compañeros. Les arrebataron lo más auténtico que había en ellos pero confío en que mi fortaleza sea suficiente para resistir a sus intentos de amordazarme. Me están dando golpes en el hombro mientras camino por el pasillo. ¡Ya vale, no! No les debe parecer que voy suficientemente rápido pero yo marco mi ritmo por mucho que les frustre. La luz del pasillo siempre me ha parecido exagerada, iluminando cada rincón como una metáfora del empeño que tienen en descubrir cada peculiaridad de uno mismo para, finalmente, anularla. Sí, quiero probarme. Quiero saber si puedo ganarles. Todos mis compañeros se han despedido de mí como si no me fueran a volver a ver. He de reconocer que me he asustado porque ¿y si no vuelvo a ser yo? ¿No es una manera de morir? Si es así esta es mi manera de luchar por la vida. Cuando gire en este recodo del pasillo, al fondo veré la sala. Tengo sed. ¿Puedo beber un poco de agua? Estoy un poco nerviosa. Me cuesta tragar la saliva y siento mucho peso en el pecho. Me duele…tengo que cerrar un poco los ojos. Está la puerta abierta. No sé que me pasa. En la sala la luz es más intensa que en el pasillo. No quiero entrar. Me llamo María.

 

María…tú no existes.

 

 

Categorías: Relatos

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