Algo que contar

Política, poesía y otras rarezas
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NUBLADO

Publicado el 12 Ee julio Ee 2013 a las 5:40 Comments comentarios (0)

nublado

ob nub i lado

al pisar el frío suelo adoquinado

de unos pasos vacilantes testigo

un beso

un adiós

el fin de un principio

en el enlace ficticio del contacto subrayado

irreal pues es una separación

imaginación pues sólo es un sueño

que un día fue realidad

mas nunca más

pues ésta troca a otro ser

un desmaquillado rostro

limpio y áspero

de oscuras y profundas simas

agujeros negros del existir

que ocultan sus luces

tras los giros imprevisibles de su vorágine

espersora del semen de los sentimientos

ávidos del fecundo óvulo

del útero que los contenga ávidos

ávidos

mas en la espera

nublado

ob nub i lado

UN CUENTO PARA NO DORMIR

Publicado el 6 Ee julio Ee 2013 a las 11:15 Comments comentarios (0)

El sol y la luna se cogieron de la mano y se fueron lejos, muy lejos. Se llevaron el día y la noche. Dejaron la nada.

LA VENTANA

Publicado el 2 Ee julio Ee 2013 a las 4:50 Comments comentarios (0)


No coincidía la imagen reflejada en la ventana del tren con aquella mujer joven

 

 

imagen envejecida de color sepia

 

 

[y] tampoco coincidía la imagen reflejada con aquella mujer mayor

 

 

imagen del pasado como un fantasma

 

 

no, no quise mirarme en aquella ventana

 

solo esperaba escuchar la locución que anunciaba la siguiente parada

 

 

[y] escabullirme entre las piernas, codos y cabezas que me rodean


UNA NOCHE CUALQUIERA EN EL SHEREMETYEVO

Publicado el 29 Ee junio Ee 2013 a las 17:35 Comments comentarios (0)


En el aeropuerto internacional de Moscú

 

se da importancia al tiempo y a la información


 

 

no es fácil de encontrar ni uno ni otra

 

la búsqueda los convierte en necesarios


 

 

en el estado español el tiempo nos ahoga

 

y la información nos desborda


 

 

huimos y cerramos los ojos


 

 

pero en el Sheremetyevo el tiempo no se ve

 

te acompaña en silencio


 

 

estoy sentado en una escalera al lado de la puerta

 

número 5

 

hay momentos en que cierro los ojos

 

y tengo la sensación de sueño de toda una noche


 

 

 

cuando cierro los ojos entiendo el ruso


B AL INFINITO

Publicado el 29 Ee junio Ee 2013 a las 8:55 Comments comentarios (0)

beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeee



balaba la ovejita

cuando vio al lobo



beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

eeeeeeeeeeeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!



ya se fue el lobo

bala bala ovejita



bala que no se dispara

UN MR. SABIO

Publicado el 25 Ee junio Ee 2013 a las 1:00 Comments comentarios (0)


Hoy he visto a un señor sabio elevar sus palabras en el aire y soplar hasta introducirlas en la cabeza de un joven mientras con su mano izquierda agarraba otras que viajaban sin dueño.

UN Y VERSO

Publicado el 22 Ee junio Ee 2013 a las 5:35 Comments comentarios (0)

La verdad son apariencias

las apariencias son verdad

ver (bosi) dad

e (brie) dad

ve (ntosida) d

expulsión de aires

de palabras

de conciencia


soy sólo un observador

que construye

su universo

uni ver

uno ver

sólo yo

mi universo

A AL INFINITO

Publicado el 18 Ee junio Ee 2013 a las 5:40 Comments comentarios (0)

aAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAArar


unos hacen dibujos en la tierra árida

disparan con sus arcabuces otros

la simiente del rencor

que se extiende cual epidemia mortal

la pandemia


Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaRAR


se la ofrecen a ti

oh tierra naturaleza

cielo da de beber a tu hermana

que lleva en su vientre ramera

el fruto de la existencia humana


aAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAArar


con fuerza compañeros


removed la tierra

hombro con hombro

espalda con espalda

pues la recolección

os espera en el horizonte

mientras algunos se agarran

a su amuleto apotropaico

que no vale nada

PENSAMIENTOS CUALQUIER

Publicado el 15 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Vulgares ropas raídas

mentes torpes llenas de vanidad

golpean los duros cuellos

de las jirafas moribundas

como en un sueño blanco

legañosas imágenes

terciopelos futuros

un leopardo malherido

rastrea con su instinto

el olor a sangre de la muerte

brazos fuertes

tatuados

con un triste “te amo por siempre Teresa”

ella retoza alegre con su mejor amiga

dulces de lesbos

cubiertas de caliente flujo vaginal

un jeque árabe miope busca

arrodillado

la dulce perla de su esposa

que llora amargamente

un varón de raza blanca apunta

con su viejo Colt 45

del rastro de Valladolid

a la humanidad perpleja

en la boca del revolver

aparece un alacrán de roja oscura cola

el agua del río

corre asustada

no quiere llegar ya al mar

A. Machado esboza una sonrisa

Mientras se rasca distraídamente

la cabeza

el joven muchacho encapuchado

arroja

una piedra de fuego

que espera ser bateada

por el serio madero de la gorra de los New York

Allen Ginsberg se muere

le traicionó su hígado

A. G. escribe un poema

sobre un niño que juega

en su tumba

el cielo se oscurece

cuando los Sollubis reciben

la primera descarga de mierda

directa a su boca

ya no tienen raza

un hombre observa su alma podrida en el espejo

sonríe mientras los gusanos juguetean golosos

en su boca

su hija también juega a mirarse en los espejos

pide ver su muerte y se ennegrece

el teléfono escupe rabia

y una lágrima discurre dolorosa

por las grietas carnosas del rostro

dame la mano y mira hacia el cielo

una espada sangrienta

pende sobre nuestros corazones

reniega de tu nombre

y vuelve la vista a tu alma

escupe sobre lo establecido

que el mundo se dé la vuelta

dos piernas desperdigadas por el suelo

sus sombras

ocultan mi cuerpo

un joven decrépito recita poesía

en la plaza del pueblo

habla al viento y al sol

al banco de madera y a la cabina de teléfonos

dos mujeres exhiben sus pechos

en una galería de arte de la calle Gamazo

mujeres antipechos lanzan penes

en señal de repulsa

el presidente de gobierno encapuchado

ofrece su discurso de Navidad

a la ciudadanía

un famoso jugador de fútbol

se compra un balón deshinchado

en la tienda de deportes de la esquina

los niños se hacen torniquetes en el brazo

y sus madres dicharacheras les hacen jerseys para las piernas

un hombre de mediana edad

simula limpiar los cristales

de un edificio de veinte pisos

mientras cae al vacío

la huella de un cuerpo en el suelo le espera

las luces de la ciudad

ofenden a la luna

que desde su trono elevado

lanza insultantes rayos de advertencia

a los ensoberbecidos terrícolas

un niño se levanta violentamente

de su cama

soñaba que era un hombre

un hombre se levanta entristecido

de su cama

no soñaba

un afilado bisturí rasga

con suavidad

la córnea de un ojo envilecido

ahora ya ve

un rojo acuchilla a un amarillo

el azul se rebela

y el negro prepara el funeral

el reloj cuenta los minutos

pero dame la mano

y mira hacia el cielo

una espada resbala

sin misericordia

sobre nuestros corazones

 

MIRA SIEMPRE A LOS LADOS ANTES DE CRUZAR

Publicado el 11 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Juro que no lo vi venir. No hacía mucho tiempo que mis padres me habían dejado ir solo, sin que nadie me acompañara. Antes, mi padre me esperaba cuando salía de casa, camino del colegio. Así lo habían acordado cuando se separaron. Al verme, sonreía ligeramente, diría que con un poco de pena, y me cogía de la mano, casi sin dirigirnos la palabra. A mí me daba corte decirle algo y él supongo que iría pensando en sus cosas. Parábamos en un bar, a mitad de distancia entre mi casa y el colegio. Me quedaba a fuera y contaba los minutos hasta que volvía a salir. Me cogía de nuevo de la mano y no me soltaba hasta que me escabullía, entre mis compañeros, por la puerta de entrada del edificio donde estudiaba. Siempre le miraba de reojo y le veía parado, mirándome, hasta que, supongo, desparecía de su vista y se marchaba. Sin que me viera, me daba la vuelta y miraba como se alejaba. Pero, no hace mucho tiempo, habían decidido que ya era mayor para ir yo solo y mi padre dejó de esperarme todas las mañanas. Mi madre se agachaba y me daba un beso mientras me ajustaba la mochila en la espalda. Me pasaba la mano entre mis pelos enmarañados e intentaba arreglar el desaguisado. Después me susurraba al oído, mira siempre a ambos lados antes de cruzar. Lo hice pero juro que no lo vi venir. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la delantera del autobús. Me arrolló. Empecé a dar vueltas por debajo del vehículo. Escuchaba cómo mi cuerpo se golpeaba contra el suelo y la carrocería. No se escuchaba más ruido que ese, hasta que frenó. Recuerdo salir reptando de debajo del autobús. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y me miré los pantalones. Estaban rotos. Supuse que hoy no me libraría de una regañina. Un señor, muy nervioso, me empezó a preguntar si estaba bien y le contesté que sí pero que me tenía que ir porque llegaba tarde a clase. Pero si estás sangrando de la cabeza, chaval, me contestó. Me toqué la cabeza y miré, asustado, mi mano manchada de sangre. Ahora estoy aquí, tumbado en la mesa de operaciones. Hay varias personas a mi alrededor. Uno ha dicho que tiene que ser a pelo, sin anestesia. Una mujer, que no para de moverse, dice que hay que cerrar la herida rápido, que he perdido mucha sangre. Un señor con anteojos, se agacha a mi lado mientras me coge la mano y me dice que soy un chico muy valiente. La mujer se da la vuelta, con unas tijeras en la mano mientras el hombre me limpia con una gasa, la sangre que me chorrea por el pelo. La mujer me pregunta el teléfono de mis padres. ¡Cuándo se entere mi madre! No quiero ni pensarlo. Me duele más que el golpe en la cabeza. Le hago una seña, que se acerque, porque apenas me sale un hilo de voz. Le digo que cuando le llame no la asuste, que tenga cuidado en cómo se lo va a decir. No quiero que se preocupe, por favor. La mujer me contesta que tendrá mucho cuidado y cuando recibí la llamada, no sabía si era una broma o era verdad lo que me estaba diciendo. Me decía que una persona que conocía estaba ingresada en un hospital y quería verme. Le pregunté que cómo se llamaba pero no me lo dijo. Solo que, por favor, fuera rápido porque había insistido en que me quería ver. Colgó el teléfono. Me quedé unos segundos con el auricular en la mano, pensando en quién me podría estar gastando esta broma. Está claro que no es de muy buen gusto. Comprobé la dirección que me había dado y, en efecto, el hospital existía. Me entraron muchas dudas, de verdad. ¿Y si era cierto? Pero ¿quién podía ser? No conocía a nadie que le hubieran tenido que ingresar pero la señora perseveró en que me conocía y que había insistido en verme. Mira, es mejor salir de dudas porque una nunca sabe. Cogí el abrigo y el bolso y me fui. Voy camino del hospital. No queda muy lejos de casa. Bien sabe Dios que si puedo, evito los hospitales. No puedo ni quiero estar tan cerca de la enfermedad y del dolor. Me pone nerviosa. No sé si llamar a Juan. Igual hay algún amigo en común que ha enfermado y yo no me he enterado. Me lo hubiera dicho aunque, desde que le pedí que dejara de llevar al niño al colegio, no me ha vuelto a dirigir la palabra. No me importa que vea al niño, que esté con él, de verdad, pero no soporto su manía de meterse en el bar mientras le deja esperando en la puerta, bebiendo vino y charlando con los amigos. ¿No puede centrarse en su hijo? Para lo poco que le ve debería esmerarse un poco más. Ay, de verdad, quién puede ser. La enfermera o quien fuera la que me ha llamado me podía haber dado más información. No entiendo que no me diga cómo se llama, que me diga que el enfermo le ha pedido que no dé su nombre. Solo que vaya. Estoy casi llegando. Tenía que haber llamado a Juan. El niño le echa de menos desde que no le acompaña. No sé si he hecho lo mejor. Era de los pocos momentos en que estaban juntos y la verdad es que al niño le gustaba ir con su padre, a pesar de lo arisco y la mala leche que tiene. Al principio me dio un poco de miedo, pero ya se está haciendo mayor y tiene que empezar a hacer las cosas el solito. Solo tiene que tener cuidado y mirar a ambos lados al cruzar la calle y te juro, mamá, que lo hice. Miré a un lado y a otro de la calle pero no vi nada. Estaba desierta y crucé corriendo. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba debajo del autobús. Sé que no me va a creer. No dejo de pensar en cómo se lo voy a explicar. La enfermera me ha dicho que apretara los dientes porque me iba a doler. ¡Y vaya si me dolió! Me cortaron los pelos de la cabeza alrededor de la brecha y era como si me clavaran miles de alfileres por todo el cuerpo. Me tiraban tanto del cuero cabelludo que tenía la sensación de que me lo iban a arrancar. El señor de los anteojos seguía cogiéndome de la mano mientras me decía que muy bien, que era un machote y esas cosas que se dicen para animar, pero el dolor era tan intenso que hubiera preferido que se callara. Me gustaría decir a mi madre que no me importa ir solo al colegio pero que ya hace mucho tiempo que no veo a papá. Tenía que haber pedido a la enfermera que le llamara pero, bueno, mejor no. No quiero que me vea llorando. Es que no puedo reprimir las lágrimas. Me duele mucho, demasiado, creo yo, no ha sido nada fácil para ninguno de los tres y soy consciente de que el niño ha sufrido más que ninguno. Debe ser este edificio. Hay una señorita en recepción. Me dice que espere en la sala de espera. Me siento al lado de un señor, muy nervioso, que no deja de mesarse los pelos de la cabeza. No estamos más que nosotros dos. No sé qué sentir. Vengo sin saber nada y nada es lo que me han dicho en recepción. Solo que espere tranquilamente. No puedo ponerme nerviosa, más allá de lo que estas paredes blancas me ponen de por si, ni preocuparme como el señor que tengo a mi lado. He venido por curiosidad, por saber quién me llama con tanto secretismo. Apenas hay movimiento. De vez en cuando aparece un celador, casi sin hacer ruido, que ni siquiera es capaz de mirarnos, para desaparecer inmediatamente en la oscuridad del pasillo que tengo delante. Me gustaría aliviar el sufrimiento de este hombre pero me da pudor entrometerme en las desgracias de los otros. Me mira tímidamente y solo puedo esbozar una sonrisa que pretende ser conmiserativa. Somos esclavos, pienso, de nuestro propio dolor. Un dolor único que difícilmente los otros lo pueden compartir, aunque lo intenten y pretendan aliviarnos con comprensivas palabras. Qué se le puede decir a este hombre ante su sufrimiento. Qué se le puede decir que no suene ridículo o condescendiente. Prefiero el silencio aunque a ojos externos pueda parecer algo frío. Para mí es respeto. Aún así, le agarró su mano y esperamos. Una enfermera aparece de entre la oscuridad y se acerca a nosotros. Nos levantamos a la vez, sin soltarnos de la mano. Me viene a la cabeza aquello que suelo decir al niño. Mira siempre a los lados antes de cruzar. No sé por qué me pongo a llorar.

UNA TARDE CUALQUIERA EN EL PARAISO

Publicado el 8 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

el epímaco revolotea

inconsciente del peligro que le acecha

el hombre de rojo

clava su aguijón infernal

en la virgen piel

del ave fantástica

la tierra tiembla

y las manzanas caen del viejo árbol

la humanidad apostata

Judas vuelve a ser el Rey

ESQUIZOFRENES

Publicado el 4 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Sólo quiero hundirme en la locura

 

ser un loco loco feliz

 

en un país de cuerdos.

 

 

Le Domineo


 

 

PRELUDIO

 

No hace muchos días he cumplido cuarenta años. A veces con una mínima información sobre una persona somos capaces de imaginárnosla y dotarla de unas características, que no tiene por qué tener pero que nuestros prejuicios construyen hasta convertirlas en realidad. Cuarenta años no es nada pero suficiente. Cada uno de vosotros ha podido crear, a partir de mi edad, una imagen de cómo soy. Me podéis estar imaginado como una persona de alta estatura, con los ojos azules, regordete o, ¿por qué no?, musculoso, con alguna cana que otra, con juanetes, con barriga o como el hombre de vuestros sueños. E incluso podéis pensar que estoy casado, con hijos, con un trabajo estable, sin problemas de dinero o endeudado hasta las orejas. Bueno, en definitiva, que os habréis hecho una idea de mí solo con conocer mi edad.

 

Aún así seguro que os equivocáis. Hay una forma de saber como soy: mirándome. No tengo secretos

 

 

CAMINO DEL PSICÓLOGO (o el psicólogo me espera)

 

Siempre voy por el mismo camino. El más largo, claro, pero no por miedo --quién tiene miedo hoy en día de acudir a la consulta de un especialista de estos en la conducta-- sino porque me gusta pasear. Lo adoro. Me permite pensar, que es mi pasatiempo favorito y a su vez el origen de todos mis problemas. Y es que pienso sobre todo lo pensable e incluso pienso que pienso, y esto, todo esto, lo hago paseando, pasito a pasito, sin pudor, delante del resto del mundo. Sé que llamo la atención. Lo sé porque siento cómo sus ojos se clavan en mí, como ardientes dagas. Antes de saber cuál era el motivo, me torturaba al pensar el por qué de sus miradas. Al principio, pensé que se fijaban en algo de mi aspecto, no sé, la corbata, el pelo, los zapatos, la ropa, mi nariz aguileña, mis ojos oblicuos, bueno, cualquier característica física de esas. Pero lo descarté, pues los espejos me dijeron que mi apariencia era normal. Después, creí que era la extraña manía de pensar en voz alta pero tampoco, pues eran sólo susurros imperceptibles en comparación con el conjunto de sonidos que inundaban las calles a mi alrededor. La incertidumbre me devoraba hasta que, de nuevo, un espejo me dio la solución, sí, un espejo de esos que devuelven tu imagen. Allí estaba yo, delante de aquel espejo curvo, enhiesto como un tronco con dos ramas a cada lado y una bombilla luminosa encima de la cabeza ¡Una bombilla! ¿Cómo no me había fijado antes? La verdad es que sólo un iluminado por la locura podría ver una bombilla iluminada sobre su testa. Pero, como yo no estaba loco, tendría que ser real. Y así era. Aquel día descubrí que cada vez que una idea aparecía en mis dominios, una hermosa bombilla de 200 voltios se levantaba majestuosa sobre mi solitario cuero pelónico, una bombilla capaz de iluminar una habitación, no sé, digamos que de treinta metros cuadrados. Increíble. Insólito. Imposible.

 

Pero esto no era suficiente para resolver mi duda, pues a uno no se le ocurren ideas cada dos por tres sino, más bien, de ciento en viento. Tendría que haber otra explicación que explicara, valga la redundancia, por qué me acosaban con sus miradas. Y otro espejo, ¡oh, Dios de la sabiduría! me reveló la razón. El quid de la cuestión estaba en mi frente. Allí aparecía cada una de las palabras que componían mis pensamientos. Como un modelo de pensamiento en una pasarela, el resto del mundo podía leer todo lo que por mi mente pasaba. En resumen, me encontraba intelectualmente desnudo. Probé con boinas, bragas, pasamontañas, todo tipo de objetos con el fin de ocultar mi ser, mi esencia, mi pensamiento. Inútil.

 

¿Cómo no iba a llamar la atención una persona con una bombilla en la cabeza y un pensamiento pre-claro? Es lógico que el resto del mundo quedara absorto ante tal espectáculo. Se limitaban a mirarme con estupefacción, como si no llegaran a creer lo que veían, como si fuera una alucinación. Seguro que alguno creyó ser un trastornado. Pobres. Lo que me sorprendía era que no hubiera sido objeto de chanza por parte de algún granuja. Pero yo también tuve que aceptar mi condición de hombre sin secretos. No es fácil mostrarte a los demás tal como eres, sin tapujos, sin mentiras ni medias verdades. No todo el mundo es capaz de aceptar tamaña sinceridad, ni siquiera uno mismo. A veces duele pensar lo que se piensa pero no me queda otro remedio que mostrarlo, pues comprobé que la mentira expuesta en mi frente sería un galimatías de difícil comprensión y promotora de intensos dolores de cabeza. De esta forma, se me puede definir como una persona que siempre va con la verdad por delante. Con orgullo muestro mis pensamientos, sin pudor. Con la cabeza bien alta, para que todos lo vean, paseo camino del psicólogo.

 

 

SESIÓN CON EL PSICÓLOGO (o el psicólogo me mira)

 

Mi frente: ¡Oh qué gabinete más naif!, mucho gusto en conocerle pero poco gusto el de usted en elegir los muebles de su despacho.

 

Impertérrito, y eso que el psicólogo me mira. Me siento. Yo a un lado de la mesa y él enfrente. Comienzo a pensar, pero el señor este me corta de forma muy grosera, como si no me escuchara o, mejor dicho, leyera. Y es que ahora, como os podéis imaginar, utilizo mi habilidad especial para expresarme. Es absurdo gastar saliva y sale menos barato. Imagínense, primero pienso, este pensar proviene de mi hemisferio dominante, el intelectual, de aquí pasa a la parte del cerebro que produce el sonido, este manda su mensaje al sistema nervioso, que pone en funcionamiento el aparato vocal que emite sonidos, que convencionalmente designamos palabras en un idioma conocido por todos los que lo hablan, y así mi pensamiento alcanza la luz. En todo este proceso se produce un gasto de energía inmenso, un derroche que no se puede tolerar y que, gracias a mi facultad portentosa, yo me ahorro. Pero parece que a este le importa bien poco lo que pienso.

 

Psicólogo: …Tras esa cámara se encuentran mis compañeros que podrán intervenir durante la sesión cuando estimen oportuno, para ello tienen a disposición este teléf…

 

Mi frente: No es necesario que me explique lo que ya sé, amigo. No es la primera vez que acudo a un especialista. Lo que me gustaría es que dejara de hablar cuando yo hablo, se parece usted a mi mujer. Este es el problema: mi mujer. Mi matrimonio se hunde irremisiblemente en el mar de la incomunicación…

 

Psicólogo: …Así que, si le parece, podemos comenzar. ¿Cuál es el problema?

 

Mi frente: ¿El problema? Ya se lo he dicho. El problema es mi mujer. Se queja de que ya no hablo, de que ya no soy como antes, cuando le contaba todo. Yo lo niego y le explico que no he cambiado, que la sigo queriendo como siempre y que sigo contándole todo. Pero ella no me escucha, me apremia a decir algo cuando ya se lo estoy diciendo. Me preocupa de verdad. Creo que está enloqueciendo o quedándose ciega.

 

Psicólogo: ¿Y bien? (Pausa-silencio 30 segundos) Bueno, podría empezar describiéndome el problema que le trae hoy aquí. Puede tomarse el tiempo que quiera.

 

Mi frente: Pero ¿qué dice? Ya le he contado lo que me pasa. ¿No lo ve o qué? Bueno, vamos a tranquilizarnos. Se lo repetiré más despacio. Mi mu-jer es-tá en-lo-que-cien-do, o eso creo yo, ha de-ja-do de ha-blar-me y ha pe-di-do el di-vor-cio. Yo quie-ro sa-ber qué ten-go que ha-cer pa-ra e-vi-tar el de-sas-tre.

 

Psicólogo: ¿Por qué arruga la frente?

 

Bueno, ya es suficiente. Me levanto y me voy. Es inconcebible que pueda burlarse de esta manera de sus clientes. Es un agravio que no he de soportar. Lamentablemente, el psicólogo me mira pero no ve nada.

 

 

DIAGNOSIS PSICOLÓGICO (o yo pienso de que)

 

Transcripción parcial del informe psicológico:

 

…Y basándome en la información aportada por la mujer del paciente y en la entrevista personal con este último, puedo dar fe de la existencia de un episodio esquizofrénico, con ideas delirantes de grandiosidad del tipo “mi pensamiento lo pueden leer todos los seres del mundo”, y alucinaciones visuales del tipo “bombillas encima de la cabeza”. La probable causa que provocó este episodio fue el anuncio, por parte de su esposa, del inicio de los trámites del divorcio, basándose en la escasa comunicación que existía en su matrimonio. El paciente describió, en una carta excepcional dirigida a su mujer, los extraños sucesos que produjeron sus alucinaciones y las razones por las que, desde ese momento, adoptaba una nueva forma de comunicación, el pensamiento reflejado en su frente. Opta por un lenguaje que podríamos bautizar como esquizofrenés. Así, solucionaba dos problemas que le preocupaban, la mentira y las palabras expresadas por vía oral. Abomina de la palabra y acude a la antesala de estas, los pensamientos que, según el paciente, son puros y claros. No confunden. Además resuelve el problema de la falta de sinceridad, otra de las razones que provocan la ruptura de su matrimonio. Con este nuevo lenguaje no puede mentir. Si lo hace, explica en su carta, “le produce interferencias”. Todo esto tiene sentido solo en su paranoia pues en la práctica los problemas se acentúan. Sugiero su ingreso temporal en un hospital psiquiátrico, bajo tratamiento farmacológico y psicológico además de…

 

 

EPÍLOGO

 

Sé que esta capacidad sobrenatural no ha enriquecido mi relación con las personas que me rodean. No aceptan mi original forma de comunicación. No son conscientes de las ventajas que posee, de las dificultades que evita. Pretenden a través de sus exhortaciones y críticas que vuelva a expresarme como ellos, que vuelva a enredarme en los juegos sin fin que provoca la comunicación oral. He perdido el amor de mi mujer y la amistad de mis amigos pero he aprendido que el camino que ahora recorro, sólo unos pocos tenemos el privilegio de conocer. Me tachan de loco, de iconoclasta de lo imposible. No se dan cuenta de lo hermoso que es ser feliz, un loco feliz. Porque a pesar de los problemas que provoca, me hace sentir bien. A pesar de estar encerrado en este edificio. A pesar de perder mi libertad, sólo física, porque mi mente vuela, como un ave elegante, hermosa y libre, hacia el sol quemado por el fuego, un ave que rasga con furia el azul del cielo. Soy pensamiento libre, tal cual.

 

Si me vieran sabrían lo que pienso de ustedes.

 

 

SOY

Publicado el 1 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

No quiero ser lo que tu boca palabrea

ni construcciones de otras mentes fabricadas

soy vivo en la muerte de la vida

y de pieles escamadas limpio como serpiente renacida

me alimento de mis cadáveres

de mis múltiples tránsitos en vida


soy de la naturaleza creación

no conozco teologías antiguas o modernas

ni paraísos supraterrenales

todos mis tesoros se acarician con la mano


soy una entre miles de millones de teas

de luces policromas

una única y compuesta

de oscuridades secretas revestida

tengo en mi sangre multitudes

y son mis ojos las miradas de otros


la palabra en mi boca es acción

es mi aliento de huracanes formado

ideas cubiertas de mar infinito

bajo el sol ardiente del desierto


quiero almas desnudas sin nación

vastos parajes de vivas miradas recreados

quiero torrencial agua limpiadora

barrer las atávicas impurezas de los rostros

QUE ME ESTA PASANDO

Publicado el 28 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Le costaba asomarse por encima del muro de hojas y ramas que rodeaba el lugar donde dormitaba la mayor parte del día. Apenas llegaba a asomar el pico, sostenido levemente por sus dos débiles patas, y se caía hacía un lado cuando no era capaz de mantener el equilibrio. Si esto ocurría, se quedaba recostado sobre su espalda de plumas y miraba hacia el cielo. Pasaban las nubes con múltiples formas y dejaba volar su imaginación. Se veía a sí mismo agitando las alas, atravesando tan extrañas formas o dejándose mecer por la caprichosa fuerza del viento. No tenía mayor ilusión que poder volar y deseaba que llegara el día en que sus feos muñones se transformaran en perfectas alas. Cada vez notaba que sus articulaciones estaban más fuertes y aguantaban durante más tiempo sus correrías y saltos pero consideraba que sucedía de forma muy lenta. Aún no eran tan fuertes como para permitir asomar su pequeña cabeza y ver qué había más abajo del cielo. Quería que todo fuera más rápido y tener la libertad de volar hacia donde quisiera, sin los límites de esas cuatro paredes que le rodeaban. Creía que, con la ayuda del viento, podría llegar al más recóndito rincón del universo, subir al cielo y bajar al más allá cuando le viniera en gana. Pero, ahora, apenas levantaba su pico unos centímetros por encima del perímetro del nido y su mirada se enredaba entre las ramas que formaban las paredes que le encerraban.

 

Cuando se concentraba era capaz de notar cómo sus articulaciones iban creciendo y se fortalecían. Podía notar cómo la sangre corría en su interior como un torrente y, si aguzaba el oído, escuchar el ruido que provocaba su avance. Le hacía sentir que la vida se abría paso en su interior, poco a poco, pero de forma inevitable. Probaba la flexibilidad de los muñones, que un día se convertirían en alas, y flexionaba cada una de sus patas, impulsándose en el aire y regresando rápidamente al suelo como un muelle. Caminaba alrededor de las paredes del nido, aspirando y espirando continuamente, y agitando los muñones en tanto cerraba los ojos e imaginaba que el viento le golpeaba la cara mientras volaba entre jirones de nubes. Pensaba en tejer una túnica de nubes que le permitiera flotar, planeando, mientras oteaba lo que hubiera más abajo del cielo. Su imaginación no dejaba de crear posibilidades, alternativas que le permitieran hacer más estimulante la monótona vida en su solitario habitáculo.

 

Un día, al despertarse, se encontró rodeado de plumas. Su cuerpo apareció pelado, rosáceo y expuesto ante el mundo. No sabía qué es lo que le había pasado. Vio sobrevolar a otras aves que se le quedaban mirando, con el pico abierto, y se comunicaban entre ellas, con evidentes gestos de sorpresa, mientras le señalaban con sus alas. Cogió las plumas con el pico y las levantó en el aire dejándolas de nuevo caer en el suelo, sin creerse todavía lo que estaba ocurriendo. Notaba que el aire estaba más enrarecido en el interior del nido. Le costaba respirar y tuvo que levantarse sobre sus patas para aspirar un aire más limpio. Qué me está pasando. Miraba su cuerpo desnudo, ensimismado, buscando en su interior una explicación de por qué había perdido su plumaje. No sabía si estaba provocado por alguna enfermedad o era debido a la estación climática pero, hasta lo que él conocía, los miembros de su especie no mudaban la pluma. Aquello no era normal.

 

Aquel día solo fue el inicio. Empezó a crecerle pelo por todo el cuerpo y sus dos muñones adquirieron una forma extraña, más largos, y acabados en dos manos con cinco apéndices cada una que le permitían agarrar las cosas de su alrededor, tocar su cuerpo cambiante y alcanzar alguna de sus partes desconocidas. La espalda era una de ellas y, en los últimos días, había notado un dolor intenso que se transformó en dos pequeñas deformaciones semejantes a tocones. Se sentía avergonzado por esos cambios tan extraños y recogió, con sus nuevas manos, restos de hojas y ramas para construir un pequeño tejado que le permitiera ocultarse de las miradas curiosas. No quería que vieran cómo se estaba transformando en un monstruo. Notaba cómo su cuerpo se iba modificando sin que pudiera hacer nada para evitarlo más que observar, a veces con miedo, a veces con curiosidad, los cambios que se producían. Los tocones de la espalda, para su sorpresa, empezaron a crecer y a cubrirse con un plumaje de color grisáceo como si fueran alas, nacidas en un extraño lugar. Su rostro, del que se cayó el pico y en su lugar apareció una abertura con pequeños dientes blanquecinos, empezó a cubrirse con una barba espesa y desordenada al igual que en su cabeza aparecieron largos cabellos despeinados. De la abertura de la cara empezaron a salir desconocidos sonidos, a veces melodiosos, a veces desgarrados alaridos, que cada vez fueron haciéndose más familiares. Hasta que un día se escuchó decir lo que tanto había pensado: ¿qué me está pasando?

 

Ya era invierno y sentía que el proceso de transformación se estaba acabando. La nieve empezaba a caer, formando una fina y blanca capa sobre sus cabellos. Las alas de su espalda, que habían crecido hasta alcanzar casi los dos metros, le permitían sobrevolar el pequeño nido aunque su elevado peso le había hecho dudar sobre si esas alas podrían cumplir su función. Sus brazos, poderosos, se habían convertido en extremidades fibrosas de extraordinaria fuerza. Aún así sentía vergüenza por ser diferente a todas aquellas aves que comenzaron a admirarle desde lejos, temerosas de que aquel monstruo pudiera hacerles daño. No se atrevía a mostrarse a la luz del día y esperaba a la puesta de sol para asomarse tímidamente. Miraba a su alrededor y comprobaba que no había nadie para desplegar sus alas y elevarse en el aire. Se sentía raro pero cada vez estaba más cómodo con su nueva forma. Lejos de las miradas de los otros, se recreaba en el cielo haciendo piruetas y forzaba hasta el límite que su nuevo cuerpo le permitía. Escuchaba voces que venían de abajo del cielo y se sentía atraído por ellas. ¿Quiénes eran aquellos seres que caminaban por el suelo pero que no podían volar? Se sabía parecido a ellos pero distinto, igual que con sus congéneres voladores. Parecido pero distinto. De nada le servía seguir escondido entre las sombras. Debía mostrarse tal como era. Salir con la luz del sol y sumergirse en las nubes, y con la ayuda del viento llegar al más recóndito rincón del universo. Lo que siempre había soñado.

EL FARO DE LA COLINA

Publicado el 25 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Si ves la luz del faro de la colina

 

da marcha atrás

 

no marca el camino ni lo ilumina

 

sólo el miedo nos acerca a ella

 

nunca he confiado en quien la enciende

 

ni he aprobado su intención

 

sólo se acercan a la luz los insectos

 

y sus patas se queman en el contacto


 

 

Si ves la luz del faro

 

escapa como si hubieras visto a Dios

 

no hay nada más cegador que ella

 

no hay nada más paralizador

 

como los pájaros inmóviles

 

ante los faros de un coche

 

alza el vuelo aunque sea en el último instante

 

y sumérgete en la profundidad de la noche

LA SALA DE REFLEXION

Publicado el 21 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Aparcaron muy cerca del edificio. El hombre se desperezó nada más salir del coche. Se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado, unos instantes, inmóvil, como si se hubiera quedado petrificado, hasta que el ruido que provocó la mujer al cerrar la puerta delantera del conductor pareció despertarle. Hablaron entre ellos. La mujer abrió el maletero y sacó una carpeta blanca. El hombre, con las manos en los bolsillos, se había adelantado unos metros en dirección al edificio mientras miraba a su alrededor. Tendría unos cuarenta años. Apenas había esbozado una sonrisa y por los gestos que hizo a la mujer con las manos, balanceándolas abajo y arriba, tenía prisa. Esta se puso a su altura rápidamente y le pasó la carpeta. El hombre se paró y sacó unas hojas que pareció leer con atención. Volvió a meterlas en la carpeta y, sin mirar a la mujer, se la devolvió. Se dirigió al edificio. Era media tarde y no se veía un alma. El cielo estaba nublado y hacía tanto frío que aún permanecían helados los carámbanos colgantes de la lluviosa mañana. El hombre, encogido, apretó el paso y subió las escaleras que llevaban hasta la puerta de la entrada. Golpeó con los nudillos un par de veces pero no hubo respuesta. La mujer, que acababa de subir los últimos peldaños, se había tapado la cabeza con un pañuelo y se frotaba las manos para darse un poco de calor mientras miraba, contraída, la puerta. Parecía que había visto algo. Apartó unos arbustos que ocultaban un timbre y llamó. No pasó más de unos segundos hasta que se abrió la puerta. El hombre y la mujer alargaron sus manos y saludaron a alguien que apenas se distinguía de las sombras. Estamos aquí por María.

 

 

Cuando leí los informes que me hablaban de María no me parecieron muy diferentes a los que he leído durante años sobre otros adolescentes. Nada le hacía diferente a otros pero el Grupo de Ayuda a la Infancia y a la Adolescencia había considerado que era una niña que requería una atención especial para controlar lo que denominaban accesos transitorios de violencia inusitada. Estoy en uno de los centros de reeducación del gobierno. Soy un evaluador. Valoro si las personas aquí ingresadas pueden reinsertarse de nuevo en la sociedad y cumplir con los deberes que nuestro gobierno nos exige. Hoy, mi compañera y yo, conoceremos a María. Estamos en una sala muy estrecha y alargada. Apenas hay luz. Hay unas sillas apoyadas en la pared enfrente de un espejo unidireccional que da a una sala más grande e iluminada. Sus paredes están acolchadas. Esta sala está vacía. Llevamos esperando ya un buen rato. Me sudan las manos y no sé qué hacer con ellas. Escucho voces. Parece que alguien se acerca. Mi compañera se sienta en una de las sillas y mira hacia la puerta donde aparecen varias personas. Reconozco a la directora del centro. Los demás no sé quiénes son. Tienen una animada conversación en la que rápidamente nos incluyen.

 

¿Qué opina de la violencia como método reeducativo?- me pregunta la directora. 


No tengo una opinión muy clara…he de reconocer que no soy un experto en esa materia. Mi trabajo, ya sabe, no consiste en la reeducación sino en la valoración de que esa reeducación es efectiva de cara a una deseable incorporación a la vida normal.

 

Bueno, algunos pacientes sólo pueden aspirar a esa reinserción desde el forzamiento de la voluntad –me contesta mientras sonríe a los contertulios- Los métodos basados en el diálogo han resultado ser absolutamente ineficaces al proporcionar a los pacientes justificaciones a sus comportamientos disfuncionales y, por tanto, evitar el cambio necesario.

 

Puede ser pero no estoy muy seguro de la permanencia de los cambios a través de los métodos de reeducación violenta –me atrevo a decir, sabiendo que este planteamiento no es académicamente aceptable.

 

Veo que uno de los contertulios mueve la cabeza en claro desacuerdo. La directora fuerza una sonrisa.

 

El dolor es un elemento mnemotécnico poderoso, no lo olvide –respondió buscando con la mirada la reafirmación de su audiencia- La aplicación de la violencia se acompaña de un proceso de reflexión que nos diferencia de un vulgar y despreciable agresor. La sala de reflexión es uno de los recursos que, como ya sabe, nos permite generar el cambio deseado en nuestros pacientes.

 

Prefiero no decir nada. No estoy muy seguro de que este método funcione. He tenido muchas discusiones con mi compañera sobre este asunto porque creo que no existe un forzamiento de la voluntad sino una anulación que convierte a las personas en simples peleles. La directora se marcha. El resto se sienta. Cada uno de ellos lleva una libreta en la mano y empiezan a tomar apuntes. Tomo asiento en una de las sillas frente al espejo, al lado de mi compañera. Tengo la sensación de que el espectáculo va a comenzar.

 

 

Lo que ocurría dentro de los centros de reeducación se ocultaba con especial interés por parte de las autoridades. Los padres de los pacientes apenas recibían información sobre el tratamiento que recibían y las llamadas telefónicas eran auditadas y cortadas ante el menor indicio de que el paciente pudiera desvelar cualquier dato sobre lo que allí ocurría. No se permitían las visitas y la duración de la estancia en el centro era indeterminada y condicionada a la respuesta positiva de los pacientes al tratamiento. La mayoría sentía eso que muchos psicólogos llaman indefensión aprendida. No había nada que hacer para resistirse a los métodos de los reeducadores y se dejaban hacer, adoptando un comportamiento sumiso y maleable. En ese momento se piensa que están respondiendo al tratamiento en el que la sala de reflexión se considera, a su vez, un punto de inflexión fundamental para doblegar las voluntades más resistentes. Las paredes de esta sala están acolchadas para evitar que los pacientes se puedan hacer daño a sí mismos y, como consecuencia natural, también impide que los gritos de ayuda puedan ser escuchados por el resto de pacientes aunque todos intuyen lo que se esconde tras la puerta que lleva a esta sala. La estancia suele variar y se encuentra en función de la resistencia psicológica de los pacientes. Se les priva de cualquier contacto humano y se reduce la comunicación a frases repetidas periódicamente, a través de unos altavoces, en los que el mensaje de fondo es “tú no existes”. El objetivo es la perdida de la mismidad. El conocido psiquiatra Laing se refirió a esta práctica de la siguiente manera: “…independientemente de cómo una persona actúe o se sienta, independientemente de qué significado dé a su situación, sus sentimientos no son tenidos en cuenta, sus actos son desconectados de sus motivos, intenciones y consecuencias, la situación es despojada del significado que tiene para ella, de modo que queda totalmente confundida y alienada”. No hay un castigo más espeluznante. Los pacientes saben cómo salen sus compañeros de esa sala, preparados para reintegrarse como sujetos válidos en la sociedad pero con la autenticidad del sí mismo mutilada. No les reconocen. Para María era la primera vez que tenía que entrar en la sala de reflexión. Desde que ingresó en el centro de reeducación no había mostrado mucho interés por obedecer las normas. Podía haber optado por lo que hicieron muchos de sus compañeros, mostrar sumisión, aceptar las intromisiones en su intimidad, mirar a otro lado ante comentarios despectivos hacia ella, hacia su familia, hacia todo lo que consideraba importante o cerrar sus labios ante las burlas y así evitar las correcciones violentas de los reeducadores. Podría haber optado por todo esto pero no lo hizo. Le gusta ser cómo es y está dispuesta a defenderlo hasta las últimas consecuencias.

 

 

Soy más resistente de lo que aparenta mi aspecto debilucho y mi corta estatura. Me siento sola y eso me ha hecho fuerte. Sé que la mayoría de las veces no me he mostrado realmente como soy, pero he aprendido que hacerlo me provocaba dolor y no puedo aparentar que me pueden dañar. Sé fingir que estoy bien cuando estoy mal y llorar y aparentar debilidad cuando quiero conseguir algo. Si quiero mostrarte una sonrisa la tendrás pero también probarás la fortaleza de mi mandíbula si decido atacarte. Tengo facilidad para encontrar las debilidades de los demás y aprovecharme para conseguir lo que quiero. Mi experiencia me dice que en el mundo solo sobreviven los que saben fingir porque ser uno mismo no está bien visto por quienes te rodean. Tienes que ocultarte y disfrazar tus sentimientos si no quieres que te hagan daño y preservar lo más preciado. Ser así me va bien y no quiero cambiar aunque haya acabado en este centro. Siempre me queda un espacio personal e infranqueable al que no puede acceder nadie si yo no quiero y esa es mi fuerza, lo que me permite resistir a los intentos de abordaje de los reeducadores. Les voy a demostrar que soy más fuerte que ellos. No voy a decir que no estoy preocupada por entrar en esa sala. He visto cómo han salido muchos de mis compañeros. Les arrebataron lo más auténtico que había en ellos pero confío en que mi fortaleza sea suficiente para resistir a sus intentos de amordazarme. Me están dando golpes en el hombro mientras camino por el pasillo. ¡Ya vale, no! No les debe parecer que voy suficientemente rápido pero yo marco mi ritmo por mucho que les frustre. La luz del pasillo siempre me ha parecido exagerada, iluminando cada rincón como una metáfora del empeño que tienen en descubrir cada peculiaridad de uno mismo para, finalmente, anularla. Sí, quiero probarme. Quiero saber si puedo ganarles. Todos mis compañeros se han despedido de mí como si no me fueran a volver a ver. He de reconocer que me he asustado porque ¿y si no vuelvo a ser yo? ¿No es una manera de morir? Si es así esta es mi manera de luchar por la vida. Cuando gire en este recodo del pasillo, al fondo veré la sala. Tengo sed. ¿Puedo beber un poco de agua? Estoy un poco nerviosa. Me cuesta tragar la saliva y siento mucho peso en el pecho. Me duele…tengo que cerrar un poco los ojos. Está la puerta abierta. No sé que me pasa. En la sala la luz es más intensa que en el pasillo. No quiero entrar. Me llamo María.

 

María…tú no existes.

 

 

SABES QUE ALGO PASO

Publicado el 18 Ee mayo Ee 2013 a las 3:00 Comments comentarios (0)

El tiempo se sostiene en equilibrio

sobre una cuerda fina


[La muerte y el tiempo

mi mirada]


se mueve con lentitud premeditada

en un espacio incognoscible


es un antes y un después

entremedias la irrealidad más real

apoyada por la espacial pesadez

que abotarga y afila los sentidos en un contrasentido


te mueves lentamente al compás

del tiempo

pero nunca has tenido tanta seguridad

de que tus pasos se dirigen a un punto concreto

a un lugar que no quieres ir

que se presenta en tu vida

sin permiso

que esperas y rehuyes

en ese absurdo pensamiento

de que tienes poder para evitarlo


cuando el tiempo se enlentece

sólo esperas que ocurra

sin saber qué tiene que ocurrir

sabiendo que ocurrirá


es la distancia entre crear y suprimir

entre estar y desaparecer

entre ver y no ver


[la muerte y el tiempo

mi mirada]

es la cercanía a lo que un día no serás

mas ahora has perdido un trozo de alma

EL TRAJE

Publicado el 14 Ee mayo Ee 2013 a las 14:15 Comments comentarios (0)

Llamo a la puerta. Hace más de dos semanas que no sé nada de él lo cual no es habitual. A pesar de las circunstancias, siempre se las ha arreglado para hacerme llegar una carta. Incluso aquella vez que cortaron todas las entradas del pueblo, y no se movía ni un mosquito sin que se enteraran, consiguió hacerme llegar unas líneas. Cada cinco días, a la primera luz del día antes de salir el sol, meto la mano en el hueco que hay entre unas piedras sueltas de la pared de la cuadra, buscando noticias suyas. Cuando mi mano roza el papel, lo agarra, como si se fueran a escapar cada una de sus palabras, y lo escondo entre la falda y el mandil. No me puedo arriesgar a que alguno de ellos me vea. Me meto en casa corriendo y me escondo en la despensa. Cierro la puerta y enciendo la pequeña bombilla para que me alumbre. Leer sus palabras me dan algo de esperanza, la posibilidad de que para nosotros otra vida es posible, pero ahora son demasiados días sin noticias suyas y empiezo a tener miedo. ¿Por qué tardan tanto en abrir?

 

 

Por las noches lo guardaba entre el somier y el colchón para que se alisara. Faltaba poco para que se celebraran las fiestas patronales y quería causar sensación entre las solteras y las viudas. Ya habían pasado tres años desde la muerte de su mujer y pensaba que era tiempo suficiente para buscarse una nueva compañía que cuidara de la casa y le hiciera la comida. Además, a los chicos no les vendría mal un poco de disciplina femenina. Al pequeño tenía que forzarle para que se duchara y eso no son cosas de hacer los hombres, pensaba. Sí, ya era hora de conseguir otra mujer y este traje le permitiría atraer sus miradas. Era el primer traje que tenía. Todas las tardes, al llegar de trabajar, lo sacaba de debajo del colchón y se lo ponía. Se miraba en el pequeño espejo que estaba enfrente de la cama de su habitación y simulaba tener conversaciones con damas imaginarias que se quedaban impactadas ante tanta elegancia, o bailaba agarrado a la almohada mientras tarareaba pasodobles. Poco a poco fue dando forma a las caras de las mujeres de sus ensueños y empezó a ambicionar a Antonia, la de Zacarías. Sabía que tenía que pasar algo de tiempo hasta que se acostumbrara a la ausencia de Zaca. Lo sabía. Estaba todo demasiado reciente.

 

 

Esa tarde se había puesto el traje y se miraba al espejo arqueando las cejas, fingiendo sorpresa mientras seguía el guión de su imaginación, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se giró a su izquierda y miró hacia el pasillo que llevaba a la puerta de entrada. ¿Quién sería a estas horas? Sus ojos alternaban la mirada a la puerta con la mirada al suelo mientras se apoyaba con la mano derecha en la cómoda del dormitorio, apretando una de sus esquinas hasta hacerse una herida en la palma de la mano con el pico de la mesa. Al notar el dolor, apartó la mano y se miró el hilo de sangre que se escurría entre los dedos. Cogió un pañuelo que estaba encima de una silla y apretó con fuerza la herida. Se lo ató en la mano y empezó a quitarse rápidamente el traje. Lo dejó encima de la cama y comenzó a vestirse con la ropa de faena que había dejado tirada en el suelo. Se miró al espejo y se dio el visto bueno. Empezó a andar hacia la puerta pero se paró a medio camino. No podía dejar a la vista el traje. Aún no. Dio media vuelta, lo agarró y lo lanzó dentro del armario entre el resto de la ropa. Volvió a pasar delante del espejo y se miró. Se pasó las manos por el pelo, aplastándolo. Le titilaban los ojos. Cogió aire y se encaminó hacia el fondo del pasillo.

 

 

Antonia – susurró- no te esperaba

 

Buenas tardes, señor Jaime, perdone que le moleste. Sé que no son horas pero me gustaría hablar con usted.

 

¿Quieres pasar?

 

No, no –contestó azorada- mejor aquí, en la puerta, ya sabe las malas lenguas que hay en este pueblo –continuó, esbozando una sonrisa

 

Tú dirás.

 

Antonia miró a los lados y bajó la voz de tal manera que casi era imperceptible.

 

¿Sabe usted algo de mi marido Zacarías?

 

No. ¿Pasa algo?

 

El rapaz de Lorenzo me ha dicho que su hijo, el pequeño, le contó que le habían visto ustedes hace unas semanas por aquel tema del dinero, ya sabe.

 

Sí, sí…

 

Zacarías me contó por carta, sabe usted, que se iba a reunir con usted para solventar aquello y con eso poder escapar, sabe usted, lejos de aquí.

 

Sí, sí…

 

¿Lo vio usted, señor Jaime?

 

¿Pero no has tenido noticias de él?

 

Desde hace dos semanas no sé nada.

 

Pues me dijo que la avisaría…no sé, no habrá podido…

 

¿Qué pasó, señor Jaime?

 

Poca cosa. Quedamos, ya sabes, en la finca que tengo a la vera del río, donde comienza la subida al monte de albero. Le pagué lo adeudado y nos ayudó a segar a mis hijos y a mí. Cerca ya de la caída del sol, se despidió y me dijo que después de esa noche se marcharía.

 

¿No le dio ningún mensaje para mí?

 

Ya sabes lo delicado de todo esto…pensé que se pondría en contacto contigo…mujer, el camino es muy largo y te hará saber cuando llegue, no te preocupes

 

 

Empezó a correr el rumor de que el escondido se había marchado. Ya habían pasado seis meses desde que la Antonia tuvo noticias de él. Los hombres comentaban entre susurros, sentados en los peldaños de las escaleras de las casas, mientras fumaban sus cigarros después de un día duro de trabajo, que por fin había conseguido romper el cerco y escapar. Pocas veces miraban a los ojos de los convecinos. Relataban sus teorías sobre lo que había ocurrido mirando a su alrededor, de esquina en esquina, escudriñando entre las sombras con la sospecha de que alguno de ellos estuviera al acecho. No era prudente hablar de esas cosas en público. Siempre te podían acusar de haberle ayudado. Yo me quedaba escuchando sus excéntricas teorías sobre la ruta que habría podido escoger. Solía estar acompañado por Santos, el pequeño del señor Jaime. Nos sentábamos en el suelo, cerca de ellos, mientras daban vueltas y vueltas sobre el tema. Santos cogía pequeñas piedras de la calle de tierra y las tiraba una a una al camino, con la mirada fija en el suelo. A veces, levantaba la cabeza y miraba a los hombres con los ojos muy abiertos para, a continuación, volver a quedarse ensimismado. Yo le observaba y sonreía. Le daba un golpe en el hombro y le preguntaba ¿estás bien? Santos me miraba encolerizado. Desde que me contó que su padre, su hermano y él habían visto al escondido, no había vuelto a decir nada. Su padre se lo había prohibido. Pero no hacía falta. Yo ya sabía. Me acercaba a su oído y le susurraba: tranquilo, tranquilo.

 

 

Había subido por el terraplén que estaba detrás del escenario que habían montado en la plaza. Miró el reloj y vio que eran las nueve en punto. Sacó un pañuelo y se limpió la tierra que se le había quedado pegada en las manos al agarrarse a unas piedras mientras subía. Miró a su alrededor. Estaba todo el pueblo. Se sacudió el polvo que se le había adherido a la pernera y se ajustó la americana del traje. Era de noche y estaba a punto de empezar la verbena de las fiestas. Pasaron corriendo unos muchachos y reconoció a su hijo Santos. Le llamó. Le puso una mano en el hombro y se agachó para decirle algo al oído. Al levantar la cabeza, vio que uno de los muchachos se había quedado mirándoles. Era el rapaz de Lorenzo. Volvió a mirar a su hijo. Vete a casa, no le tienes que dar más nada. La música empezó a sonar. El chico se escabulló entre los vecinos que ya ensayaban sus primeros pasos de baile. Matías, el hijo mayor, le había visto llegar y se acercaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, sorteando los cuerpos que se movían al compás de la música. Cuando llegó a su altura, el padre le dio un beso en la mejilla y le deslizó una navaja en el bolsillo del pantalón. Vete. Se sacó un pitillo de la cigarrera y se lo colocó en la oreja. Empezó a andar, con las manos en las solapas, mirando sonriente a los bailarines y levantando levemente la cabeza cuando le saludaban. Se situó en el centro de la plaza, entre el gentío, y giró sobre sí mismo, ahuecando los brazos como si bailara con alguien. Se balanceó de un lado a otro durante un rato hasta que se puso a la vera de Antonia, que bailaba con una de sus primas. ¿Quieres bailar?.

 

 

Matías se escondió detrás de una fuente, en el camino oscuro y pedregoso que llevaba al río. Muy cerca del lugar donde vieron por última vez al escondido. Apoyó la espalda contra la pared de la fuente y se quedó absorto mirando la oscuridad de la noche. No entendía cómo podían haber llegado a esa situación. Aquel día estaban los tres. Se habían sentado a la sombra de un castaño. Santos desplegó el mantel, raído y sucio, con los hilachos colgando. Cada uno de ellos sacó de su zurrón algo de comida. Matías sacó un poco de jamón y los restos de unas migas de pastor ya pasadas. Su padre les había dicho que creía que, ese día, bajaría. No pasó mucho tiempo hasta que escucharon cómo se movían unos matorrales enfrente de donde se encontraban. Era el escondido. Venía cargado con una maleta y una pequeña mochila colgada en la espalda. Su padre y el señor Zacarías se apretaron con fuerza las manos mientras pronunciaban efusivas palabras de reconocimiento. Matías recordaba el impacto que le produjo verle. Era de los pocos hombres que, sacrificando a su familia y todo lo que tenían, se habían atrevido a enfrentarse a aquellos que un día llegaron al pueblo y empezaron a decir lo que se tenía que pensar y hacer. Esos pocos, finalmente, se tuvieron que esconder o huir si querían salvar sus vidas. Era lo más parecido a un héroe que Matías había visto nunca. Ese día, Zacarías venía a cobrar una deuda. Había traído sus pocos enseres porque una vez que su padre le hubiera pagado huiría lejos. Se quedaron ambos hablando mientras Matías y su hermano pequeño preparaban las herramientas para la siega. ¿Por qué no nos ayudas a segar? Zacarías dobló la chaqueta del traje que traía y la dejó doblada encima de una piedra grande. Se arremangó la camisa y cogió una de las hoces. Era media tarde, el sol estaba cayendo. Mientras segaba, una hoz se levantó por encima de él y cayó sobre su cabeza. Cuando se acercaron ya estaba muerto. Su padre registró la maleta y metió en una bolsa parte de la ropa, el traje y el reloj que llevaba puesto y algunas pertenencias más. Lo enterraron al pie del castaño. Recogieron las herramientas de trabajo y regresaron al pueblo. Matías se había convertido en parte de las sombras de la noche, ensimismado en sus recuerdos, cuando escuchó el crujir de unas ramas. Se levantó y se abalanzó en dirección al lugar de donde había provenido el ruido. El rapaz de Lorenzo ya estaba muerto.

 

 

Le he dicho que sí porque…no sé…me ha pillado desprevenida y mi prima, empujándome hacia él. Me da vergüenza por lo que puedan pensar los vecinos...no sé…que piensen que estoy faltando el respeto a mi marido, que ando buscando algo aunque…por qué no. No se ha puesto en contacto conmigo en seis meses. Se marchó sin decirme nada y me ha abandonado en este pueblo de mala muerte. A ellos no les gusta que estemos solos y seguramente verán con buenos ojos que yo pueda rehacer mi vida con otro solitario y si ellos lo ven con buenos ojos…No para de mirarme, me estoy poniendo un poco nerviosa. Me gusta que me agarre tan fuerte como si no quisiera dejarme escapar aunque si Zaca me escribe y yo estoy con este…no sé. Igual ha tenido problemas, le ha pasado algo en su huida y yo no debería estar en el baile, divirtiéndome. Tendría que, a lo mejor, recogerme en la casa…no, no…qué dirían ellos. Lo mejor es que haga una vida normal y ahora, a ojos del pueblo, estoy sola. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío…no sé. Vaya, se acabó. ¡Está tan elegante! Ese traje le queda que ni pintiparado. ¿Cómo? Dice que ahora vuelve. Me va a traer algo de beber. Ay, me gusta mirarle, alejarse con ese traje tan bonito…hay algo en él que me resulta familiar. No sé.

CONVERSACION CON UN AMIGO

Publicado el 11 Ee mayo Ee 2013 a las 18:50 Comments comentarios (0)

A Pablo


Es el quemaiglesias

¿qué tal en el Bardo?

vivero de ácratas e insumisos

no lo conozco quemaiglesias


¿qué son tus ojos vidriosos?

redondeces imperfectas

de lágrimas solidarias


¡eh! ¿Sabes?

me hubiera gustado

voltear las campanas

de mi pueblo

tras la muerte de Franco

SOY UNIVERSO

Publicado el 7 Ee mayo Ee 2013 a las 6:05 Comments comentarios (0)

 

Siempre había tenido una extraña atracción por las noticias de muertes y asesinatos. Le fascinaba conocer todos los detalles y hojeaba, curiosa, los periódicos que encontraba, buscando cualquier mención, cualquier pista que le permitiera revivir en su imaginación lo que sucedió. Jugaba a ponerse en la piel de la víctima, sentir las emociones que precedían al momento de su muerte, la tranquilidad previa al asalto, el sobresalto al ver una sombra avalanzarse sobre ella, el pánico inmovilizador, bisbisear palabras de clemencia mientras unas manos rodean su cuello en busca del suspiro que acabe con la vida. Acababa temblando, acurrucada en la esquina de su habitación, mirando a la puerta en espera de que el picaporte comenzara a girar, despacio, tan despacio como los largos segundos antes de morir. Mira a los lados, moviendo sus ojos rápidamente en todas las direcciones, pero no hay escapatoria. La sombra es nuestra compañera de viaje y siempre nos alcanza. Se levanta temblorosa y se acerca a la puerta. Coloca su oído en la fría madera y escucha los latidos de la casa, los susurros fantasmales de los vecinos que viajan por los conductos de aire, los ruidos insondables que se desplazan por la cañerías de la vieja casa, los roces de su ropa en la puerta, que hacen que se estremezca al pensar que alguien está detrás suyo, alargando la mano para tocarla. No salgas, se dice, quédate en la habitación. Mueve el armario y bloquea la puerta. Abre la ventana y grita. Pero no salgas. No, no, no hay nadie. No hay nadie. Agarra el pomo con todas su fuerzas y comienza a girarlo lentamente, intentando hacer el menor ruido posible mientras se agacha, arrugando el cuerpo como si así pudiera librarse de lo que hay fuera y pasar desapercibida de eso que la espera. No hay nadie. La puerta se abre despacio. La negritud del exterior se funde con la de la habitación. Su mente dibuja en la oscuridad las formas de los muebles tal como están situados y el camino que la ha de llevar hasta el interruptor más cercano. Sale corriendo. Se tropieza con la cómoda y se golpea la rodilla con el pico de la mesa. Cae al suelo. Está a menos de un metro de la luz pero con el rabillo del ojo ve una sombra acercarse hacia ella. No sabe si va a llegar pero sólo puede intentarlo. Alarga la mano y presiona el interruptor. No hay nadie.


Las persianas están medio bajadas. Aún hay claridad aunque empieza a notarse como los días son cada vez más cortos. Está sentada en el sofá del salón mirando una fotografía de la mujer. Le gusta su sonrisa. La casa es grande. Demasiado grande para vivir sola, piensa. Los pasillos interiores son oscuros y largos. Una puede imaginar que al fondo, en la oscuridad, hay algo que la espera para atraparla. Sí, son de esos pasillos. La casa de sus padres también tenía largos pasillos. El suelo era de madera que gemía bajo los pasos de sus pequeños pies y temblaba, cada vez que tenía que adentrase en la oscuridad. Al lado del comedor, había una galería con una ventana desde donde podía ver, agazapada, quién venía, quién se acercaba. Por las noches, soñaba que estaba escondida, junto a su madre, y venían a por ellas. Sombras, vestidas con largas ropas oscuras, ocultando sus rostros, se arrastraban calmosas hacia ellas. No podía ver sus ojos pero sabía que las miraban y que por mucho que se escondieran, las alcanzarían. Susurraba a su madre que no quería, que no quería que la tocaran. Acercaba su cabeza a la suya mientras resbalaban las lágrimas por la piel de su cara. Las sombras estaban tan cerca que ya alargaban sus manos para cogerla. Sentía un fluido caliente deslizarse entre sus piernas y una presión creciente en el pecho. Alzó la vista y vio sus manos. No podía gritar. En ese momento, se despertaba. Recordaba aún aquel sueño con mucha angustia. Bah, es solo un sueño. Encima de la mesa del salón había un periódico, abierto por la mitad. Lo cogió y empezó a leer. Una mujer de 83 años había matado a golpes a una vecina de 80. Según la noticia, la asesina estaba loca y su hijo la tenía que mantener atada a una cama para controlar sus raptos de locura. Un día consiguió romper las ligaduras, que ataban sus manos al cabecero de la cama, con los dientes. Se levantó, abrió la puerta de la casa y bajó las escaleras. Apoyada en el pasamanos se encontró a la vieja vecina, que solía pasar gran parte del día viendo bajar y subir a los vecinos del edificio. Comenzó a golpearla con sus propias manos hasta que la mató. Después, se fue a la cafetería de enfrente y pidió un desayuno completo. Esto la recordó que tenía hambre. Dejó el periódico encima de la mesa, se levantó y fue hasta la cocina. Abrió la nevera y cogió un par de yogures, una manzana y un poco de queso. Se sentó encima de la mesa de la cocina y apoyó la espalda en la pared. Se puso a morder la manzana y descubrió la comida recién hecha que estaba encima de la vitrocerámica. Anda, estaba cocinando, pensó. Terminó de comer y salió de la cocina. El baño estaba enfrente y entró a lavarse los dientes. Comenzó a hacer muecas delante del espejo, simulando miedo, sorpresa, terror, indiferencia y asco. Deformaba las líneas de su cara mientras que, a cada poco, le entraba la carcajada y agachaba el cuerpo, frente al lavabo, agarrándose el estómago muerta de la risa. Volvía a enderezarse y se miraba, con gesto severo ante el espejo. He muerto, repetía en voz alta e imaginaba cuáles serían las reacciones de las personas que la conocían. Se ensimismaba pensando en su muerte, fingiendo dolor con un rictus serio y triste o falsa sorpresa ante la imaginaria noticia. Una vez cansada de la pantomima, salió del baño y empezó a andar, lentamente, mirando las fotografías con marcos baratos colgadas en las paredes del pasillo. Se paró delante de una en la que aparecía la mujer con dos niños. Serán sus hijos, pensó. Se giró y se situó enfrente de la puerta. Era la hora de entrar.


Si sentirse e imaginarse como víctima es emocionante, jugar a ser una asesina, sentirse la única dueña de la vida de los demás, provoca una sensación orgásmica. El juicio moral sobre lo que implica acabar con la vida de una persona era algo que no la interesaba. Le provocaba hilaridad escuchar los calificativos que la gente ordinaria vertía contra aquellos que un día decidieron que alguien no debía volver a respirar. No habían experimentado jamás el placer de sentir cómo la vida se escapa entre tus manos, pero se permitían el lujo de juzgar, con los adjetivos más desagradables, a aquellos que se sitúan tan cerca de dios. Experimentar las sensaciones que provoca, está por encima de la vida de cualquiera. Ver la cara de la muerte sin retirar la mirada nos acerca al infinito y nos funde con la esencia del universo. Somos, de hecho, universo en ese momento. Se imaginaba en una entrevista televisiva, en horario de máxima audiencia, diciendo todo esto. Mirando fijamente a la cámara mientras decía “soy universo” ante la admiración respetuosa del entrevistador. ¿Por qué lo hiciste? Si me pides que te diga si hay algún motivo por el que estrangulé a esa mujer, si ella hizo algo para que yo acabara con su vida, la respuesta es no. De hecho, me cayó bien desde un principio. Simpática, agradable y muy respetuosa. Desde que la conocí empecé a imaginar cómo sería su rostro poco antes de morir. Un día provoqué un encuentro casual en la calle. Hacía tiempo que no pasaba por la tienda de telas que regentaba y yo no dejaba de fantasear. Recordaba la zona por la que me dijo que vivía así que me acerqué varias tardes para localizar con exactitud su casa. Hasta que le vi. Subía por la calle con las bolsas de la compra. Cansada, las dejaba cada poco en el suelo. Un señor se ofreció a ayudarla. La acompañó hasta un portal, abrió la puerta y desaparecieron en la penumbra del portal. Estaba excitada. Por fin le había encontrado. Me acerqué al portal y llamé a uno de los timbres del portero automático. Publicidad. Me abrieron y entré. Los buzones estaban a la derecha de la puerta y busqué el nombre de la mujer. Allí estaba. Mi cabeza estaba llena de ideas atropelladas y casi no podía pensar. Los días siguientes, después del trabajo, amparada en la oscuridad de la noche, iba hasta el portal y llamaba a su timbre. Contestaba pero yo no decía nada. Me decía, asustada, que escuchaba mi respiración y que iba a llamar a la policía. Me iba. Un día la esperé en la calle. Me hice la encontradiza. Qué sorpresa. No esperaba verte por aquí. Hace tiempo que no te veía. Le dije que a ver si nos veíamos un día y le contaba una cosa sobre una clienta que ella conocía. Si quieres subir a casa. Vivo aquí al lado y nos tomamos un café. Subimos y le conté un cotilleo, una mentira, pero qué más daba. Ya estaba dentro. ¿Qué sentiste al matarla? Aquel día no lo hice. Quería imaginarlo primero, paso a paso. No dejar nada a la improvisación. Sabía que vivía sola y me había ganado su confianza así que no había prisa. Esa mujer ignoraba que su vida dependía de mis pensamientos, de mis decisiones, que cada segundo con vida era gracias a mí. Era poseedora de lo más preciado de las personas y podía hacer con ello lo que quisiera. Levantar mi pulgar hacia arriba o colocarlo hacia abajo. Cuando estuve preparada, la maté. No hay mucho más que contar. Matar es muy sencillo. En este momento, el público invitado a plató, no pudo más que aplaudir.


Alargó la mano hacia el picaporte y lo giró lentamente. La puerta se abrió mientras los goznes chirriaban suavemente. La habitación estaba en penumbra. Apenas unos hilos de luz se filtraban por los agujeros de las persianas. El suelo de madera avanzaba cada uno de su pasos, resonando en el silencio de la casa. Se colocó en el centro de la habitación y miró a su alrededor. No era una habitación muy grande. Una cama de matrimonio, una cómoda y una estrecha librería, donde acumulaba algunos libros, fotos familiares y pequeñas figuras de porcelana. Había algo de ropa tirada a los pies de la cama. Se agachó y la recogió. Comenzó a doblarla con cuidado y la colocó en el interior del armario empotrado. Le gustaba que cada cosa estuviera en su sitio. Se fijó que en la mesita, al lado de la cama, la lámpara de noche se había caído. La levantó y la colocó de nuevo en su lugar. Bien. Todo parecía en orden. Se sentó a los pies de la cama. Estaba relajada. Durante mucho tiempo se había preguntado qué sentiría en esos momentos. A veces se había imaginado que estaría muy nerviosa, otras contenta pero nunca había imaginado que pudiera sentir esa calma. Cree que es hora de marcharse. Mira detrás suyo y ve el cuerpo de la mujer tendido en la cama. No respira. Se levanta y se acerca. Retira la sábana que cubría su cabeza. Le gustaba su sonrisa, recuerda. Acaricia sus cabellos rizados y le da un beso en la frente. Sale de la habitación y avanza por el pasillo. La oscuridad queda a su espalda. Mañana comprará el periódico. No quiere perderse la sección de sucesos locales. Abre la puerta de la casa, con cuidado de que no la vean, y desaparece. En las escaleras, se oye una conversación entre vecinas. En la casa, sólo hay silencio.


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