Blog: Algo que contar

Palabras, palabras y palabras

Publicado el 18 Ee agosto Ee 2011 a las 11:25 Comments comentarios (0)

El Papa Benedicto XVI aterriza en el aeródromo de Cuatro Vientos y es recibido no solo por las máximas autoridades eclesiásticas del país sino por los reyes, por representantes del gobierno español, encabezados por el presidente Zapatero, y por representantes del partido popular liderado por Rajoy. Y sin duda también por los poderes económicos que, a través de sus empresas, tan generosamente patrocinan el evento, obteniendo una recompensa del gobierno por su buena acción a través de espléndidas desgravaciones fiscales. Aunque su visita está enmarcada en lo que han llamado Jornada Mundial de la Juventud, sin tener la deferencia de especificar cristiana para evitar confusiones, el recibimiento ha sido como jefe de estado, a pesar del carácter evangelizador de su visita. Se calcula que más de un millón de jóvenes cristianos de todo el mundo esperan la llegada de su guía espiritual, antiguo miembro de las juventudes hitlerianas de lo cual no se ha escuchado aún una retractación por su parte. Mientras, han ocupado la ciudad de Madrid de una manera que los mismos medios de la derecha, que tanto reivindican y pontifican el evento, criticarían si se tratara de otras religiones, sobre todo si se tratara de la musulmana, demonizada y denostada con frecuencia por los propios católicos. Los privilegios que tienen los jóvenes cristianos son escandalosos teniendo en cuenta el carácter aconfesional del estado que les ha acogido [gratuidad o precios simbólicos en el alojamiento, comida, salud y transporte] y el contexto de crisis económica en el que nos encontramos. A pesar de ello, la actitud de alguno de estos jóvenes religiosos dista mucho de los valores que su religión predica, de palabra, claro, porque todos conocemos la historia de la religión cristiana, jalonada por la violencia, la opresión y la intolerancia. La intolerancia que han mostrado al intentar impedir el acceso a la Puerta del Sol a una manifestación que criticaba legítimamente la subvención pública de un evento privado, un comportamiento delictivo según el codigo penal*. Con todo, se saben protegidos por eso que llaman fuerzas del orden, antidisturbios violentos que agreden impunemente a ciudadanos libres, y que son el ejemplo más claro de una organización fascista dentro de un sistema aparentemente democrático, por lo que provocan, insultan y agreden sin miedo alguno a ciudadanos que están en su derecho de crítica. La represión policial tienen una nueva muesca en su revolver y, desgraciadamente, no será la última. Tienen a su lado la fuerza de la porra y se creen poderosos frente a la democracia y los movimientos civiles progresistas. No en vano también tienen a su lado a aquellos que se les llena la boca de democracia. El ministro de la presidencia Ramón Jauregui, por ejemplo, se atreve a decir que las cargas brutales de la policía son efectos colaterales. El cinismo del poder, de los que ven la calle desde la ventana. Aún se espera la dimisión del ministro de interior, Antonio Camacho Vizcaíno, de la delegada del gobierno en Madrid, María Dolores Carrión o de Felix Puig, entre otros.


La consideración constitucional de España como estado aconfesional es otro de los cuentos de la democracia de este país. Las palabras, escritas o habladas, son solo eso: palabras. Y de palabras está llena la constitución. Los hechos demuestran que institucionalmente España es de facto un país cristiano, que privilegia a la religión católica en detrimento de cualquier otra creencia. Las cosas quedaron muy bien atadas. Cada vez que se toca algo que afecta a la religión católica tiemblan los poderes económicos y políticos conservadores y ponen en marcha la maquinaria del estado para impedir o minimizar cualquier cambio. De hecho, la religión católica tiene más privilegios en la actualidad que en la dictadura fascista de Franco. Beneficios económicos, fiscales, presencia masiva en la educación, con capacidad de influir en los contenidos curriculares, e influencia política...todo ello independientemente de que gobierne el PSOE y el PP. El PSOE con un discurso aparentemente más beligerante pero en la práctica conciliador y defensor de los privilegios eclesiásticos. Y es que son solo palabras, palabras y palabras. Ninguno de estos dos partidos ha hecho nada para que en la práctica, por la vía de los hechos, el estado aconfesional sea una realidad. Nada. Ni hablar de un estado laico. Esto es una quimera en el sistema actual. El discurso oficial lejos de transmitir los principios de acción de un gobierno, de un partido, de una institución o de una persona se ha convertido en una manera de embaucar a los ciudadanos, de convencer y de engañar para conseguir objetivos espurios que nada tienen que ver con aquellos. Pero lo más preocupante es la cantidad de personas que hacen suyas sus palabras, que asimilan acríticamente sus discursos, sin plantearse las contradicciones que se plantean con la realidad o, peor aún, sin importarles lo más mínimo. Sin estas personas, los políticos vendehumos y los retrógrados religiosos no son nadie. Sin estas personas, eventos como la Jornada Mundial de la Juventud cristiana no existirían. Entre otras cosas.

 


Artículo 514.4 del Código Penal: Los que impidieren el legítimo ejercicio de las libertades de reunión o manifestación, o perturbaren gravemente el desarrollo de una reunión o manifestación lícita serán castigados con la pena de prisión de dos a tres años si los hechos se realizaran con violencia, y con la pena de prisión de tres a seis meses o multa de seis a 12 meses si se cometieren mediante vías de hecho o cualquier otro procedimiento ilegítimo.

La opinión de un ateo sobre el uso del hiyab

Publicado el 25 Ee abril Ee 2010 a las 15:05 Comments comentarios (2)

En el año 2002 un colegio público negó la escolarización a una alumna de origen marroquí por querer asistir a clase con un pañuelo que le cubría la cabeza. Por primera vez en este país surgió la polémica sobre el uso de una vestimenta de naturaleza cultural en un centro educativo. Mientras esta niña entendía el pañuelo como una forma de vestir propia de su país y de su familia, los disconformes por el uso de esta prenda defendían que "era contraria a la constitución española, que prohibe el uso de símbolos religiosos en los espacios públicos, y que era una forma de discriminación de la mujer". Finalmente, las autoridades educativas obligaron a que se escolarizara, primando, por encima de cualquier otra cuestión, el derecho a la educación de la menor. A partir de este momento, el debate sobre el uso del velo islámico ha ido apareciendo en la sociedad española en sucesivas oleadas, al igual que surgió en otros paises occidentales con mayor tradición inmigrante como Francia o Alemania, hasta desembocar en una nueva negativa de un instituto madrileño a que una de sus alumnas, esta vez española, utilice el velo en las clases, impidiendo el acceso al centro en virtud de un reglamento interno que impide el uso de cualquier elemento que cubra la cabeza, desde una gorra hasta un pañuelo islámico. Pero, ¿debe una institución educativa reglar sobre cuestiones relativas a la identidad cultural de los alumnos? Si puede, ¿todas esas cuestiones son iguales? ¿Es lo mismo un burka que un velo islámico? ¿Es lo mismo una escafandra que un hiyab? El hiyab ni es una escafandra ni es una gorra de los Lakers. Y no tiene los riesgos físicos y psicológicos que provoca el uso de un burka. ¿O nuestras abuelas estaban taradas, sometidas o alienadas por cubrir su cabeza con un velo? Un velo propio de una época y de sus costumbres, que hoy todavía llevan algunas mujeres católicas, y que fue desapareciendo con el paso del tiempo.


La prohibición sobre aspectos identitarios de cualquier cultura provoca el sentimiento de rechazo y de discriminación de sus miembros y puede provocar la reinvindicación de aquellos de cara a defender su cultura, es decir, convertir un asunto menor en un problema de convivencia cultural. Queda claro que no estoy hablando de cuestionables expresiones culturales que atentan contra la salud, la integridad física y psicológica o contra la vida, como puede ser la ablación, que desde la demagogia se utiliza para desacreditar el argumento que hace hincapié en el respeto a otras culturas. Este país ha pasado en muy poco tiempo de la uniformidad cultural de la población, con una cultura muy marcada y una religión hegemónica, a una población muy diversa religiosa e ideológicamente. Los miembros de las creencias hegemónicas perciben como una amenaza la presencia pública de símbolos diferentes, aunque entre en contradicción con la presencia de los propios, como por ejemplo los niños y adolescentes que llevan una cadena con crucifijo colgada del cuello de forma visible y que, por supuesto, no lo llevan de forma genuina sino influenciados por su entorno y sobre todo por las creencias religiosas de sus padres. De hecho, el debate no lo plantean como una cuestión identitaria sino como un aspecto menor relacionado con las normas, la indumentaria o conceptos más absolutos como la libertad o la igualdad. Claro, ¿quién va a defender la desigualdad o la falta de libertad de esta adolescente? Es un discurso trampa. Lo que tiene que formar parte de la educación y formación en la interculturalidad, en la convivencia entre culturas desde el respeto a los derechos humanos, se lleva al terreno de la imposición, obviando la aceptación de esos símbolos por parte de quienes los ostentan. La decisión de llevar o no hiyab entra dentro de la esfera personal y la sociedad debe, en todo caso, censurar la obligación, en contra de su voluntad, de su uso o no uso. Más allá de nuestra opinión particular sobre ello y de nuestras creencias personales. La España de hoy es diversa y multicultural por lo que se hace necesaria la educación en el respeto y la conciliación de las distintas expresiones de la cultura española.

El día que la palmó Jesús

Publicado el 10 Ee abril Ee 2009 a las 15:05 Comments comentarios (0)

A mediodía iban retirando los coches de la calle por la que iba a pasar la procesión general de viernes santo. Todo tenía que quedar despejado. Los vecinos sacaban sus sillas a la calle, algunos las ataban a otras sillas o a algún árbol pero la mayoría las dejaban sin más, sin miedo a que se las robaran. A medida que se acercaba la hora, las mujeres bajaban a la calle, se sentaban en las sillas y comían pipas mientras hablaban de sus cosas. Los niños corrían alrededor ajenos a los rezos de las beatas y a los cotilleos de las marujas. Apenas otro ruido que el de las conversaciones y el de los gritos de los niños jugando. El trasiego de gente cada vez era mayor. Iban ocupando los pocos espacios que quedaban libres. Las mejores posiciones ya llevaban ocupadas desde hace horas. El sonido de los tambores se escuchaba en la lejanía.


Me asomaba por uno de los balcones de mi casa aguardando que en cualquier momento doblaran la esquina los primeros capirotes. Afuera la noche y el rumor de la gente en la espera. La habitación alumbrada únicamente por las farolas de la calle. El ambiente era especial, vacacional, alegre. El murmullo de las conversaciones comienza a apagarse. Los primeros cofrades con sus hábitos, sus capas y túnicas, el capirote ocultando el rostro, aparecen al inicio de la calle. Silencio. El paso lento de las cofradías, el sonido de los tambores y las trompetas precediendo a los pasos procesionales con las tallas representativas de la pasión de Jesús. Las veía avanzar lentamente desde lo alto con cierta inquietud. La oscuridad y el silencio, sus rostros ocultos, las morbosas tallas de un Jesús sufriente, los descalzos cofrades expiando pecados o cumpliendo promesas para su Dios, las desasosegantes manolas con mantilla negra y peineta, tristes plañideras de la muerte de Jesús, las trompetas, los tambores y las matracas rompiendo el silencio. Una tras otra pasaban las cofradías acompañadas de sus pasos, orgullosas y solemnes. Capirotes con largas velas iluminaban la noche. El gentío soportaba el frío estoicamente amontonados a la orilla de la procesión en respetuoso silencio. Hasta que desde las alturas se divisaba a las autoridades eclesiásticas, a las autoridades locales y a la guardia civil que indicaban el final de la pasión. Algunos píos se situaban detrás de ellos y les acompañaban. La mayoría se daba la vuelta y se marchaba después de un par de horas largas viendo pasar a encapuchados y cristos sangrantes. Son recuerdos de hace casi treinta años.


Los sombríos encapuchados y las tétricas manolas formaron parte de mis pocas pesadillas de infancia. Se acercaban lentamente por el pasillo de mi casa mientras que yo estaba escondido en uno de los armarios escuchando sus pasos, el ruido de su respiración, cada vez más cerca, y sus siniestras oraciones. En ocasiones, me asomaba por una pequeña ventana y veía avanzar sus sombras en la oscuridad del pasillo. Inmóvil y muerto de miedo no quería que me cogieran. Y no me cogieron. Ni antes ni ahora ni nunca.

El crucifijo que sí molesta

Publicado el 24 Ee noviembre Ee 2008 a las 13:20 Comments comentarios (0)

El primer día de clase me subí encima de la mesa del profesor y forcé la mano cerrada de Jesús hasta que pareciera que estaba haciendo el saludo comunista. Bajé al suelo y me coloqué enfrente del elegido, saboreando el resultado de mi acción de terrorismo escolar. Estaba deseando conocer la reacción de mis profesores. El crucifijo, que estaba encima del encerado, presidió cada una de las clases que tuvimos aquel curso con la mano levantada. Al igual que mi compañero Felipe, que pegaba los mocos debajo del pupitre, no se puso enfermo ningún día del año. Allí estaba, día tras día, incansable, como había estado durante los últimos cuarenta años. Pero ninguna autoridad se dio cuenta del sacrilegio. De tan habitual que era, o bien pasaba desapercibido o bien importaba, lo que se suele decir, un carajo.

 

 

Veinticinco años después del cristo comunista, todavía sigue colgado de las paredes de muchos colegios públicos de este estado aconfesional. A pesar del supuesto carácter laico de estos colegios, no ha habido interés de las autoridades por descolgarlo y retirarlo al desván de los recuerdos. A pesar de que en estos colegios asisten alumnos de diferentes confesiones religiosas, con diferentes sensibilidades, se decide en pro de la libertad y el respeto, dos de las muchas palabras manipuladas por el interés de los conservadores, esos de la derechona, que los símbolos religiosos católicos permanezcan en instituciones públicas. ¡Cómo no molesta! Y en esto estábamos hasta que un juez del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2 de Valladolid dicta una sentencia que obliga a un colegio de esta ciudad a retirar los crucifijos de sus aulas y espacios comunes. Es decir, treinta años después de la Constitución española tiene que venir un juez a obligar lo obvio. La autoridad escolar, municipal, autonómica o estatal achanta la mui, maliciosamente. Con la Iglesia hemos topado y es mejor llevarnos bien, no sea que les de por montar manifestaciones multitudinarias con el crucifijo en la mano.

 

Se montó el lío. El Presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, anuncia que están estudiando la viabilidad de un posible recurso a dicha sentencia. León de la Riva, el león que ruge en Valladolid desde hace trece años, dice que él no va a quitar el crucifijo que preside el salón de plenos del Ayuntamiento vallisoletano. La alcaldesa de Zamora también muestra su desacuerdo como, seguramente, lo están haciendo muchos otros miembros del Partido Popular. Lo contrario sería extraño. Uno no se imagina a Trillo, por ejemplo, defendiendo la neutralidad de una institución pública ante la existencia de simbología católica. Consecuentes con lo que piensan. De repente, entra en acción el creyente Pepiño Blanco y nos dice que "en los colegios públicos no debe haber crucifijos porque hay que respetar las creencias de todo el mundo". Muy bien. Y en las tomas de posesión de los ministros, ¿no se deberían retirar los símbolos religiosos como el crucifijo y la biblia? Este estado, supuestamente aconfesional, que habla de la laicidad de sus instituciones públicas, ¿no debería predicar con el ejemplo de ser consecuente con lo que dice y con lo que hace?