Blog: Algo que contar

EL TRAJE

Publicado el 14 Ee mayo Ee 2013 a las 14:15

Llamo a la puerta. Hace más de dos semanas que no sé nada de él lo cual no es habitual. A pesar de las circunstancias, siempre se las ha arreglado para hacerme llegar una carta. Incluso aquella vez que cortaron todas las entradas del pueblo, y no se movía ni un mosquito sin que se enteraran, consiguió hacerme llegar unas líneas. Cada cinco días, a la primera luz del día antes de salir el sol, meto la mano en el hueco que hay entre unas piedras sueltas de la pared de la cuadra, buscando noticias suyas. Cuando mi mano roza el papel, lo agarra, como si se fueran a escapar cada una de sus palabras, y lo escondo entre la falda y el mandil. No me puedo arriesgar a que alguno de ellos me vea. Me meto en casa corriendo y me escondo en la despensa. Cierro la puerta y enciendo la pequeña bombilla para que me alumbre. Leer sus palabras me dan algo de esperanza, la posibilidad de que para nosotros otra vida es posible, pero ahora son demasiados días sin noticias suyas y empiezo a tener miedo. ¿Por qué tardan tanto en abrir?

 

 

Por las noches lo guardaba entre el somier y el colchón para que se alisara. Faltaba poco para que se celebraran las fiestas patronales y quería causar sensación entre las solteras y las viudas. Ya habían pasado tres años desde la muerte de su mujer y pensaba que era tiempo suficiente para buscarse una nueva compañía que cuidara de la casa y le hiciera la comida. Además, a los chicos no les vendría mal un poco de disciplina femenina. Al pequeño tenía que forzarle para que se duchara y eso no son cosas de hacer los hombres, pensaba. Sí, ya era hora de conseguir otra mujer y este traje le permitiría atraer sus miradas. Era el primer traje que tenía. Todas las tardes, al llegar de trabajar, lo sacaba de debajo del colchón y se lo ponía. Se miraba en el pequeño espejo que estaba enfrente de la cama de su habitación y simulaba tener conversaciones con damas imaginarias que se quedaban impactadas ante tanta elegancia, o bailaba agarrado a la almohada mientras tarareaba pasodobles. Poco a poco fue dando forma a las caras de las mujeres de sus ensueños y empezó a ambicionar a Antonia, la de Zacarías. Sabía que tenía que pasar algo de tiempo hasta que se acostumbrara a la ausencia de Zaca. Lo sabía. Estaba todo demasiado reciente.

 

 

Esa tarde se había puesto el traje y se miraba al espejo arqueando las cejas, fingiendo sorpresa mientras seguía el guión de su imaginación, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se giró a su izquierda y miró hacia el pasillo que llevaba a la puerta de entrada. ¿Quién sería a estas horas? Sus ojos alternaban la mirada a la puerta con la mirada al suelo mientras se apoyaba con la mano derecha en la cómoda del dormitorio, apretando una de sus esquinas hasta hacerse una herida en la palma de la mano con el pico de la mesa. Al notar el dolor, apartó la mano y se miró el hilo de sangre que se escurría entre los dedos. Cogió un pañuelo que estaba encima de una silla y apretó con fuerza la herida. Se lo ató en la mano y empezó a quitarse rápidamente el traje. Lo dejó encima de la cama y comenzó a vestirse con la ropa de faena que había dejado tirada en el suelo. Se miró al espejo y se dio el visto bueno. Empezó a andar hacia la puerta pero se paró a medio camino. No podía dejar a la vista el traje. Aún no. Dio media vuelta, lo agarró y lo lanzó dentro del armario entre el resto de la ropa. Volvió a pasar delante del espejo y se miró. Se pasó las manos por el pelo, aplastándolo. Le titilaban los ojos. Cogió aire y se encaminó hacia el fondo del pasillo.

 

 

Antonia – susurró- no te esperaba

 

Buenas tardes, señor Jaime, perdone que le moleste. Sé que no son horas pero me gustaría hablar con usted.

 

¿Quieres pasar?

 

No, no –contestó azorada- mejor aquí, en la puerta, ya sabe las malas lenguas que hay en este pueblo –continuó, esbozando una sonrisa

 

Tú dirás.

 

Antonia miró a los lados y bajó la voz de tal manera que casi era imperceptible.

 

¿Sabe usted algo de mi marido Zacarías?

 

No. ¿Pasa algo?

 

El rapaz de Lorenzo me ha dicho que su hijo, el pequeño, le contó que le habían visto ustedes hace unas semanas por aquel tema del dinero, ya sabe.

 

Sí, sí…

 

Zacarías me contó por carta, sabe usted, que se iba a reunir con usted para solventar aquello y con eso poder escapar, sabe usted, lejos de aquí.

 

Sí, sí…

 

¿Lo vio usted, señor Jaime?

 

¿Pero no has tenido noticias de él?

 

Desde hace dos semanas no sé nada.

 

Pues me dijo que la avisaría…no sé, no habrá podido…

 

¿Qué pasó, señor Jaime?

 

Poca cosa. Quedamos, ya sabes, en la finca que tengo a la vera del río, donde comienza la subida al monte de albero. Le pagué lo adeudado y nos ayudó a segar a mis hijos y a mí. Cerca ya de la caída del sol, se despidió y me dijo que después de esa noche se marcharía.

 

¿No le dio ningún mensaje para mí?

 

Ya sabes lo delicado de todo esto…pensé que se pondría en contacto contigo…mujer, el camino es muy largo y te hará saber cuando llegue, no te preocupes

 

 

Empezó a correr el rumor de que el escondido se había marchado. Ya habían pasado seis meses desde que la Antonia tuvo noticias de él. Los hombres comentaban entre susurros, sentados en los peldaños de las escaleras de las casas, mientras fumaban sus cigarros después de un día duro de trabajo, que por fin había conseguido romper el cerco y escapar. Pocas veces miraban a los ojos de los convecinos. Relataban sus teorías sobre lo que había ocurrido mirando a su alrededor, de esquina en esquina, escudriñando entre las sombras con la sospecha de que alguno de ellos estuviera al acecho. No era prudente hablar de esas cosas en público. Siempre te podían acusar de haberle ayudado. Yo me quedaba escuchando sus excéntricas teorías sobre la ruta que habría podido escoger. Solía estar acompañado por Santos, el pequeño del señor Jaime. Nos sentábamos en el suelo, cerca de ellos, mientras daban vueltas y vueltas sobre el tema. Santos cogía pequeñas piedras de la calle de tierra y las tiraba una a una al camino, con la mirada fija en el suelo. A veces, levantaba la cabeza y miraba a los hombres con los ojos muy abiertos para, a continuación, volver a quedarse ensimismado. Yo le observaba y sonreía. Le daba un golpe en el hombro y le preguntaba ¿estás bien? Santos me miraba encolerizado. Desde que me contó que su padre, su hermano y él habían visto al escondido, no había vuelto a decir nada. Su padre se lo había prohibido. Pero no hacía falta. Yo ya sabía. Me acercaba a su oído y le susurraba: tranquilo, tranquilo.

 

 

Había subido por el terraplén que estaba detrás del escenario que habían montado en la plaza. Miró el reloj y vio que eran las nueve en punto. Sacó un pañuelo y se limpió la tierra que se le había quedado pegada en las manos al agarrarse a unas piedras mientras subía. Miró a su alrededor. Estaba todo el pueblo. Se sacudió el polvo que se le había adherido a la pernera y se ajustó la americana del traje. Era de noche y estaba a punto de empezar la verbena de las fiestas. Pasaron corriendo unos muchachos y reconoció a su hijo Santos. Le llamó. Le puso una mano en el hombro y se agachó para decirle algo al oído. Al levantar la cabeza, vio que uno de los muchachos se había quedado mirándoles. Era el rapaz de Lorenzo. Volvió a mirar a su hijo. Vete a casa, no le tienes que dar más nada. La música empezó a sonar. El chico se escabulló entre los vecinos que ya ensayaban sus primeros pasos de baile. Matías, el hijo mayor, le había visto llegar y se acercaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, sorteando los cuerpos que se movían al compás de la música. Cuando llegó a su altura, el padre le dio un beso en la mejilla y le deslizó una navaja en el bolsillo del pantalón. Vete. Se sacó un pitillo de la cigarrera y se lo colocó en la oreja. Empezó a andar, con las manos en las solapas, mirando sonriente a los bailarines y levantando levemente la cabeza cuando le saludaban. Se situó en el centro de la plaza, entre el gentío, y giró sobre sí mismo, ahuecando los brazos como si bailara con alguien. Se balanceó de un lado a otro durante un rato hasta que se puso a la vera de Antonia, que bailaba con una de sus primas. ¿Quieres bailar?.

 

 

Matías se escondió detrás de una fuente, en el camino oscuro y pedregoso que llevaba al río. Muy cerca del lugar donde vieron por última vez al escondido. Apoyó la espalda contra la pared de la fuente y se quedó absorto mirando la oscuridad de la noche. No entendía cómo podían haber llegado a esa situación. Aquel día estaban los tres. Se habían sentado a la sombra de un castaño. Santos desplegó el mantel, raído y sucio, con los hilachos colgando. Cada uno de ellos sacó de su zurrón algo de comida. Matías sacó un poco de jamón y los restos de unas migas de pastor ya pasadas. Su padre les había dicho que creía que, ese día, bajaría. No pasó mucho tiempo hasta que escucharon cómo se movían unos matorrales enfrente de donde se encontraban. Era el escondido. Venía cargado con una maleta y una pequeña mochila colgada en la espalda. Su padre y el señor Zacarías se apretaron con fuerza las manos mientras pronunciaban efusivas palabras de reconocimiento. Matías recordaba el impacto que le produjo verle. Era de los pocos hombres que, sacrificando a su familia y todo lo que tenían, se habían atrevido a enfrentarse a aquellos que un día llegaron al pueblo y empezaron a decir lo que se tenía que pensar y hacer. Esos pocos, finalmente, se tuvieron que esconder o huir si querían salvar sus vidas. Era lo más parecido a un héroe que Matías había visto nunca. Ese día, Zacarías venía a cobrar una deuda. Había traído sus pocos enseres porque una vez que su padre le hubiera pagado huiría lejos. Se quedaron ambos hablando mientras Matías y su hermano pequeño preparaban las herramientas para la siega. ¿Por qué no nos ayudas a segar? Zacarías dobló la chaqueta del traje que traía y la dejó doblada encima de una piedra grande. Se arremangó la camisa y cogió una de las hoces. Era media tarde, el sol estaba cayendo. Mientras segaba, una hoz se levantó por encima de él y cayó sobre su cabeza. Cuando se acercaron ya estaba muerto. Su padre registró la maleta y metió en una bolsa parte de la ropa, el traje y el reloj que llevaba puesto y algunas pertenencias más. Lo enterraron al pie del castaño. Recogieron las herramientas de trabajo y regresaron al pueblo. Matías se había convertido en parte de las sombras de la noche, ensimismado en sus recuerdos, cuando escuchó el crujir de unas ramas. Se levantó y se abalanzó en dirección al lugar de donde había provenido el ruido. El rapaz de Lorenzo ya estaba muerto.

 

 

Le he dicho que sí porque…no sé…me ha pillado desprevenida y mi prima, empujándome hacia él. Me da vergüenza por lo que puedan pensar los vecinos...no sé…que piensen que estoy faltando el respeto a mi marido, que ando buscando algo aunque…por qué no. No se ha puesto en contacto conmigo en seis meses. Se marchó sin decirme nada y me ha abandonado en este pueblo de mala muerte. A ellos no les gusta que estemos solos y seguramente verán con buenos ojos que yo pueda rehacer mi vida con otro solitario y si ellos lo ven con buenos ojos…No para de mirarme, me estoy poniendo un poco nerviosa. Me gusta que me agarre tan fuerte como si no quisiera dejarme escapar aunque si Zaca me escribe y yo estoy con este…no sé. Igual ha tenido problemas, le ha pasado algo en su huida y yo no debería estar en el baile, divirtiéndome. Tendría que, a lo mejor, recogerme en la casa…no, no…qué dirían ellos. Lo mejor es que haga una vida normal y ahora, a ojos del pueblo, estoy sola. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío…no sé. Vaya, se acabó. ¡Está tan elegante! Ese traje le queda que ni pintiparado. ¿Cómo? Dice que ahora vuelve. Me va a traer algo de beber. Ay, me gusta mirarle, alejarse con ese traje tan bonito…hay algo en él que me resulta familiar. No sé.

Categorías: Relatos

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