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Julian "el milhombres"

Publicado el 23 Ee abril Ee 2013 a las 8:45

La casa de Julián “el milhombres” está situada en una calle al lado de la plaza mayor del pueblo, a escasos metros del Ayuntamiento y enfrente de la casa del cura, Don Faustino. Si bajas por esa misma calle, en dirección a la sierra, llegas al río Vivo donde las mujeres lavan la ropa en animada y alegre conversación. Sus palabras revelan secretos, esparcen rumores, susurran chismes, construyen noticias asombrosas y otras más prosaicas. Se elevan en el aire y pierden consistencia al alcanzar más altura hasta regresar, en un runrun, a los oídos de los pastores que bajan por las sendas de la montaña después de dejar al ganado paciendo en el monte. Julián sabía que hoy las mujeres tenían de qué hablar así que se asomó curioso al picheiro desde donde podía verlas formando una larga línea frente al río mientras tomaba un respiro, antes de continuar el camino que le llevaba de regreso al descanso de su casa. A lo lejos creyó divisar a su mujer, Lola, regresando a casa con el cesto de ropa recien lavada apoyado en su cadera. Milhombres sonrió, seguro de que había cumplido con su cometido.


Carmen “patudas” no podía creer lo que su prima acababa de dejar caer como una bomba en la lavandería. Subían en silencio, una al lado de la otra, con sus cestos bien sujetos y sus pensamientos volando ruidosamente. La patudas no pudo contenerse más. Pero…¿habéis pensado en lo que dirá Don Faustino? Lola sonrío. ¿Y qué daño puede hacer un salón de baile? Sólo es un negocio que permitirá que no nos rompamos el lomo trabajando el campo y el ganado. Será bueno para el pueblo y lo entenderá. La “patudas” no lo tenía tan seguro pero no quiso insistir más. Todo el pueblo conocía el carácter de Don Faustino, muy rígido y poco favorable a cualquier cambio que pudiera enturbiar el ambiente del pueblo. Ni una brizna de hierba se movía sin que diera su autorización. Apoyado por las familias más influyentes se comportaba de hecho como la máxima autoridad del pueblo y sus pedanías. Y entre estas familias la de Julián, cuyo hermano era el actual alcalde, que siempre había destacado por su posición económica y social. Por eso, Carmen “patudas” no entendía a cuento de qué se querían enfrentar a estas alturas con Don Faustino.


No era capaz de estarse quieto. Lorenzo, el alcalde, se sentaba en la silla y se volvía a levantar inmediatamente mientras se revolvía el pelo con una de sus manos. ¡Pero qué coño se cree este! Don Faustino le miraba encolerizado, sentado enfrente del escritorio mientras murmuraba que no hay fuego en el infierno suficiente para quemar a este hereje. Lorenzo no entendía que su hermano menor no le hubiera consultado. Siempre había tenido la cabeza llena de ideas locas que, con determinación, su padre quiso expulsar a base de golpearle con el cinturón. Pero está visto que no sirvió para nada. Sabía que nada bueno traería estar enemistado con el cura así que era imprescindible encontrar una solución a este asunto tan desagradable. Sus manos se movían sin ton ni son. Un rato entre sus cabellos, otro en los bolsillos o cogiendo cualquier objeto de la estantería que volvía a dejar tambaleándose encima de las baldas. Porque…claro, usted no ha pensado en la posibilidad de permitirlo a cambio de… ¡Bajo ningún concepto! Muy bien, entonces, Don Faustino, es hora de hablar con Julián.


Inteligente y buen estudiante, Federico era el hijo menor de Julián. Destacaba entre sus hermanos por tener perspectivas más allá de los límites del pueblo. Sus padres tenían muchas esperanzas de que se dedicara a una carrera mayor como medicina o, si Dios quisiera, derecho. Federico estaba sentado, junto con sus cuatro hermanos, desperdigados alrededor de la mesa del comedor. Su tío Lorenzo y Don Faustino hablaban con su madre cuando se abrió la puerta de casa. Su padre, sudoroso, acababa de regresar. No pudo más que sonreir al verle entrar. Por la mañana, antes de que se fuera a apacentar a las vacas, le había dicho que se iría a estudiar a Zamora. Ahora es el momento de demostrar que tu madre y yo no nos equivocamos contigo. Le daba pena dejar el pueblo pero sabía que ir a estudiar a la capital le permitiría alcanzar todo lo que se propusiera y poder presentarse ante los padres de su novia como un hombre de bien. El maestro le había animado a dar este paso y a superar los miedos que le provocaba separarse de este entorno que, aunque limitado, conocía. Aún así reprimiría su alegría, no fuera a pensar su madre que estaba contento de abandonarla.


No te habrás creído que vas a montar un salón de baile enfrente de mi iglesia. Antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver. No se andaba con rodeos el viejo cura. Julián había previsto que el carcamal no se lo pondría nada fácil así pues no le sorprendió verle en su casa junto con el remilgado de su hermano, dispuestos a frenar tan demoniaca idea aunque no había nada que pudiera echar atrás lo que ya tenía decidido. Me gustaría hablar con ustedes en privado, señores. Bajaron a la cuadra mientras Lola se quedaba con sus hijos, escuchando los altibajos de la conversación, expectantes de lo que podría suceder de este enfrentamiento. Conociendo la determinación de aquel que llamaban Milhombres no dudaban de que finalmente conseguiría convencerlos. Después de media hora de negociación, los tres hombres regresaron a la casa. Marchaos a vuestros dormitorios. Federico, tú quedate. La madre había sacado algo para cenar y Don Faustino y Lorenzo saciaban su hambre después de un día tan alterado. Federico, sabes lo importante que es para la familia sacar adelante este proyecto, lo que supondría para nuestra economía, lo sabes…hay un cambio de planes. No irás a estudiar a Zamora. Ingresarás en un seminario.

Categorías: Relatos

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