Algo que contar

Susurros apenas perceptibles

Publicado el 4 Ee diciembre Ee 2008 a las 14:25

Hace unos años cuando mi vecina quiso alquilar su vivienda preguntó a la posible inquilina si pensaba llevar a su novio a la casa. Le contestó que sí, que claro, cuando viniera a hacerle una visita se quedaría con ella. No quedó muy convencida. ¿Sabes cuántos años tengo? No tengo ni idea. Setenta y dos años y soy virgen. Estos dos datos, el interés por su novio junto con la virginidad de la arrendadora, fueron suficientes para que se decidiera a alquilar en otro lado. La purísima, por su parte, tampoco mostró interés en esa chica ligera de cascos. En su lugar, arrendó la casa a dos chicos, que debieron pasar sin dificultades la batería de preguntas con que les bombardeó la añeja casta, aunque debió pasar por alto que sólo había una cama pequeña en una habitación más reducida aún. Pero lejos de ser homosexuales, para alivió de Doña Pura, los chicos alegres eran ladrones de pinacoteca. Apareció en varios noticiarios, incrédula, sin saber explicarse como había podido alquilar su casa a unos delincuentes. No noté nada raro.

 

Tan pintoresca persona decidió que, si no podía fiarse de los inquilinos, mejor se venía ella a habitar la casa. Después de unos días, ya instalada, nos informó al vecino de la izquierda y a mí, el vecino de la derecha que su casa se inundaba. Para ello determinó que el vecino de la derecha le informara de cuando ponía la lavadora, que según ella provocaba el problema, para que, la añeja, fregona en mano, evitara la indeseable acumulación de agua en su piso. La situación era algo ridícula. ¡Doña Casta, que voy a lavar los calzones! Ahora no, que estoy viendo la telenovela. Se le animó a que llamara a un fontanero. Después de un tiempo, llamó a mi puerta. Me dijo que el fontanero le había dicho que para resolver el problema había que levantar el suelo de mi salón. Pero Señora Sinmácula, si en mi casa no pasa nada. Que no, que no, que hay que levantar, que yo no puedo vivir así. Días más tarde, escuché, casualmente, la conversación entre Ave María Purísima y el fontanero que, en un principio, pensé que era imaginario. Le decía que la obra le iba a costar tres mil euros y levantar todo el pasillo de su casa. ¡Tate!

 

El vecino de la izquierda se marchó derrotado y vendió la casa. El nuevo vecino tardó seis meses en irse y vendió la casa. Los nuevos vecinos tardaron un año en irse y vendieron la casa. Ahora hay una nueva vecina. Y yo. Hace dos años me informó de que la luz de su cuarto de baño se encendía y se apagaba así que le recomendé que llamara a un técnico. Que se lo hiciera mirar. Pero se negó. Las cucarachas del edificio se escondieron en sus agujeros, las arañas de patas largas pararon de tejer sus telarañas, una salamanquesa se asomó por detrás de un cuadro, los gatos comenzaron a ladrar y los perros maullaron delicadamente. Empezaron a suceder cosas extrañas que indicaban que algo iba a pasar como subir chuzos de punta o que el vecino de arriba, que nunca saludaba, nos dijera hola. Doña Candado me respondió que la culpa era de los aparatos electrónicos que tenía en mi casa. A saber todo lo que tienes ahí metido. Además, mi factura de luz es cada vez mayor, seguro que te estás aprovechando. Esta fue nuestra última conversación.

 

Ahora estoy sentado en la taza del váter del baño de mi casa que comparte pared con el baño mal iluminado de Doña Compuertacerrada. Escucho como enciende y apaga el interruptor hasta que le da un golpe seco, comienza a moverse nerviosa arrastrando los pies y me insulta con una intensidad que resulta sorprendente para su edad. Termino, me limpio y tiro de la cadena. Me voy a la habitación. Ahora su voz son sólo susurros apenas perceptibles.

 

Categorías: Relatos

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