Algo que contar

Súbditos o soberanos

Publicado el 11 Ee octubre Ee 2009 a las 15:50

¡Oh Irlanda! Obligada a repetir un referendum porque el resultado no había sido del gusto de los que dirigen, ordenan y mandan. Es un ejemplo claro de como cuando no sale el resultado esperado por las élites, se conspira y manipula hasta que consiguen lo que quieren. En ocasiones se encuentran con obstáculos traducidos en movimiento ciudadano, que se moviliza y exige. Pero sólo en ocasiones. Tampoco creo que esto importe demasiado. De hecho, las voces contrarias a lo que ha sucedido en Irlanda son mínimas y esto se debe, por supuesto, al éxito de las maniobras de ocultación y manipulación. También a la distancia que existe entre la ciudadanía y los centros de poder. Hay muchas personas que se consideran apolíticas, que reconocen su mínimo interés por la política, descreídos de los políticos, resignados a tener una mínima participación en esto que llaman democracia, la cual se reduce a los votos en las distintas elecciones municipales, nacionales o europeas. Además hay un crecimiento gradual de ciudadanos que renuncian a ejercer su voto, conscientes de la inutilidad del mismo para conseguir que aparezcan cambios reales.

 

De esta manera el campo de acción se reduce a la existencia de una élite endogámica, la mayoría descendientes de otros que gozaron de las mieles del poder en el pasado, y una ciudadanía pasiva, resignada e indolente. Por supuesto que existen movimientos sociales y ciudadanos activos y que pretenden crear alternativas a la situación social y política que vivimos pero son una isla en el océano con dificultades para llegar a la mayoría de la población, en parte porque no manejan los medios de transmisión y comunicación, que sí controla la élite, lo cual provoca que sus mensajes no salgan de círculos restringidos a aquellos ciudadanos políticamente activos. A esto se une que la población percibe estos movimientos como radicales, en el sentido más negativo del término, es decir, peligrosos. Claro que son radicales porque atacan directamente a la base del sistema que mantiene a unos privilegiados en la sala de control.

 

Todo esto no deja de ser un éxito de las élites que a través de sus acciones han conseguido reducir la ciudadanía a meros receptores de decisiones de otros y reducir la acción de los movimientos sociales y políticos a la marginalidad. Sólo se despiertan las conciencias cuando una de las partes, que se reparten el poder, necesita movilizar a la ciudadanía para conseguir objetivos bastardos, ocultos tras trabajados argumentos  dirigidos a activar y a reclutar súbditos. Objetivos que con el tiempo salen a la luz pero que son maquillados de cara a venderlos de nuevo a la ciudadanía. Por ejemplo, tras el "No a la guerra" capitalizado por fuerzas políticas de izquierdas no se encuentra un interés real de trabajar por la paz. El mismo grupo político, PSOE, que se oponía ferozmente a la guerra de Iraq es capaz de defender en la actualidad las acciones de guerra que el ejército español desarrolla en Afghanistan, coherente con la orden de las élites más poderosas del planeta.Acciones de guerra que, como recientemente afirmó el ministro de interior español Rubalcaba, se engloban dentro de una misión de paz. Esta es una de las perversiones del lenguaje a las que nos tienen habituados. Lo que es guerra, nos lo venden como paz. Lo que son muertos, ni los mencionan. No dan los datos de las muertes provocadas por disparos de soldados españoles porque iría en contradicción con la idea básica de misión de paz y podría encender la mecha que iniciara una oposición social, capitalizada por fuerzas políticas contrarias.

 

La renuncia de gran parte de la población a la participación política, hastiada de tanta manipulación, es una actitud favorable para los intereses de las élites. El apoliticismo es un error puesto que todo es política desde la votación en unas elecciones generales (incluída la abstención políticamente responsable) hasta las becas de los colegios o la factura del móvil. Todo lo que nos rodea sucede por decisiones que nosotros no tomamos. Tomar las riendas implica crear un yo político. De esto depende seguir siendo plebeyos y súbditos o convertirnos en soberanos de nuestra realidad.

 

Categorías: Reflexión

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