Blog: Algo que contar

LA SONRISA DE MUSA

Publicado el 18 Ee febrero Ee 2014 a las 18:15 Comments comentarios (0)

Cuando las palabras no salen, queda la emoción. Siento el vacío pero cuando miro hacia atrás solo puedo sonreír. Escucho sus ladridos, veo sus ojos brillantes, su cola moviéndose de un lado a otro y, sobre todo, no dejo de sorprenderme de su sonrisa. La sonrisa de Musa.


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Algunas notas autobiográficas III

Publicado el 13 Ee febrero Ee 2010 a las 18:55 Comments comentarios (2)

La primera vez que escribí algo propio, originado en mis reflexiones, fue en el lateral de un viejo armario. Tendría unos doce años. El paraíso no es un lugar ni un... (ya no me acuerdo), es simplemente libertad. Lo grabé en la desgastada madera de un armario con un punzón que utilizaba en las manualidades de clase. Tenía ideas en la cabeza que no compartía con nadie y las transcribía en hojas sueltas de los cuadernos que después escondía, preocupado de que alguien las descubriera y pensara que era un tonto. Tenía miedo de que alguién pudiera utilizarlas y burlarse de mí, ya que muchas de las cosas que escribía se referían a mis miedos, inseguridades y frustraciones que me acompañaron durante la adolescencia.

 

Cuando murió mi padre, tenía 17 años. Escribí mi pimer poema, Fragmento de un recuerdo, a partir del dolor que me produjo su muerte, recordando un momento especial entre los dos cuando yo era pequeño. La realidad es falsa, sólo es verdad ese momento. Pensaba que olvidar es muerte y por eso recuerdo a mi padre todos los días desde entonces. No de esa manera en la que se agarra a los muertos de los huevos y no se les deja marchar, sino desde la voluntad de tener presente a una persona a la que quise mucho y sentir que vive aunque sólo sea en mi memoria. Aún así, el tiempo erosiona y es triste comprobar cómo empiezas a olvidar los detalles. Ya ni me acuerdo de cómo sonaba su voz. 20 años después volví a reescribir el poema y lo titulé Una Trayectoria posible que, gráficamente, representa el camino, entre mi casa y el colegio, en el que se produjo el momento especial que evoqué en el pasado. Las escaleras por las que bajaba corriendo desde el tercer piso de la Pensión Madrid, que regentaba mi madre, cogiendo velocidad en los descansillos para impulsarme, agarrado al pasamano de madera, y volar por encima de los escalones hasta el siguiente descansillo. Al salir a la calle, me encontré con mi padre que me estaba esperando para llevarme al colegio. No me lo esperaba. Me cogió de la mano, la apretó y la acarició con sus grandes dedos. No sé describir todo lo que sentí pero esa caricia la recordaré siempre. No era un buen momento para él. Tristeza y arrepentimiento, posiblemente. Una trayectoria posible. No lo sé. Tenía 9 años.

 

De todas formas, mi necesidad de escribir no surgió del dolor, aunque en algunos momentos la alimentó, sino de la necesidad de contar, de poner en palabras aquellas cosas que pensaba, sentía o vivía. También de diferenciarme, por supuesto. Escribía poemas, relatos y reflexiones. Los guardaba en una carpeta y elegía cuidadosamente a las personas que se lo enseñaba, siempre con cierto temor al qué pensarán. Aún lo sigo haciendo. Digo escribir, porque ya no tengo ningún reparo en mostrar aquello que escribo y que escribí en su momento. Parte está visible en esta bitácora. Sólo guardo una excepción, un fragmento de un recuerdo, porque se enlazaron dos almas y se contaron un secreto. Sí, en aquella época creía en el alma.

 

Los sueños de mis miedos

Publicado el 30 Ee diciembre Ee 2009 a las 17:55 Comments comentarios (0)

Durante muchos años pensé que había empujado intencionadamente a aquel chico de mi clase de preescolar que se había golpeado la cabeza contra la piedra de un pozo, en el centro del patio, y que le había provocado una sangrienta brecha en la frente. Era un recuerdo tan vívido y una culpa tan punzante, que me atormentaba. Nada de esto ocurrió. Era un recuerdo falso, probablemente soñado. Ni empujé a ningún compañero de clase ni existía ningún pozo en el patio del recreo. La frontera entre los sueños y la realidad despierta es muy ténue en la llamada tierna infancia, tanto que los sueños se convierten en pesadillas tan reales que amenazan tu presente despierto. Esta experiencia infantil la podemos volver a experimentar en nuestra edad adulta a través de la locura y de los estados febriles, que convierten un viejo armario en un terrible monstruo, tan real, que provoca el salto por la ventana del enfebrecido individuo en su desesperada huida. No, no quiero escribir sobre la locura ni los estados febriles, que aún así, hemos de reconocer que están detrás de muchas de las decisiones de esa élite que dirige el caminar del mundo. Sólo quiero hablar de sueños. No de esos que quieren cambiar el mundo sino de aquellos que tenemos y tememos, más modestos, que tienen que ver con nuestros monstruos interiores y que tratan sobre nuestros miedos más íntimos, infantiles e irracionales.

 

Cada vez que cerramos los ojos y nos disponemos a dormir, aunque no es imprescindibe como es bien conocido, nuestro interior se llena de imágenes que van y vienen, deformantes, incongruentes, alucinantes y reales, tanto que creemos que estamos dentro, viviéndolas como una realidad paralela. Es tan extraña que pueden protagonizarlas personas que conocemos, pero que tienen otra cara distinta. Tan extraña, que podemos evadirnos de las leyes de la física que rigen nuestro otro mundo despierto. Tan extraña, que nos provoca emociones tan naturales como la sorpresa, la alegría o el miedo.

 

Alguno de mis sueños estaba relacionado con mis miedos, alguno de ellos tan simple como perder a las personas que querías o la capacidad o no de afrontar situaciones en las que tienes que dar una respuesta efectiva. En mis sueños me he quedado mudo, paralizado, débil, sin apenas fuerzas para huir de aquello que me acechaba y que no sabía qué era, sólo que me quería hacer daño. Sueños esencialmente frustrantes que en la resaca de la vigilia pensaba en que eran reales. En mis sueños he perdido o no he conseguido aquello que en mi realidad despierta sí había logrado. Me ha acariciado la mano que quería alejarme de quienes más quería, he visto sus ropas oscuras y sus caras cubiertas. He visto muchedumbres que me miraban sin ojos y me cercaban. He escuchado ruidos y he visto sombras acercarse velozmente hacía mi en la oscuridad. Todos, todos ellos, eran sueños de mis miedos. O son, no lo sé.

 

 

Algunas notas autobiográficas II

Publicado el 12 Ee noviembre Ee 2008 a las 0:05 Comments comentarios (0)

Lo único que me gustaba cuando iba a misa era cantar. La mayor parte del tiempo lo pasaba mirando a las ovejas de diferente pelaje que frecuentaban el lugar santo, viejas beatas que encendían velas bisbiseando oraciones por sus seres queridos, que me mandaban callar o me miraban severamente cuando hacía un poco de ruido. Normalmente, estaba algo distraído, algo aburrido, dejando que mi imaginación jugueteara con otros lugares y otros personajes que burlaran los sermones aburridos del respetado cura. Pero cuando llegaba el momento de cantar, entonces, ese niño, taciturno y soñador, se transformaba en un hermoso querubín de voz angelical. Los cielos se abrían y legiones de ángeles me acompañaban con sus trompetas. Pensaba que todas las miradas se dirigían hacia mí, tan hermosa era mi voz, y se admiraban al presenciar tamaño espectáculo musical. La realidad era que, entre tanto berrido, mi voz de Joselito no podía por más que destacar. Quiénes solían berrear más y peor eran los propios curas de tal manera que, cuando uno cantaba bien, era una noticia que corría de boca en boca entre los feligreses. Por mi parte, una vez entonado el último verso del Hosanna sólo pensaba en reunirme con mis amigos en el parque, los cuales estaban desperdigados por la iglesia al lado de sus piadosos padres. Una vez en el parque, entre pavos reales, faisanes y palomas, una de mis amigas señaló, asustada, hacia las sombras que proyectaban los matorrales y decenas de árboles, hacia la oscura intimidad del jardín. Había visto algo. Algo horroroso que le impedía vocalizar correctamente. La rodeamos preocupados. El análisis pormenorizado de su tartamudeo nos permitió saber a quién había visto. No era otro que Satán. La ladina encarnación suprema del mal estaba allí, escondido entre los árboles, asustando al grupo de niños que recién habían recibido a Jesús. Por mucho que me fijé, no vi nada. Entiendo que sólo a los privilegiados se les permite ver estas cosas, seres con una especial sensibilidad como Santa Teresa de Jesús, los pastorcitos de Fátima o la vidente de El Escorial. Quien podía ver a Satán, o bien era un santo o estaba poseído. Como muy santa no era, decidimos en grupo, por mayoría unánime, que nuestra amiga estaba poseída.

 

 

Jesusito de mi vida, eres niño, como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Todas las noches me tocaba rezar esta cantilena, arrodillado frente a una pequeña escultura de un bebé jesús, con su aureola de metal, acostado en una alfombra blanca. Muchas de las oraciones que me sabía de memoria las he olvidado a pesar de que mis confesores me las hicieron repetir en muchas ocasiones para limpiar mis pecados y conseguir la absolución. En la última de mis confesiones, el señor cura, escondido en la oscuridad del confesionario, apenas vislumbrado tras los arabescos de la ventanita, escuchaba los terribles crímenes cometidos por un niño, que pensaba que jolín era una palabrota. El cura, fuera de sí, tras conocer que había pegado un empujón a mi hermana y había dicho un taco, me echó una filípica de padre y señor mío. Asustado, corrí hasta casa y se lo conté a  mi madre. Me dijo que no me preocupara y que no volviera. Como buen hijo, escuché a mi madre y la obedecí. No volví a pisar una iglesia. Tenía once años. Años después mi madre me aclaró que lo que me quiso decir es que no volviera a confesarme con ese cura. Demasiado tarde.

Algunas notas autobiográficas I

Publicado el 17 Ee junio Ee 2008 a las 17:40 Comments comentarios (0)

Acababa de terminar un dibujo y me levanté para enseñárselo a mi tutora. Ni siquiera me fijé que había una cola delante de mí y me planté al lado de la monja profesora. Lo siguiente que sentí fue la mano de ésta sobre mi cara enseñándome la importancia de guardar la cola por respeto a mis compañeros. El tortazo que recibí fue de tal calibre que aún lo recuerdo. De hecho, es uno de los dos recuerdos que tengo de mi paso por el parvulario del Colegio de El Apostolado de Valladolid. El otro, más que un recuerdo es un sueño que pensé que ocurrió en la realidad. En el patio del colegio había un pozo y yo estaba jugando con un compañero de clase. De repente, sin que nada ocurriera entre los dos, le empujé contra el pozo y se golpeó la cabeza. La sangre corrió por su cara. Este hecho sólo ocurrió en mi cabeza pero durante mucho tiempo me sentí culpable y no entendía por qué lo había hecho. También pensaba que era capaz de cambiarme el brazo izquierdo por el brazo derecho a partir de un complicado movimiento de brazos. La EGB la comencé en el Colegio San José. En primero me enamoré perdidamente de mi profesora. No recuerdo su nombre aunque me viene a la mente el nombre de Amparo. Para los que me conozcan en el ahora, saben que ese amor se truncó y cada uno de nosotros recorrió un camino diferente. En tercero, yo era uno de los objetivos del borrador del cura profesor que salía volando de vez en cuando en busca del alborotador. Su puntería era asombrosa. Se notaban los muchos años de experiencia lanzando proyectiles. Su mano, con un anillo tamaño piedra enorme, también se convertía en martillo golpeador de cabezas alborotadoras y alborotadas.

Un día iba corriendo al colegio y al cruzar la calle santuario, un autobús escolar me atropelló. Recuerdo haber mirado antes de cruzar, tal como me habían enseñado mis padres, y no vi ningún vehículo. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido, volví a girar la cabeza y me encontré con la delantera del autobús dispuesto a acabar con mi frágil vida. Rodé por debajo hasta que frenó. Me quedé unos segundos sin conciencia y al despertar, sin saber donde estaba, me intenté levantar golpeándome contra el chasis. Volví a quedar sin conocimiento. Segundos después, me arrastré hasta la acera donde el conductor, desencajado, pensaba que me había matado. Al levantarme, me miré los pantalones, vi que estaban rotos y pensé que buena iba a ser la bronca que me iban a echar. El conductor me preguntó si estaba bien y le contesté que perfectamente, que me iba corriendo al colegio porque llegaba tarde. Debió pensar que estaba chalado. Me señaló la cabeza y me informó de que estaba sangrando. Lo siguiente que hice fue ponerme a llorar. Justo enfrente había un sanatorio. Ya que tengo un accidente, intento que sea cerca de un hospital, centro de salud o, como en este caso, un sanatorio, para no perder tiempo. Lo primero que hicieron fue llamar a mi tutor, el cura del anillo gordo. Le dijeron que allí tumbado en la camilla estaba uno de sus pupilos con la chola abierta. Lo siguiente fue preguntarme por mis padres. Mi mayor preocupación en ese momento era cómo se lo iban a decir, especialmente a mi madre. Les pedí que fueran cuidadosos. En esto que llega mi tutor. Se coloca al lado de la camilla y me coge la mano. Me decía que yo era un chico muy valiente mientras la enfermera me cortaba el pelo alrededor de la brecha y lloraba desconsoladamente del dolor. Nunca me han cortado el pelo con tanto dolor. De hecho, los puntos ya ni me dolieron. Me pusieron una gasa tapando la herida y me dieron una palmadita en el culo. Hala, ya está. Al salir, mis sorprendidos padres, sentados al lado del conductor que se comía las uñas, vieron acercarse a su pobre hijo acompañado por la enfermera. Les habían dicho que un desconocido, que decía que les conocía, estaba ingresado y quería verles. Habían venido por curiosidad pensando que era una broma. Bueno, con todo esto, lo que quería decir es que el cura, desde ese momento, dejó de darme capones en la cabeza. Tuvo que atropellarme un autobús escolar para que dejara de golpearme. La gasa la llevé durante al menos un mes. En clase era algo similar a que te escayolaran un brazo o una pierna. Mostraba con orgullo mi herida de guerra. Cada cierto tiempo tenía que ir al médico de cabecera para que me curaran. Una vez, una señora con su hijo, al verme entrar en el consultorio, se empezó a partir de risa mientras me señalaba con el dedo. Le debía hacer gracia ver a un niño con una gasa en la cabeza. Aún no le encuentro el chiste.

Yo tenía una parte diabólica. Tras mi apariencia de niño bueno, casi un ángel, se ocultaba una parte poco amistosa. En la vida llega un momento que tienes que elegir qué parte de ti quieres. Al igual que Bush, elegí el lado de los malos. Sí, ha habido momentos en los que me comporté como un Bush en miniatura. Junto con un compañero de clase, extorsionábamos a otro compañero. Le pedíamos dinero para comprar cromos. Si no nos lo daba le amenazábamos con terribles consecuencias. Un día, se negó a darnos cinco duros y comenzamos a pintarle los pantalones mientras el cura del anillo gordo escribía algo en la pizarra. Al día siguiente, apareció la madre del chico con el pantalón en la mano. Como podéis imaginar, no sacamos un diez en aquella asignatura. Realmente, ésto fue lo más grave que hice. Alguna vez que otra me pegaba en el patio y participé en batallas a pedradas. Cuando descubrí las palabrotas, esas palabras dichas habitualmente por los adultos, me sentí muy mayor. Para demostrarlo, nada más salir por la puerta del colegio donde las abnegadas madres esperaban a sus angelitos, le dije a un amigo que qué pedazo de hijo de puta era. En plan broma, claro. Lo dije tan alto que, en un radio de cinco metros, todas las madres se dieron la vuelta y me miraron con cara de alucinadas. Seguramente, algunas pensaron que esas palabras sólo se podían escuchar en el infierno. Mi amigo también me miré con cara de alucinado. Era una época llena de mojigatas.

Sorpresa Inopinada

Publicado el 7 Ee diciembre Ee 2007 a las 13:25 Comments comentarios (0)

He de decir que no será por falta de informes de mi vida laboral. En el día de hoy tengo dos, sin contar uno que ya he entregado (realmente vivo en la abundancia). Uno lo saqué desde mi ordenador. Gastas tinta y papel, es el único inconveniente, pero no importa. Me jacto de no ser excesivamente miserable. El segundo me lo enviaron por correo en respuesta a la petición que realicé en la Tesorería. No fueron cuatro ni siete días, fueron ocho los que tardaron. Afortunadamente no se llegó a los mas negros augurios que hablaban de quince días pero hace veinte años me hubiera acordado de la madre de mas de uno. El tercero llegó de forma inopinada. Perdonen la palabra pero es la primera que me vino a la mente cuando abrí el sobre del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. ¡Qué sorpresa más inopinada!, exclamé. Dentro,  me encontré un nuevo informe junto a un pequeño cuestionario de satisfacción que me dispuse a completar con diligencia. Todo ello enmarcado en la Campaña de comunicación a los trabajadores del 2007. En definitiva, de la nada a la abundancia. Sólo espero que pueda dar un buen uso a tanta información sobre mi persona.

La vida laboral

Publicado el 7 Ee diciembre Ee 2007 a las 13:25 Comments comentarios (0)

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Son las 09:30 de la mañana del lunes 8 de octubre. Estoy en la Tesorería de la Seguridad Social de la calle de la cruz, 7, con el objetivo de conseguir un informe de vida laboral. Cojo un número y me siento en la sala de espera, atento a la pantalla donde informan de los turnos. No espero mucho. Aparece en pantalla el D112. Qué bien, no voy a tardar demasiado. Me siento en la mesa número 7 delante de una funcionaria.


Yo: Buenos días, quería un informe de vida laboral
Funcionaria 1: Tiene que rellenar una solicitud y le enviarán la vida laboral en, apróximadamente, una semana.


¡UNA SEMANA! Atención: estamos hablando de un papelito escrito por una cara cuyo contenido lo tienen dentro de sus ordenadores, introduciendo únicamente mi nombre y apellidos y mi DNI. Con una impresora pueden sacarlo en papel, dármelo y continuar con otra persona. Pues no.


Yo: La última vez me lo dieron en mano
Funcionaria 1: Asi era antes pero ahora se envía por correo al domicilio.


Es decir, que no es que se hayan estropeado los ordenadores o se hayan quedado sin papel en la impresora o alguna otra incidencia técnica sino que se debe a una mejora en el servicio. Vaya, vaya, antes te lo daban en mano y ahora, con la mejora, tardan 7 días.


Yo: Pero lo necesito urgentemente, para antes de una semana, ¿no hay alguna manera de agilizar la solicitud?.
Funcionaria 1: No.
Yo: Alguna otra oficina donde...
Funcionaria 1: No, ahora se envía por correo.


Por correo ordinario, claro. Nada de certificado urgente, quita, quita.


Funcionaria 1: la solicitud la puedes recoger en información, en el piso de abajo. Cuando la hayas rellenado vuelves y me la das.
Yo: Vale.

  Dibujo

 

Antes de bajar miro a mi alrededor y veo una hoja informativa que dice que para la solicitud de la vida laboral hay que llamar a un teléfono para agilizar la petición. Bueno, básicamente te ahorran ir a la Tesorería, que no es poco. Ahora, la tardanza es la misma. En información, un señor, tan atareado que ni siquiera me mira, me da una solicitud. Subo de nuevo, la relleno y me acerco a la funcionaria.


 

 

Yo: Perdone, se lo puedo dar ya o tengo que volver a coger número.
Funcionaria 1: Espera que termine con este señor y me lo puedes dar.
Yo: Vale

 

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Estoy de nuevo sentado delante de la funcionaria. Me sella el papelito y me dice:


Funcionaria 1: si en 15 días no las has recibido puedes acercarte a la administración que está en la calle jacometrezo.
Yo: ¿15 días?


 

 

Es decir, que existe la posibilidad de que no llegue en la semana prevista. Genial. Bajo las escaleras riéndome. Qué puedes hacer en estos casos si no es reirte.
Al llegar a casa recuerdo que mi amiga María solicitó un certificado digital que le permitiría sacar desde su casa el informe laboral y otros documentos personales de la administración. Así que llamo al teléfono de la seguridad social:


Yo: Buenos días. Miré quería solicitar un informe laboral pero no puedo esperar a que me lo envíen por correo. ¿Existe otra posibilidad que me permita conseguirlo antes de una semana?.
Funcionario: Sí, puedes sacarte un certificado. En concreto tienes que sacarte el certificado SILCON.
Yo: ¿SILCOM?
Funcionario: SILCON con "n" de Navarra.
Yo: vale.
Funcionario: Tienes que ir a la Tesorería más cercana, con tu DNI. Solicitas el certificado, firmas un contrato y te dan un cd que tienes que instalar en tu ordenador. Sigues las instrucciones y una vez instalado puedes imprimir los documentos.
Yo: Vale, entonces desde mi casa podría imprimir el informe de vida laboral.
Funcionario: Exacto.
yo: Muy bien. Muchas gracias. adios.
Funcionario: Adios.


¡Qué bien! Hoy mismo podría tener el papelito en mis manos. Ahora, os recuerdo que a la funcionaria 1 le dije lo siguiente:
"pero lo necesito urgentemente, para antes de una semana, ¿no hay alguna manera de agilizar la solicitud?"
Y su respuesta fue la siguiente:
"No".
No sé. A lo mejor la pregunta que le hice era demasiado larga.
Bueno, volví a la tesorería, que afortunadamente está al lado de mi casa. Al subir por las escaleras me crucé con un chico que bajaba riéndose. Cogí número, el F201, y me senté en la sala de espera. Ni 50 segundos sentado ya me estaban llamando. Qué rapidez. Me siento delante de otra funcionaria en la mesa número 12.


Yo: Hola, quería sacarme el certificado SILCON para el informe de vida laboral.
Funcionaria 2: Pero el certificado SILCON no te sirve para la vida laboral. Es sólo para los que están en el sistema de red.
Yo: ah, pero un compañero tuyo me dijo por teléfono que era éste.
Funcionaria 2: Pues no. Te tienes que sacar un certificado digital. ¿Tienes ordenador en casa?
Yo: Sí.
Funcionaria 2: Pues tienes que meterte en la página de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y desde alli solicitar un código. Después vuelves aquí con el código y te lo validamos.
Yo: Muy bien. Adios.

 

Bajé las escaleras pensando si a esta gente se les hacía un examen o entraban para ocupar espacios, como si fueran atrezzo. De esta manera les haces una pregunta y ellos te responden lo primero que se les ocurre como "no" o "certificado silcon". También puede ser que yo no sea muy claro preguntando. No sé.

Volví a casa, encendí el ordenador y entré en la página de la FNMT. Seguí las instrucciones y me dieron un código. Por ahora todo bien. Salí de casa y saludé al portero que me contó algo sobre que el perro del vecino se meaba delante de la puerta de entrada al edificio. Qué vergüenza. Eran las 11:20 am. Bajé por la calle San Sebastian, crucé la Plaza Santa Ana por la acera del Villa Rosa, donde grabó Almodovar la película esa en la que salía Miguel Bosé trasvestido, y seguí por la calle Núñez de Arce hasta llegar a la calle de la Cruz. Era la tercera vez en dos horas que recorría este camino. Entré en la Tesorería y cogí un número con el desparpajo del que conoce ya cómo funciona este tinglado. Era el F206. Parece ser que no somos muchos los que solicitamos certificados digitales. Me senté en la sala de espera pero, al igual que antes, mi número apareció en la pantalla nada mas llegar. Qué rapidez, de veras. Esta vez me tocó la mesa número 13. Allí una señora, funcionaria, claro, me indicó que me pasara a la mesa 12, que estaba vacía, ya que ella no me podía ayudar y  las personas que gestionaban los certificados digitales no se encontraban en ese momento. Por lo tanto, me tocó esperar. Claro, eran las 11:30 am. No importa, ahora venía preparado. Estaba duchado, con la ropa limpia y con experiencia en estas lides. Esperé hasta las 11:50. Me pasaron a la mesa 11 y me atendió la funcionaria 3. No hablamos mucho. Le di el código y el DNI. Me validó el código. Me hizo firmar tres papeles y me dio uno de ellos. Después me informó de que aunque suelen decir que tarda 24 horas en funcionar, ella piensa que en dos horas podría sacar los documentos que quisiera. Qué bien. Mientras ocurría todo esto, en la mesa número 10, el funcionario 4 atendía a una mujer.

 

Funcionario 4: ahora la vida laboral la envíamos por correo a su domicilio y tardará una semana.

Mujer: pero no sería posible tenerlo antes...

Funcionario 4: bueno, si, hay una posibilidad. A través de un certificado digital. ¿Tiene ordenador en casa?

Mujer: sí.

Funcionario 4: pues entre en la página de la FNMT y allí le dan un código. Después con ese código vuelve aquí, se lo validamos y, ya en su casa, puede acceder a su vida laboral e imprimirla.

Mujer: ah, bien, y puedo volver mañana aquí y hacerlo, porque hoy no me da tiempo.

Funcionario 4: Sin problema.

Así da gusto, que te informen a la primera.

El Sheremetyevo Intl

Publicado el 7 Ee diciembre Ee 2007 a las 13:20 Comments comentarios (0)

En Sheremetyevo Intl se da mucha importancia a la información. No es fácil encontrarla. Siete horas de retraso. Hasta las 17:30h encerrado en Sheremetyevo (SVO). El tiempo no se ve, te acompaña silenciosamente. Es probable que la ocultación de la información o, mas bien, la dificultad para llegar a ella forme parte del espíritu nacional ruso.

Para poder ver el panel informativo se tiene que subir a la segunda planta del aeropuerto, subir por unas escaleras sorteando a la gente que se sienta en ellas y andar por un pasillo en el que te vas a encontrar, a la orilla de la pared, a varias personas tumbadas encima de esterillas, de mantas o de periódicos, durmiendo, leyendo o hablando amistosamente mientras el tiempo ruso pasa lentamente hasta que llegue la hora en la que se reinicie su viaje.

Sheretmeyevo donde manejan secretamente la informaci?n

Una vez en la planta de arriba se puede localizar con facilidad el panel informativo largo de color negro y letras y dígitos blancos. Se puede localizar pero que no se piense que se puede divisar el contenido. La información sólo se puede ver si te pones delante de dicho panel. Sólo. De lado, imposible. Y no digo que lo veas de lado a trescientos metros. No. De lado, a dos metros del panel no se ve. Obligan a ponerte delante. Por tanto, hay que coger turno si son varias personas las interesadas en conocer algo de lo que muestra.

 

En el caso de que no quieras o no puedas subir a la segunda planta, el aeropuerto no aprueba en accesibilidad, puedes ir a preguntar a una ventanilla donde una seria rusa responde a las distintas quejas que recibe a lo largo de su dura jornada laboral. Mi voucher lo recibí dos horas después de estar colgado en el SVO. Eso sí, dos vales de 11 euros, que no se diga. En esta ventanilla, arriba, hay una pantalla digital en la que te informan de los retrasos de tu vuelo. De esta manera, en el aeropuerto internacional de la capital rusa tenemos dos puntos de información. Uno arriba y otro abajo. Para que más, ¿verdad?

Duty free MoscowEl aeropuerto no es grande. La verdad. Yo di aproximadamente unas 15 vueltas al aeropuerto. Las dependientas de los Duty Free me miraban con curiosidad aunque, ahora que lo pienso, deberían estar acostumbradas puesto que en mis paseos me encontraba con los mismos paseantes-camaradas una y otra vez. Me imagino que la perplejidad no tiene límite. Con algunos camaradas incluso coincidíamos en los servicios, haciamos un pequeño gesto de reconocimiento con la cabeza y esbozabamos una sonrisa como de "pues aquí estamos" mientras terminábamos rápidamente de lavarnos las manos y volvíamos a nuestro errático caminar.

 

En algún momento, decidía descansar y buscaba un lugar cómodo. Un asiento, por ejemplo. Bueno, pues en el SVO los asientos están contados. Como te descuidaras, te quedabas sin silla. Por eso la mayor parte de la gente estaba sentada en las escaleras o tumbada en el piso de arriba. Los privilegiados se sentaban en los asientos de cuero. Y los demás paseabamos distraídamente alrededor de ellos para lanzarnos sobre los asientos libres cuando alguien se levantaba porque no aguantaba mas la presión.

amplia sala de espera del Sheretmeyevo

 

La sala de boarding es pequeña y estrecha. Para qué hacerla grande. Total, si vamos a embarcar en un momento. Los servicios, antiguos y las matrioshkas, caras.

 

Qué recuerdos me trae la terminal 2 del SVO Intl. Desgraciadamente están haciendo un nuevo Sheremetyevo, justo enfrente, más moderno y más grande. Para quien quiera protestar por este innecesario proyecto puede entrar en esta página: www.paraqueotrosheremetyevo.com y expresar su indignación. Yo ya lo he hecho.