Blog: Algo que contar

SOY UNIVERSO

Publicado el 7 Ee mayo Ee 2013 a las 6:05

 

Siempre había tenido una extraña atracción por las noticias de muertes y asesinatos. Le fascinaba conocer todos los detalles y hojeaba, curiosa, los periódicos que encontraba, buscando cualquier mención, cualquier pista que le permitiera revivir en su imaginación lo que sucedió. Jugaba a ponerse en la piel de la víctima, sentir las emociones que precedían al momento de su muerte, la tranquilidad previa al asalto, el sobresalto al ver una sombra avalanzarse sobre ella, el pánico inmovilizador, bisbisear palabras de clemencia mientras unas manos rodean su cuello en busca del suspiro que acabe con la vida. Acababa temblando, acurrucada en la esquina de su habitación, mirando a la puerta en espera de que el picaporte comenzara a girar, despacio, tan despacio como los largos segundos antes de morir. Mira a los lados, moviendo sus ojos rápidamente en todas las direcciones, pero no hay escapatoria. La sombra es nuestra compañera de viaje y siempre nos alcanza. Se levanta temblorosa y se acerca a la puerta. Coloca su oído en la fría madera y escucha los latidos de la casa, los susurros fantasmales de los vecinos que viajan por los conductos de aire, los ruidos insondables que se desplazan por la cañerías de la vieja casa, los roces de su ropa en la puerta, que hacen que se estremezca al pensar que alguien está detrás suyo, alargando la mano para tocarla. No salgas, se dice, quédate en la habitación. Mueve el armario y bloquea la puerta. Abre la ventana y grita. Pero no salgas. No, no, no hay nadie. No hay nadie. Agarra el pomo con todas su fuerzas y comienza a girarlo lentamente, intentando hacer el menor ruido posible mientras se agacha, arrugando el cuerpo como si así pudiera librarse de lo que hay fuera y pasar desapercibida de eso que la espera. No hay nadie. La puerta se abre despacio. La negritud del exterior se funde con la de la habitación. Su mente dibuja en la oscuridad las formas de los muebles tal como están situados y el camino que la ha de llevar hasta el interruptor más cercano. Sale corriendo. Se tropieza con la cómoda y se golpea la rodilla con el pico de la mesa. Cae al suelo. Está a menos de un metro de la luz pero con el rabillo del ojo ve una sombra acercarse hacia ella. No sabe si va a llegar pero sólo puede intentarlo. Alarga la mano y presiona el interruptor. No hay nadie.


Las persianas están medio bajadas. Aún hay claridad aunque empieza a notarse como los días son cada vez más cortos. Está sentada en el sofá del salón mirando una fotografía de la mujer. Le gusta su sonrisa. La casa es grande. Demasiado grande para vivir sola, piensa. Los pasillos interiores son oscuros y largos. Una puede imaginar que al fondo, en la oscuridad, hay algo que la espera para atraparla. Sí, son de esos pasillos. La casa de sus padres también tenía largos pasillos. El suelo era de madera que gemía bajo los pasos de sus pequeños pies y temblaba, cada vez que tenía que adentrase en la oscuridad. Al lado del comedor, había una galería con una ventana desde donde podía ver, agazapada, quién venía, quién se acercaba. Por las noches, soñaba que estaba escondida, junto a su madre, y venían a por ellas. Sombras, vestidas con largas ropas oscuras, ocultando sus rostros, se arrastraban calmosas hacia ellas. No podía ver sus ojos pero sabía que las miraban y que por mucho que se escondieran, las alcanzarían. Susurraba a su madre que no quería, que no quería que la tocaran. Acercaba su cabeza a la suya mientras resbalaban las lágrimas por la piel de su cara. Las sombras estaban tan cerca que ya alargaban sus manos para cogerla. Sentía un fluido caliente deslizarse entre sus piernas y una presión creciente en el pecho. Alzó la vista y vio sus manos. No podía gritar. En ese momento, se despertaba. Recordaba aún aquel sueño con mucha angustia. Bah, es solo un sueño. Encima de la mesa del salón había un periódico, abierto por la mitad. Lo cogió y empezó a leer. Una mujer de 83 años había matado a golpes a una vecina de 80. Según la noticia, la asesina estaba loca y su hijo la tenía que mantener atada a una cama para controlar sus raptos de locura. Un día consiguió romper las ligaduras, que ataban sus manos al cabecero de la cama, con los dientes. Se levantó, abrió la puerta de la casa y bajó las escaleras. Apoyada en el pasamanos se encontró a la vieja vecina, que solía pasar gran parte del día viendo bajar y subir a los vecinos del edificio. Comenzó a golpearla con sus propias manos hasta que la mató. Después, se fue a la cafetería de enfrente y pidió un desayuno completo. Esto la recordó que tenía hambre. Dejó el periódico encima de la mesa, se levantó y fue hasta la cocina. Abrió la nevera y cogió un par de yogures, una manzana y un poco de queso. Se sentó encima de la mesa de la cocina y apoyó la espalda en la pared. Se puso a morder la manzana y descubrió la comida recién hecha que estaba encima de la vitrocerámica. Anda, estaba cocinando, pensó. Terminó de comer y salió de la cocina. El baño estaba enfrente y entró a lavarse los dientes. Comenzó a hacer muecas delante del espejo, simulando miedo, sorpresa, terror, indiferencia y asco. Deformaba las líneas de su cara mientras que, a cada poco, le entraba la carcajada y agachaba el cuerpo, frente al lavabo, agarrándose el estómago muerta de la risa. Volvía a enderezarse y se miraba, con gesto severo ante el espejo. He muerto, repetía en voz alta e imaginaba cuáles serían las reacciones de las personas que la conocían. Se ensimismaba pensando en su muerte, fingiendo dolor con un rictus serio y triste o falsa sorpresa ante la imaginaria noticia. Una vez cansada de la pantomima, salió del baño y empezó a andar, lentamente, mirando las fotografías con marcos baratos colgadas en las paredes del pasillo. Se paró delante de una en la que aparecía la mujer con dos niños. Serán sus hijos, pensó. Se giró y se situó enfrente de la puerta. Era la hora de entrar.


Si sentirse e imaginarse como víctima es emocionante, jugar a ser una asesina, sentirse la única dueña de la vida de los demás, provoca una sensación orgásmica. El juicio moral sobre lo que implica acabar con la vida de una persona era algo que no la interesaba. Le provocaba hilaridad escuchar los calificativos que la gente ordinaria vertía contra aquellos que un día decidieron que alguien no debía volver a respirar. No habían experimentado jamás el placer de sentir cómo la vida se escapa entre tus manos, pero se permitían el lujo de juzgar, con los adjetivos más desagradables, a aquellos que se sitúan tan cerca de dios. Experimentar las sensaciones que provoca, está por encima de la vida de cualquiera. Ver la cara de la muerte sin retirar la mirada nos acerca al infinito y nos funde con la esencia del universo. Somos, de hecho, universo en ese momento. Se imaginaba en una entrevista televisiva, en horario de máxima audiencia, diciendo todo esto. Mirando fijamente a la cámara mientras decía “soy universo” ante la admiración respetuosa del entrevistador. ¿Por qué lo hiciste? Si me pides que te diga si hay algún motivo por el que estrangulé a esa mujer, si ella hizo algo para que yo acabara con su vida, la respuesta es no. De hecho, me cayó bien desde un principio. Simpática, agradable y muy respetuosa. Desde que la conocí empecé a imaginar cómo sería su rostro poco antes de morir. Un día provoqué un encuentro casual en la calle. Hacía tiempo que no pasaba por la tienda de telas que regentaba y yo no dejaba de fantasear. Recordaba la zona por la que me dijo que vivía así que me acerqué varias tardes para localizar con exactitud su casa. Hasta que le vi. Subía por la calle con las bolsas de la compra. Cansada, las dejaba cada poco en el suelo. Un señor se ofreció a ayudarla. La acompañó hasta un portal, abrió la puerta y desaparecieron en la penumbra del portal. Estaba excitada. Por fin le había encontrado. Me acerqué al portal y llamé a uno de los timbres del portero automático. Publicidad. Me abrieron y entré. Los buzones estaban a la derecha de la puerta y busqué el nombre de la mujer. Allí estaba. Mi cabeza estaba llena de ideas atropelladas y casi no podía pensar. Los días siguientes, después del trabajo, amparada en la oscuridad de la noche, iba hasta el portal y llamaba a su timbre. Contestaba pero yo no decía nada. Me decía, asustada, que escuchaba mi respiración y que iba a llamar a la policía. Me iba. Un día la esperé en la calle. Me hice la encontradiza. Qué sorpresa. No esperaba verte por aquí. Hace tiempo que no te veía. Le dije que a ver si nos veíamos un día y le contaba una cosa sobre una clienta que ella conocía. Si quieres subir a casa. Vivo aquí al lado y nos tomamos un café. Subimos y le conté un cotilleo, una mentira, pero qué más daba. Ya estaba dentro. ¿Qué sentiste al matarla? Aquel día no lo hice. Quería imaginarlo primero, paso a paso. No dejar nada a la improvisación. Sabía que vivía sola y me había ganado su confianza así que no había prisa. Esa mujer ignoraba que su vida dependía de mis pensamientos, de mis decisiones, que cada segundo con vida era gracias a mí. Era poseedora de lo más preciado de las personas y podía hacer con ello lo que quisiera. Levantar mi pulgar hacia arriba o colocarlo hacia abajo. Cuando estuve preparada, la maté. No hay mucho más que contar. Matar es muy sencillo. En este momento, el público invitado a plató, no pudo más que aplaudir.


Alargó la mano hacia el picaporte y lo giró lentamente. La puerta se abrió mientras los goznes chirriaban suavemente. La habitación estaba en penumbra. Apenas unos hilos de luz se filtraban por los agujeros de las persianas. El suelo de madera avanzaba cada uno de su pasos, resonando en el silencio de la casa. Se colocó en el centro de la habitación y miró a su alrededor. No era una habitación muy grande. Una cama de matrimonio, una cómoda y una estrecha librería, donde acumulaba algunos libros, fotos familiares y pequeñas figuras de porcelana. Había algo de ropa tirada a los pies de la cama. Se agachó y la recogió. Comenzó a doblarla con cuidado y la colocó en el interior del armario empotrado. Le gustaba que cada cosa estuviera en su sitio. Se fijó que en la mesita, al lado de la cama, la lámpara de noche se había caído. La levantó y la colocó de nuevo en su lugar. Bien. Todo parecía en orden. Se sentó a los pies de la cama. Estaba relajada. Durante mucho tiempo se había preguntado qué sentiría en esos momentos. A veces se había imaginado que estaría muy nerviosa, otras contenta pero nunca había imaginado que pudiera sentir esa calma. Cree que es hora de marcharse. Mira detrás suyo y ve el cuerpo de la mujer tendido en la cama. No respira. Se levanta y se acerca. Retira la sábana que cubría su cabeza. Le gustaba su sonrisa, recuerda. Acaricia sus cabellos rizados y le da un beso en la frente. Sale de la habitación y avanza por el pasillo. La oscuridad queda a su espalda. Mañana comprará el periódico. No quiere perderse la sección de sucesos locales. Abre la puerta de la casa, con cuidado de que no la vean, y desaparece. En las escaleras, se oye una conversación entre vecinas. En la casa, sólo hay silencio.

Categorías: Relatos

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