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QUE ME ESTA PASANDO

Publicado el 28 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00

Le costaba asomarse por encima del muro de hojas y ramas que rodeaba el lugar donde dormitaba la mayor parte del día. Apenas llegaba a asomar el pico, sostenido levemente por sus dos débiles patas, y se caía hacía un lado cuando no era capaz de mantener el equilibrio. Si esto ocurría, se quedaba recostado sobre su espalda de plumas y miraba hacia el cielo. Pasaban las nubes con múltiples formas y dejaba volar su imaginación. Se veía a sí mismo agitando las alas, atravesando tan extrañas formas o dejándose mecer por la caprichosa fuerza del viento. No tenía mayor ilusión que poder volar y deseaba que llegara el día en que sus feos muñones se transformaran en perfectas alas. Cada vez notaba que sus articulaciones estaban más fuertes y aguantaban durante más tiempo sus correrías y saltos pero consideraba que sucedía de forma muy lenta. Aún no eran tan fuertes como para permitir asomar su pequeña cabeza y ver qué había más abajo del cielo. Quería que todo fuera más rápido y tener la libertad de volar hacia donde quisiera, sin los límites de esas cuatro paredes que le rodeaban. Creía que, con la ayuda del viento, podría llegar al más recóndito rincón del universo, subir al cielo y bajar al más allá cuando le viniera en gana. Pero, ahora, apenas levantaba su pico unos centímetros por encima del perímetro del nido y su mirada se enredaba entre las ramas que formaban las paredes que le encerraban.

 

Cuando se concentraba era capaz de notar cómo sus articulaciones iban creciendo y se fortalecían. Podía notar cómo la sangre corría en su interior como un torrente y, si aguzaba el oído, escuchar el ruido que provocaba su avance. Le hacía sentir que la vida se abría paso en su interior, poco a poco, pero de forma inevitable. Probaba la flexibilidad de los muñones, que un día se convertirían en alas, y flexionaba cada una de sus patas, impulsándose en el aire y regresando rápidamente al suelo como un muelle. Caminaba alrededor de las paredes del nido, aspirando y espirando continuamente, y agitando los muñones en tanto cerraba los ojos e imaginaba que el viento le golpeaba la cara mientras volaba entre jirones de nubes. Pensaba en tejer una túnica de nubes que le permitiera flotar, planeando, mientras oteaba lo que hubiera más abajo del cielo. Su imaginación no dejaba de crear posibilidades, alternativas que le permitieran hacer más estimulante la monótona vida en su solitario habitáculo.

 

Un día, al despertarse, se encontró rodeado de plumas. Su cuerpo apareció pelado, rosáceo y expuesto ante el mundo. No sabía qué es lo que le había pasado. Vio sobrevolar a otras aves que se le quedaban mirando, con el pico abierto, y se comunicaban entre ellas, con evidentes gestos de sorpresa, mientras le señalaban con sus alas. Cogió las plumas con el pico y las levantó en el aire dejándolas de nuevo caer en el suelo, sin creerse todavía lo que estaba ocurriendo. Notaba que el aire estaba más enrarecido en el interior del nido. Le costaba respirar y tuvo que levantarse sobre sus patas para aspirar un aire más limpio. Qué me está pasando. Miraba su cuerpo desnudo, ensimismado, buscando en su interior una explicación de por qué había perdido su plumaje. No sabía si estaba provocado por alguna enfermedad o era debido a la estación climática pero, hasta lo que él conocía, los miembros de su especie no mudaban la pluma. Aquello no era normal.

 

Aquel día solo fue el inicio. Empezó a crecerle pelo por todo el cuerpo y sus dos muñones adquirieron una forma extraña, más largos, y acabados en dos manos con cinco apéndices cada una que le permitían agarrar las cosas de su alrededor, tocar su cuerpo cambiante y alcanzar alguna de sus partes desconocidas. La espalda era una de ellas y, en los últimos días, había notado un dolor intenso que se transformó en dos pequeñas deformaciones semejantes a tocones. Se sentía avergonzado por esos cambios tan extraños y recogió, con sus nuevas manos, restos de hojas y ramas para construir un pequeño tejado que le permitiera ocultarse de las miradas curiosas. No quería que vieran cómo se estaba transformando en un monstruo. Notaba cómo su cuerpo se iba modificando sin que pudiera hacer nada para evitarlo más que observar, a veces con miedo, a veces con curiosidad, los cambios que se producían. Los tocones de la espalda, para su sorpresa, empezaron a crecer y a cubrirse con un plumaje de color grisáceo como si fueran alas, nacidas en un extraño lugar. Su rostro, del que se cayó el pico y en su lugar apareció una abertura con pequeños dientes blanquecinos, empezó a cubrirse con una barba espesa y desordenada al igual que en su cabeza aparecieron largos cabellos despeinados. De la abertura de la cara empezaron a salir desconocidos sonidos, a veces melodiosos, a veces desgarrados alaridos, que cada vez fueron haciéndose más familiares. Hasta que un día se escuchó decir lo que tanto había pensado: ¿qué me está pasando?

 

Ya era invierno y sentía que el proceso de transformación se estaba acabando. La nieve empezaba a caer, formando una fina y blanca capa sobre sus cabellos. Las alas de su espalda, que habían crecido hasta alcanzar casi los dos metros, le permitían sobrevolar el pequeño nido aunque su elevado peso le había hecho dudar sobre si esas alas podrían cumplir su función. Sus brazos, poderosos, se habían convertido en extremidades fibrosas de extraordinaria fuerza. Aún así sentía vergüenza por ser diferente a todas aquellas aves que comenzaron a admirarle desde lejos, temerosas de que aquel monstruo pudiera hacerles daño. No se atrevía a mostrarse a la luz del día y esperaba a la puesta de sol para asomarse tímidamente. Miraba a su alrededor y comprobaba que no había nadie para desplegar sus alas y elevarse en el aire. Se sentía raro pero cada vez estaba más cómodo con su nueva forma. Lejos de las miradas de los otros, se recreaba en el cielo haciendo piruetas y forzaba hasta el límite que su nuevo cuerpo le permitía. Escuchaba voces que venían de abajo del cielo y se sentía atraído por ellas. ¿Quiénes eran aquellos seres que caminaban por el suelo pero que no podían volar? Se sabía parecido a ellos pero distinto, igual que con sus congéneres voladores. Parecido pero distinto. De nada le servía seguir escondido entre las sombras. Debía mostrarse tal como era. Salir con la luz del sol y sumergirse en las nubes, y con la ayuda del viento llegar al más recóndito rincón del universo. Lo que siempre había soñado.

Categorías: Relatos

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