Algo que contar

Algunas notas autobiográficas II

Publicado el 12 Ee noviembre Ee 2008 a las 0:05

Lo único que me gustaba cuando iba a misa era cantar. La mayor parte del tiempo lo pasaba mirando a las ovejas de diferente pelaje que frecuentaban el lugar santo, viejas beatas que encendían velas bisbiseando oraciones por sus seres queridos, que me mandaban callar o me miraban severamente cuando hacía un poco de ruido. Normalmente, estaba algo distraído, algo aburrido, dejando que mi imaginación jugueteara con otros lugares y otros personajes que burlaran los sermones aburridos del respetado cura. Pero cuando llegaba el momento de cantar, entonces, ese niño, taciturno y soñador, se transformaba en un hermoso querubín de voz angelical. Los cielos se abrían y legiones de ángeles me acompañaban con sus trompetas. Pensaba que todas las miradas se dirigían hacia mí, tan hermosa era mi voz, y se admiraban al presenciar tamaño espectáculo musical. La realidad era que, entre tanto berrido, mi voz de Joselito no podía por más que destacar. Quiénes solían berrear más y peor eran los propios curas de tal manera que, cuando uno cantaba bien, era una noticia que corría de boca en boca entre los feligreses. Por mi parte, una vez entonado el último verso del Hosanna sólo pensaba en reunirme con mis amigos en el parque, los cuales estaban desperdigados por la iglesia al lado de sus piadosos padres. Una vez en el parque, entre pavos reales, faisanes y palomas, una de mis amigas señaló, asustada, hacia las sombras que proyectaban los matorrales y decenas de árboles, hacia la oscura intimidad del jardín. Había visto algo. Algo horroroso que le impedía vocalizar correctamente. La rodeamos preocupados. El análisis pormenorizado de su tartamudeo nos permitió saber a quién había visto. No era otro que Satán. La ladina encarnación suprema del mal estaba allí, escondido entre los árboles, asustando al grupo de niños que recién habían recibido a Jesús. Por mucho que me fijé, no vi nada. Entiendo que sólo a los privilegiados se les permite ver estas cosas, seres con una especial sensibilidad como Santa Teresa de Jesús, los pastorcitos de Fátima o la vidente de El Escorial. Quien podía ver a Satán, o bien era un santo o estaba poseído. Como muy santa no era, decidimos en grupo, por mayoría unánime, que nuestra amiga estaba poseída.

 

 

Jesusito de mi vida, eres niño, como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Todas las noches me tocaba rezar esta cantilena, arrodillado frente a una pequeña escultura de un bebé jesús, con su aureola de metal, acostado en una alfombra blanca. Muchas de las oraciones que me sabía de memoria las he olvidado a pesar de que mis confesores me las hicieron repetir en muchas ocasiones para limpiar mis pecados y conseguir la absolución. En la última de mis confesiones, el señor cura, escondido en la oscuridad del confesionario, apenas vislumbrado tras los arabescos de la ventanita, escuchaba los terribles crímenes cometidos por un niño, que pensaba que jolín era una palabrota. El cura, fuera de sí, tras conocer que había pegado un empujón a mi hermana y había dicho un taco, me echó una filípica de padre y señor mío. Asustado, corrí hasta casa y se lo conté a  mi madre. Me dijo que no me preocupara y que no volviera. Como buen hijo, escuché a mi madre y la obedecí. No volví a pisar una iglesia. Tenía once años. Años después mi madre me aclaró que lo que me quiso decir es que no volviera a confesarme con ese cura. Demasiado tarde.

Categorías: Más personal

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