Algo que contar

Algunas notas autobiográficas I

Publicado el 17 Ee junio Ee 2008 a las 17:40

Acababa de terminar un dibujo y me levanté para enseñárselo a mi tutora. Ni siquiera me fijé que había una cola delante de mí y me planté al lado de la monja profesora. Lo siguiente que sentí fue la mano de ésta sobre mi cara enseñándome la importancia de guardar la cola por respeto a mis compañeros. El tortazo que recibí fue de tal calibre que aún lo recuerdo. De hecho, es uno de los dos recuerdos que tengo de mi paso por el parvulario del Colegio de El Apostolado de Valladolid. El otro, más que un recuerdo es un sueño que pensé que ocurrió en la realidad. En el patio del colegio había un pozo y yo estaba jugando con un compañero de clase. De repente, sin que nada ocurriera entre los dos, le empujé contra el pozo y se golpeó la cabeza. La sangre corrió por su cara. Este hecho sólo ocurrió en mi cabeza pero durante mucho tiempo me sentí culpable y no entendía por qué lo había hecho. También pensaba que era capaz de cambiarme el brazo izquierdo por el brazo derecho a partir de un complicado movimiento de brazos. La EGB la comencé en el Colegio San José. En primero me enamoré perdidamente de mi profesora. No recuerdo su nombre aunque me viene a la mente el nombre de Amparo. Para los que me conozcan en el ahora, saben que ese amor se truncó y cada uno de nosotros recorrió un camino diferente. En tercero, yo era uno de los objetivos del borrador del cura profesor que salía volando de vez en cuando en busca del alborotador. Su puntería era asombrosa. Se notaban los muchos años de experiencia lanzando proyectiles. Su mano, con un anillo tamaño piedra enorme, también se convertía en martillo golpeador de cabezas alborotadoras y alborotadas.

Un día iba corriendo al colegio y al cruzar la calle santuario, un autobús escolar me atropelló. Recuerdo haber mirado antes de cruzar, tal como me habían enseñado mis padres, y no vi ningún vehículo. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido, volví a girar la cabeza y me encontré con la delantera del autobús dispuesto a acabar con mi frágil vida. Rodé por debajo hasta que frenó. Me quedé unos segundos sin conciencia y al despertar, sin saber donde estaba, me intenté levantar golpeándome contra el chasis. Volví a quedar sin conocimiento. Segundos después, me arrastré hasta la acera donde el conductor, desencajado, pensaba que me había matado. Al levantarme, me miré los pantalones, vi que estaban rotos y pensé que buena iba a ser la bronca que me iban a echar. El conductor me preguntó si estaba bien y le contesté que perfectamente, que me iba corriendo al colegio porque llegaba tarde. Debió pensar que estaba chalado. Me señaló la cabeza y me informó de que estaba sangrando. Lo siguiente que hice fue ponerme a llorar. Justo enfrente había un sanatorio. Ya que tengo un accidente, intento que sea cerca de un hospital, centro de salud o, como en este caso, un sanatorio, para no perder tiempo. Lo primero que hicieron fue llamar a mi tutor, el cura del anillo gordo. Le dijeron que allí tumbado en la camilla estaba uno de sus pupilos con la chola abierta. Lo siguiente fue preguntarme por mis padres. Mi mayor preocupación en ese momento era cómo se lo iban a decir, especialmente a mi madre. Les pedí que fueran cuidadosos. En esto que llega mi tutor. Se coloca al lado de la camilla y me coge la mano. Me decía que yo era un chico muy valiente mientras la enfermera me cortaba el pelo alrededor de la brecha y lloraba desconsoladamente del dolor. Nunca me han cortado el pelo con tanto dolor. De hecho, los puntos ya ni me dolieron. Me pusieron una gasa tapando la herida y me dieron una palmadita en el culo. Hala, ya está. Al salir, mis sorprendidos padres, sentados al lado del conductor que se comía las uñas, vieron acercarse a su pobre hijo acompañado por la enfermera. Les habían dicho que un desconocido, que decía que les conocía, estaba ingresado y quería verles. Habían venido por curiosidad pensando que era una broma. Bueno, con todo esto, lo que quería decir es que el cura, desde ese momento, dejó de darme capones en la cabeza. Tuvo que atropellarme un autobús escolar para que dejara de golpearme. La gasa la llevé durante al menos un mes. En clase era algo similar a que te escayolaran un brazo o una pierna. Mostraba con orgullo mi herida de guerra. Cada cierto tiempo tenía que ir al médico de cabecera para que me curaran. Una vez, una señora con su hijo, al verme entrar en el consultorio, se empezó a partir de risa mientras me señalaba con el dedo. Le debía hacer gracia ver a un niño con una gasa en la cabeza. Aún no le encuentro el chiste.

Yo tenía una parte diabólica. Tras mi apariencia de niño bueno, casi un ángel, se ocultaba una parte poco amistosa. En la vida llega un momento que tienes que elegir qué parte de ti quieres. Al igual que Bush, elegí el lado de los malos. Sí, ha habido momentos en los que me comporté como un Bush en miniatura. Junto con un compañero de clase, extorsionábamos a otro compañero. Le pedíamos dinero para comprar cromos. Si no nos lo daba le amenazábamos con terribles consecuencias. Un día, se negó a darnos cinco duros y comenzamos a pintarle los pantalones mientras el cura del anillo gordo escribía algo en la pizarra. Al día siguiente, apareció la madre del chico con el pantalón en la mano. Como podéis imaginar, no sacamos un diez en aquella asignatura. Realmente, ésto fue lo más grave que hice. Alguna vez que otra me pegaba en el patio y participé en batallas a pedradas. Cuando descubrí las palabrotas, esas palabras dichas habitualmente por los adultos, me sentí muy mayor. Para demostrarlo, nada más salir por la puerta del colegio donde las abnegadas madres esperaban a sus angelitos, le dije a un amigo que qué pedazo de hijo de puta era. En plan broma, claro. Lo dije tan alto que, en un radio de cinco metros, todas las madres se dieron la vuelta y me miraron con cara de alucinadas. Seguramente, algunas pensaron que esas palabras sólo se podían escuchar en el infierno. Mi amigo también me miré con cara de alucinado. Era una época llena de mojigatas.

Categorías: Más personal

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