Blog: Algo que contar

MIRA SIEMPRE A LOS LADOS ANTES DE CRUZAR

Publicado el 11 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Juro que no lo vi venir. No hacía mucho tiempo que mis padres me habían dejado ir solo, sin que nadie me acompañara. Antes, mi padre me esperaba cuando salía de casa, camino del colegio. Así lo habían acordado cuando se separaron. Al verme, sonreía ligeramente, diría que con un poco de pena, y me cogía de la mano, casi sin dirigirnos la palabra. A mí me daba corte decirle algo y él supongo que iría pensando en sus cosas. Parábamos en un bar, a mitad de distancia entre mi casa y el colegio. Me quedaba a fuera y contaba los minutos hasta que volvía a salir. Me cogía de nuevo de la mano y no me soltaba hasta que me escabullía, entre mis compañeros, por la puerta de entrada del edificio donde estudiaba. Siempre le miraba de reojo y le veía parado, mirándome, hasta que, supongo, desparecía de su vista y se marchaba. Sin que me viera, me daba la vuelta y miraba como se alejaba. Pero, no hace mucho tiempo, habían decidido que ya era mayor para ir yo solo y mi padre dejó de esperarme todas las mañanas. Mi madre se agachaba y me daba un beso mientras me ajustaba la mochila en la espalda. Me pasaba la mano entre mis pelos enmarañados e intentaba arreglar el desaguisado. Después me susurraba al oído, mira siempre a ambos lados antes de cruzar. Lo hice pero juro que no lo vi venir. Cuando estaba en medio de la calle escuché un ruido. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la delantera del autobús. Me arrolló. Empecé a dar vueltas por debajo del vehículo. Escuchaba cómo mi cuerpo se golpeaba contra el suelo y la carrocería. No se escuchaba más ruido que ese, hasta que frenó. Recuerdo salir reptando de debajo del autobús. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y me miré los pantalones. Estaban rotos. Supuse que hoy no me libraría de una regañina. Un señor, muy nervioso, me empezó a preguntar si estaba bien y le contesté que sí pero que me tenía que ir porque llegaba tarde a clase. Pero si estás sangrando de la cabeza, chaval, me contestó. Me toqué la cabeza y miré, asustado, mi mano manchada de sangre. Ahora estoy aquí, tumbado en la mesa de operaciones. Hay varias personas a mi alrededor. Uno ha dicho que tiene que ser a pelo, sin anestesia. Una mujer, que no para de moverse, dice que hay que cerrar la herida rápido, que he perdido mucha sangre. Un señor con anteojos, se agacha a mi lado mientras me coge la mano y me dice que soy un chico muy valiente. La mujer se da la vuelta, con unas tijeras en la mano mientras el hombre me limpia con una gasa, la sangre que me chorrea por el pelo. La mujer me pregunta el teléfono de mis padres. ¡Cuándo se entere mi madre! No quiero ni pensarlo. Me duele más que el golpe en la cabeza. Le hago una seña, que se acerque, porque apenas me sale un hilo de voz. Le digo que cuando le llame no la asuste, que tenga cuidado en cómo se lo va a decir. No quiero que se preocupe, por favor. La mujer me contesta que tendrá mucho cuidado y cuando recibí la llamada, no sabía si era una broma o era verdad lo que me estaba diciendo. Me decía que una persona que conocía estaba ingresada en un hospital y quería verme. Le pregunté que cómo se llamaba pero no me lo dijo. Solo que, por favor, fuera rápido porque había insistido en que me quería ver. Colgó el teléfono. Me quedé unos segundos con el auricular en la mano, pensando en quién me podría estar gastando esta broma. Está claro que no es de muy buen gusto. Comprobé la dirección que me había dado y, en efecto, el hospital existía. Me entraron muchas dudas, de verdad. ¿Y si era cierto? Pero ¿quién podía ser? No conocía a nadie que le hubieran tenido que ingresar pero la señora perseveró en que me conocía y que había insistido en verme. Mira, es mejor salir de dudas porque una nunca sabe. Cogí el abrigo y el bolso y me fui. Voy camino del hospital. No queda muy lejos de casa. Bien sabe Dios que si puedo, evito los hospitales. No puedo ni quiero estar tan cerca de la enfermedad y del dolor. Me pone nerviosa. No sé si llamar a Juan. Igual hay algún amigo en común que ha enfermado y yo no me he enterado. Me lo hubiera dicho aunque, desde que le pedí que dejara de llevar al niño al colegio, no me ha vuelto a dirigir la palabra. No me importa que vea al niño, que esté con él, de verdad, pero no soporto su manía de meterse en el bar mientras le deja esperando en la puerta, bebiendo vino y charlando con los amigos. ¿No puede centrarse en su hijo? Para lo poco que le ve debería esmerarse un poco más. Ay, de verdad, quién puede ser. La enfermera o quien fuera la que me ha llamado me podía haber dado más información. No entiendo que no me diga cómo se llama, que me diga que el enfermo le ha pedido que no dé su nombre. Solo que vaya. Estoy casi llegando. Tenía que haber llamado a Juan. El niño le echa de menos desde que no le acompaña. No sé si he hecho lo mejor. Era de los pocos momentos en que estaban juntos y la verdad es que al niño le gustaba ir con su padre, a pesar de lo arisco y la mala leche que tiene. Al principio me dio un poco de miedo, pero ya se está haciendo mayor y tiene que empezar a hacer las cosas el solito. Solo tiene que tener cuidado y mirar a ambos lados al cruzar la calle y te juro, mamá, que lo hice. Miré a un lado y a otro de la calle pero no vi nada. Estaba desierta y crucé corriendo. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba debajo del autobús. Sé que no me va a creer. No dejo de pensar en cómo se lo voy a explicar. La enfermera me ha dicho que apretara los dientes porque me iba a doler. ¡Y vaya si me dolió! Me cortaron los pelos de la cabeza alrededor de la brecha y era como si me clavaran miles de alfileres por todo el cuerpo. Me tiraban tanto del cuero cabelludo que tenía la sensación de que me lo iban a arrancar. El señor de los anteojos seguía cogiéndome de la mano mientras me decía que muy bien, que era un machote y esas cosas que se dicen para animar, pero el dolor era tan intenso que hubiera preferido que se callara. Me gustaría decir a mi madre que no me importa ir solo al colegio pero que ya hace mucho tiempo que no veo a papá. Tenía que haber pedido a la enfermera que le llamara pero, bueno, mejor no. No quiero que me vea llorando. Es que no puedo reprimir las lágrimas. Me duele mucho, demasiado, creo yo, no ha sido nada fácil para ninguno de los tres y soy consciente de que el niño ha sufrido más que ninguno. Debe ser este edificio. Hay una señorita en recepción. Me dice que espere en la sala de espera. Me siento al lado de un señor, muy nervioso, que no deja de mesarse los pelos de la cabeza. No estamos más que nosotros dos. No sé qué sentir. Vengo sin saber nada y nada es lo que me han dicho en recepción. Solo que espere tranquilamente. No puedo ponerme nerviosa, más allá de lo que estas paredes blancas me ponen de por si, ni preocuparme como el señor que tengo a mi lado. He venido por curiosidad, por saber quién me llama con tanto secretismo. Apenas hay movimiento. De vez en cuando aparece un celador, casi sin hacer ruido, que ni siquiera es capaz de mirarnos, para desaparecer inmediatamente en la oscuridad del pasillo que tengo delante. Me gustaría aliviar el sufrimiento de este hombre pero me da pudor entrometerme en las desgracias de los otros. Me mira tímidamente y solo puedo esbozar una sonrisa que pretende ser conmiserativa. Somos esclavos, pienso, de nuestro propio dolor. Un dolor único que difícilmente los otros lo pueden compartir, aunque lo intenten y pretendan aliviarnos con comprensivas palabras. Qué se le puede decir a este hombre ante su sufrimiento. Qué se le puede decir que no suene ridículo o condescendiente. Prefiero el silencio aunque a ojos externos pueda parecer algo frío. Para mí es respeto. Aún así, le agarró su mano y esperamos. Una enfermera aparece de entre la oscuridad y se acerca a nosotros. Nos levantamos a la vez, sin soltarnos de la mano. Me viene a la cabeza aquello que suelo decir al niño. Mira siempre a los lados antes de cruzar. No sé por qué me pongo a llorar.

ESQUIZOFRENES

Publicado el 4 Ee junio Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Sólo quiero hundirme en la locura

 

ser un loco loco feliz

 

en un país de cuerdos.

 

 

Le Domineo


 

 

PRELUDIO

 

No hace muchos días he cumplido cuarenta años. A veces con una mínima información sobre una persona somos capaces de imaginárnosla y dotarla de unas características, que no tiene por qué tener pero que nuestros prejuicios construyen hasta convertirlas en realidad. Cuarenta años no es nada pero suficiente. Cada uno de vosotros ha podido crear, a partir de mi edad, una imagen de cómo soy. Me podéis estar imaginado como una persona de alta estatura, con los ojos azules, regordete o, ¿por qué no?, musculoso, con alguna cana que otra, con juanetes, con barriga o como el hombre de vuestros sueños. E incluso podéis pensar que estoy casado, con hijos, con un trabajo estable, sin problemas de dinero o endeudado hasta las orejas. Bueno, en definitiva, que os habréis hecho una idea de mí solo con conocer mi edad.

 

Aún así seguro que os equivocáis. Hay una forma de saber como soy: mirándome. No tengo secretos

 

 

CAMINO DEL PSICÓLOGO (o el psicólogo me espera)

 

Siempre voy por el mismo camino. El más largo, claro, pero no por miedo --quién tiene miedo hoy en día de acudir a la consulta de un especialista de estos en la conducta-- sino porque me gusta pasear. Lo adoro. Me permite pensar, que es mi pasatiempo favorito y a su vez el origen de todos mis problemas. Y es que pienso sobre todo lo pensable e incluso pienso que pienso, y esto, todo esto, lo hago paseando, pasito a pasito, sin pudor, delante del resto del mundo. Sé que llamo la atención. Lo sé porque siento cómo sus ojos se clavan en mí, como ardientes dagas. Antes de saber cuál era el motivo, me torturaba al pensar el por qué de sus miradas. Al principio, pensé que se fijaban en algo de mi aspecto, no sé, la corbata, el pelo, los zapatos, la ropa, mi nariz aguileña, mis ojos oblicuos, bueno, cualquier característica física de esas. Pero lo descarté, pues los espejos me dijeron que mi apariencia era normal. Después, creí que era la extraña manía de pensar en voz alta pero tampoco, pues eran sólo susurros imperceptibles en comparación con el conjunto de sonidos que inundaban las calles a mi alrededor. La incertidumbre me devoraba hasta que, de nuevo, un espejo me dio la solución, sí, un espejo de esos que devuelven tu imagen. Allí estaba yo, delante de aquel espejo curvo, enhiesto como un tronco con dos ramas a cada lado y una bombilla luminosa encima de la cabeza ¡Una bombilla! ¿Cómo no me había fijado antes? La verdad es que sólo un iluminado por la locura podría ver una bombilla iluminada sobre su testa. Pero, como yo no estaba loco, tendría que ser real. Y así era. Aquel día descubrí que cada vez que una idea aparecía en mis dominios, una hermosa bombilla de 200 voltios se levantaba majestuosa sobre mi solitario cuero pelónico, una bombilla capaz de iluminar una habitación, no sé, digamos que de treinta metros cuadrados. Increíble. Insólito. Imposible.

 

Pero esto no era suficiente para resolver mi duda, pues a uno no se le ocurren ideas cada dos por tres sino, más bien, de ciento en viento. Tendría que haber otra explicación que explicara, valga la redundancia, por qué me acosaban con sus miradas. Y otro espejo, ¡oh, Dios de la sabiduría! me reveló la razón. El quid de la cuestión estaba en mi frente. Allí aparecía cada una de las palabras que componían mis pensamientos. Como un modelo de pensamiento en una pasarela, el resto del mundo podía leer todo lo que por mi mente pasaba. En resumen, me encontraba intelectualmente desnudo. Probé con boinas, bragas, pasamontañas, todo tipo de objetos con el fin de ocultar mi ser, mi esencia, mi pensamiento. Inútil.

 

¿Cómo no iba a llamar la atención una persona con una bombilla en la cabeza y un pensamiento pre-claro? Es lógico que el resto del mundo quedara absorto ante tal espectáculo. Se limitaban a mirarme con estupefacción, como si no llegaran a creer lo que veían, como si fuera una alucinación. Seguro que alguno creyó ser un trastornado. Pobres. Lo que me sorprendía era que no hubiera sido objeto de chanza por parte de algún granuja. Pero yo también tuve que aceptar mi condición de hombre sin secretos. No es fácil mostrarte a los demás tal como eres, sin tapujos, sin mentiras ni medias verdades. No todo el mundo es capaz de aceptar tamaña sinceridad, ni siquiera uno mismo. A veces duele pensar lo que se piensa pero no me queda otro remedio que mostrarlo, pues comprobé que la mentira expuesta en mi frente sería un galimatías de difícil comprensión y promotora de intensos dolores de cabeza. De esta forma, se me puede definir como una persona que siempre va con la verdad por delante. Con orgullo muestro mis pensamientos, sin pudor. Con la cabeza bien alta, para que todos lo vean, paseo camino del psicólogo.

 

 

SESIÓN CON EL PSICÓLOGO (o el psicólogo me mira)

 

Mi frente: ¡Oh qué gabinete más naif!, mucho gusto en conocerle pero poco gusto el de usted en elegir los muebles de su despacho.

 

Impertérrito, y eso que el psicólogo me mira. Me siento. Yo a un lado de la mesa y él enfrente. Comienzo a pensar, pero el señor este me corta de forma muy grosera, como si no me escuchara o, mejor dicho, leyera. Y es que ahora, como os podéis imaginar, utilizo mi habilidad especial para expresarme. Es absurdo gastar saliva y sale menos barato. Imagínense, primero pienso, este pensar proviene de mi hemisferio dominante, el intelectual, de aquí pasa a la parte del cerebro que produce el sonido, este manda su mensaje al sistema nervioso, que pone en funcionamiento el aparato vocal que emite sonidos, que convencionalmente designamos palabras en un idioma conocido por todos los que lo hablan, y así mi pensamiento alcanza la luz. En todo este proceso se produce un gasto de energía inmenso, un derroche que no se puede tolerar y que, gracias a mi facultad portentosa, yo me ahorro. Pero parece que a este le importa bien poco lo que pienso.

 

Psicólogo: …Tras esa cámara se encuentran mis compañeros que podrán intervenir durante la sesión cuando estimen oportuno, para ello tienen a disposición este teléf…

 

Mi frente: No es necesario que me explique lo que ya sé, amigo. No es la primera vez que acudo a un especialista. Lo que me gustaría es que dejara de hablar cuando yo hablo, se parece usted a mi mujer. Este es el problema: mi mujer. Mi matrimonio se hunde irremisiblemente en el mar de la incomunicación…

 

Psicólogo: …Así que, si le parece, podemos comenzar. ¿Cuál es el problema?

 

Mi frente: ¿El problema? Ya se lo he dicho. El problema es mi mujer. Se queja de que ya no hablo, de que ya no soy como antes, cuando le contaba todo. Yo lo niego y le explico que no he cambiado, que la sigo queriendo como siempre y que sigo contándole todo. Pero ella no me escucha, me apremia a decir algo cuando ya se lo estoy diciendo. Me preocupa de verdad. Creo que está enloqueciendo o quedándose ciega.

 

Psicólogo: ¿Y bien? (Pausa-silencio 30 segundos) Bueno, podría empezar describiéndome el problema que le trae hoy aquí. Puede tomarse el tiempo que quiera.

 

Mi frente: Pero ¿qué dice? Ya le he contado lo que me pasa. ¿No lo ve o qué? Bueno, vamos a tranquilizarnos. Se lo repetiré más despacio. Mi mu-jer es-tá en-lo-que-cien-do, o eso creo yo, ha de-ja-do de ha-blar-me y ha pe-di-do el di-vor-cio. Yo quie-ro sa-ber qué ten-go que ha-cer pa-ra e-vi-tar el de-sas-tre.

 

Psicólogo: ¿Por qué arruga la frente?

 

Bueno, ya es suficiente. Me levanto y me voy. Es inconcebible que pueda burlarse de esta manera de sus clientes. Es un agravio que no he de soportar. Lamentablemente, el psicólogo me mira pero no ve nada.

 

 

DIAGNOSIS PSICOLÓGICO (o yo pienso de que)

 

Transcripción parcial del informe psicológico:

 

…Y basándome en la información aportada por la mujer del paciente y en la entrevista personal con este último, puedo dar fe de la existencia de un episodio esquizofrénico, con ideas delirantes de grandiosidad del tipo “mi pensamiento lo pueden leer todos los seres del mundo”, y alucinaciones visuales del tipo “bombillas encima de la cabeza”. La probable causa que provocó este episodio fue el anuncio, por parte de su esposa, del inicio de los trámites del divorcio, basándose en la escasa comunicación que existía en su matrimonio. El paciente describió, en una carta excepcional dirigida a su mujer, los extraños sucesos que produjeron sus alucinaciones y las razones por las que, desde ese momento, adoptaba una nueva forma de comunicación, el pensamiento reflejado en su frente. Opta por un lenguaje que podríamos bautizar como esquizofrenés. Así, solucionaba dos problemas que le preocupaban, la mentira y las palabras expresadas por vía oral. Abomina de la palabra y acude a la antesala de estas, los pensamientos que, según el paciente, son puros y claros. No confunden. Además resuelve el problema de la falta de sinceridad, otra de las razones que provocan la ruptura de su matrimonio. Con este nuevo lenguaje no puede mentir. Si lo hace, explica en su carta, “le produce interferencias”. Todo esto tiene sentido solo en su paranoia pues en la práctica los problemas se acentúan. Sugiero su ingreso temporal en un hospital psiquiátrico, bajo tratamiento farmacológico y psicológico además de…

 

 

EPÍLOGO

 

Sé que esta capacidad sobrenatural no ha enriquecido mi relación con las personas que me rodean. No aceptan mi original forma de comunicación. No son conscientes de las ventajas que posee, de las dificultades que evita. Pretenden a través de sus exhortaciones y críticas que vuelva a expresarme como ellos, que vuelva a enredarme en los juegos sin fin que provoca la comunicación oral. He perdido el amor de mi mujer y la amistad de mis amigos pero he aprendido que el camino que ahora recorro, sólo unos pocos tenemos el privilegio de conocer. Me tachan de loco, de iconoclasta de lo imposible. No se dan cuenta de lo hermoso que es ser feliz, un loco feliz. Porque a pesar de los problemas que provoca, me hace sentir bien. A pesar de estar encerrado en este edificio. A pesar de perder mi libertad, sólo física, porque mi mente vuela, como un ave elegante, hermosa y libre, hacia el sol quemado por el fuego, un ave que rasga con furia el azul del cielo. Soy pensamiento libre, tal cual.

 

Si me vieran sabrían lo que pienso de ustedes.

 

 

QUE ME ESTA PASANDO

Publicado el 28 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Le costaba asomarse por encima del muro de hojas y ramas que rodeaba el lugar donde dormitaba la mayor parte del día. Apenas llegaba a asomar el pico, sostenido levemente por sus dos débiles patas, y se caía hacía un lado cuando no era capaz de mantener el equilibrio. Si esto ocurría, se quedaba recostado sobre su espalda de plumas y miraba hacia el cielo. Pasaban las nubes con múltiples formas y dejaba volar su imaginación. Se veía a sí mismo agitando las alas, atravesando tan extrañas formas o dejándose mecer por la caprichosa fuerza del viento. No tenía mayor ilusión que poder volar y deseaba que llegara el día en que sus feos muñones se transformaran en perfectas alas. Cada vez notaba que sus articulaciones estaban más fuertes y aguantaban durante más tiempo sus correrías y saltos pero consideraba que sucedía de forma muy lenta. Aún no eran tan fuertes como para permitir asomar su pequeña cabeza y ver qué había más abajo del cielo. Quería que todo fuera más rápido y tener la libertad de volar hacia donde quisiera, sin los límites de esas cuatro paredes que le rodeaban. Creía que, con la ayuda del viento, podría llegar al más recóndito rincón del universo, subir al cielo y bajar al más allá cuando le viniera en gana. Pero, ahora, apenas levantaba su pico unos centímetros por encima del perímetro del nido y su mirada se enredaba entre las ramas que formaban las paredes que le encerraban.

 

Cuando se concentraba era capaz de notar cómo sus articulaciones iban creciendo y se fortalecían. Podía notar cómo la sangre corría en su interior como un torrente y, si aguzaba el oído, escuchar el ruido que provocaba su avance. Le hacía sentir que la vida se abría paso en su interior, poco a poco, pero de forma inevitable. Probaba la flexibilidad de los muñones, que un día se convertirían en alas, y flexionaba cada una de sus patas, impulsándose en el aire y regresando rápidamente al suelo como un muelle. Caminaba alrededor de las paredes del nido, aspirando y espirando continuamente, y agitando los muñones en tanto cerraba los ojos e imaginaba que el viento le golpeaba la cara mientras volaba entre jirones de nubes. Pensaba en tejer una túnica de nubes que le permitiera flotar, planeando, mientras oteaba lo que hubiera más abajo del cielo. Su imaginación no dejaba de crear posibilidades, alternativas que le permitieran hacer más estimulante la monótona vida en su solitario habitáculo.

 

Un día, al despertarse, se encontró rodeado de plumas. Su cuerpo apareció pelado, rosáceo y expuesto ante el mundo. No sabía qué es lo que le había pasado. Vio sobrevolar a otras aves que se le quedaban mirando, con el pico abierto, y se comunicaban entre ellas, con evidentes gestos de sorpresa, mientras le señalaban con sus alas. Cogió las plumas con el pico y las levantó en el aire dejándolas de nuevo caer en el suelo, sin creerse todavía lo que estaba ocurriendo. Notaba que el aire estaba más enrarecido en el interior del nido. Le costaba respirar y tuvo que levantarse sobre sus patas para aspirar un aire más limpio. Qué me está pasando. Miraba su cuerpo desnudo, ensimismado, buscando en su interior una explicación de por qué había perdido su plumaje. No sabía si estaba provocado por alguna enfermedad o era debido a la estación climática pero, hasta lo que él conocía, los miembros de su especie no mudaban la pluma. Aquello no era normal.

 

Aquel día solo fue el inicio. Empezó a crecerle pelo por todo el cuerpo y sus dos muñones adquirieron una forma extraña, más largos, y acabados en dos manos con cinco apéndices cada una que le permitían agarrar las cosas de su alrededor, tocar su cuerpo cambiante y alcanzar alguna de sus partes desconocidas. La espalda era una de ellas y, en los últimos días, había notado un dolor intenso que se transformó en dos pequeñas deformaciones semejantes a tocones. Se sentía avergonzado por esos cambios tan extraños y recogió, con sus nuevas manos, restos de hojas y ramas para construir un pequeño tejado que le permitiera ocultarse de las miradas curiosas. No quería que vieran cómo se estaba transformando en un monstruo. Notaba cómo su cuerpo se iba modificando sin que pudiera hacer nada para evitarlo más que observar, a veces con miedo, a veces con curiosidad, los cambios que se producían. Los tocones de la espalda, para su sorpresa, empezaron a crecer y a cubrirse con un plumaje de color grisáceo como si fueran alas, nacidas en un extraño lugar. Su rostro, del que se cayó el pico y en su lugar apareció una abertura con pequeños dientes blanquecinos, empezó a cubrirse con una barba espesa y desordenada al igual que en su cabeza aparecieron largos cabellos despeinados. De la abertura de la cara empezaron a salir desconocidos sonidos, a veces melodiosos, a veces desgarrados alaridos, que cada vez fueron haciéndose más familiares. Hasta que un día se escuchó decir lo que tanto había pensado: ¿qué me está pasando?

 

Ya era invierno y sentía que el proceso de transformación se estaba acabando. La nieve empezaba a caer, formando una fina y blanca capa sobre sus cabellos. Las alas de su espalda, que habían crecido hasta alcanzar casi los dos metros, le permitían sobrevolar el pequeño nido aunque su elevado peso le había hecho dudar sobre si esas alas podrían cumplir su función. Sus brazos, poderosos, se habían convertido en extremidades fibrosas de extraordinaria fuerza. Aún así sentía vergüenza por ser diferente a todas aquellas aves que comenzaron a admirarle desde lejos, temerosas de que aquel monstruo pudiera hacerles daño. No se atrevía a mostrarse a la luz del día y esperaba a la puesta de sol para asomarse tímidamente. Miraba a su alrededor y comprobaba que no había nadie para desplegar sus alas y elevarse en el aire. Se sentía raro pero cada vez estaba más cómodo con su nueva forma. Lejos de las miradas de los otros, se recreaba en el cielo haciendo piruetas y forzaba hasta el límite que su nuevo cuerpo le permitía. Escuchaba voces que venían de abajo del cielo y se sentía atraído por ellas. ¿Quiénes eran aquellos seres que caminaban por el suelo pero que no podían volar? Se sabía parecido a ellos pero distinto, igual que con sus congéneres voladores. Parecido pero distinto. De nada le servía seguir escondido entre las sombras. Debía mostrarse tal como era. Salir con la luz del sol y sumergirse en las nubes, y con la ayuda del viento llegar al más recóndito rincón del universo. Lo que siempre había soñado.

LA SALA DE REFLEXION

Publicado el 21 Ee mayo Ee 2013 a las 10:00 Comments comentarios (0)

Aparcaron muy cerca del edificio. El hombre se desperezó nada más salir del coche. Se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado, unos instantes, inmóvil, como si se hubiera quedado petrificado, hasta que el ruido que provocó la mujer al cerrar la puerta delantera del conductor pareció despertarle. Hablaron entre ellos. La mujer abrió el maletero y sacó una carpeta blanca. El hombre, con las manos en los bolsillos, se había adelantado unos metros en dirección al edificio mientras miraba a su alrededor. Tendría unos cuarenta años. Apenas había esbozado una sonrisa y por los gestos que hizo a la mujer con las manos, balanceándolas abajo y arriba, tenía prisa. Esta se puso a su altura rápidamente y le pasó la carpeta. El hombre se paró y sacó unas hojas que pareció leer con atención. Volvió a meterlas en la carpeta y, sin mirar a la mujer, se la devolvió. Se dirigió al edificio. Era media tarde y no se veía un alma. El cielo estaba nublado y hacía tanto frío que aún permanecían helados los carámbanos colgantes de la lluviosa mañana. El hombre, encogido, apretó el paso y subió las escaleras que llevaban hasta la puerta de la entrada. Golpeó con los nudillos un par de veces pero no hubo respuesta. La mujer, que acababa de subir los últimos peldaños, se había tapado la cabeza con un pañuelo y se frotaba las manos para darse un poco de calor mientras miraba, contraída, la puerta. Parecía que había visto algo. Apartó unos arbustos que ocultaban un timbre y llamó. No pasó más de unos segundos hasta que se abrió la puerta. El hombre y la mujer alargaron sus manos y saludaron a alguien que apenas se distinguía de las sombras. Estamos aquí por María.

 

 

Cuando leí los informes que me hablaban de María no me parecieron muy diferentes a los que he leído durante años sobre otros adolescentes. Nada le hacía diferente a otros pero el Grupo de Ayuda a la Infancia y a la Adolescencia había considerado que era una niña que requería una atención especial para controlar lo que denominaban accesos transitorios de violencia inusitada. Estoy en uno de los centros de reeducación del gobierno. Soy un evaluador. Valoro si las personas aquí ingresadas pueden reinsertarse de nuevo en la sociedad y cumplir con los deberes que nuestro gobierno nos exige. Hoy, mi compañera y yo, conoceremos a María. Estamos en una sala muy estrecha y alargada. Apenas hay luz. Hay unas sillas apoyadas en la pared enfrente de un espejo unidireccional que da a una sala más grande e iluminada. Sus paredes están acolchadas. Esta sala está vacía. Llevamos esperando ya un buen rato. Me sudan las manos y no sé qué hacer con ellas. Escucho voces. Parece que alguien se acerca. Mi compañera se sienta en una de las sillas y mira hacia la puerta donde aparecen varias personas. Reconozco a la directora del centro. Los demás no sé quiénes son. Tienen una animada conversación en la que rápidamente nos incluyen.

 

¿Qué opina de la violencia como método reeducativo?- me pregunta la directora. 


No tengo una opinión muy clara…he de reconocer que no soy un experto en esa materia. Mi trabajo, ya sabe, no consiste en la reeducación sino en la valoración de que esa reeducación es efectiva de cara a una deseable incorporación a la vida normal.

 

Bueno, algunos pacientes sólo pueden aspirar a esa reinserción desde el forzamiento de la voluntad –me contesta mientras sonríe a los contertulios- Los métodos basados en el diálogo han resultado ser absolutamente ineficaces al proporcionar a los pacientes justificaciones a sus comportamientos disfuncionales y, por tanto, evitar el cambio necesario.

 

Puede ser pero no estoy muy seguro de la permanencia de los cambios a través de los métodos de reeducación violenta –me atrevo a decir, sabiendo que este planteamiento no es académicamente aceptable.

 

Veo que uno de los contertulios mueve la cabeza en claro desacuerdo. La directora fuerza una sonrisa.

 

El dolor es un elemento mnemotécnico poderoso, no lo olvide –respondió buscando con la mirada la reafirmación de su audiencia- La aplicación de la violencia se acompaña de un proceso de reflexión que nos diferencia de un vulgar y despreciable agresor. La sala de reflexión es uno de los recursos que, como ya sabe, nos permite generar el cambio deseado en nuestros pacientes.

 

Prefiero no decir nada. No estoy muy seguro de que este método funcione. He tenido muchas discusiones con mi compañera sobre este asunto porque creo que no existe un forzamiento de la voluntad sino una anulación que convierte a las personas en simples peleles. La directora se marcha. El resto se sienta. Cada uno de ellos lleva una libreta en la mano y empiezan a tomar apuntes. Tomo asiento en una de las sillas frente al espejo, al lado de mi compañera. Tengo la sensación de que el espectáculo va a comenzar.

 

 

Lo que ocurría dentro de los centros de reeducación se ocultaba con especial interés por parte de las autoridades. Los padres de los pacientes apenas recibían información sobre el tratamiento que recibían y las llamadas telefónicas eran auditadas y cortadas ante el menor indicio de que el paciente pudiera desvelar cualquier dato sobre lo que allí ocurría. No se permitían las visitas y la duración de la estancia en el centro era indeterminada y condicionada a la respuesta positiva de los pacientes al tratamiento. La mayoría sentía eso que muchos psicólogos llaman indefensión aprendida. No había nada que hacer para resistirse a los métodos de los reeducadores y se dejaban hacer, adoptando un comportamiento sumiso y maleable. En ese momento se piensa que están respondiendo al tratamiento en el que la sala de reflexión se considera, a su vez, un punto de inflexión fundamental para doblegar las voluntades más resistentes. Las paredes de esta sala están acolchadas para evitar que los pacientes se puedan hacer daño a sí mismos y, como consecuencia natural, también impide que los gritos de ayuda puedan ser escuchados por el resto de pacientes aunque todos intuyen lo que se esconde tras la puerta que lleva a esta sala. La estancia suele variar y se encuentra en función de la resistencia psicológica de los pacientes. Se les priva de cualquier contacto humano y se reduce la comunicación a frases repetidas periódicamente, a través de unos altavoces, en los que el mensaje de fondo es “tú no existes”. El objetivo es la perdida de la mismidad. El conocido psiquiatra Laing se refirió a esta práctica de la siguiente manera: “…independientemente de cómo una persona actúe o se sienta, independientemente de qué significado dé a su situación, sus sentimientos no son tenidos en cuenta, sus actos son desconectados de sus motivos, intenciones y consecuencias, la situación es despojada del significado que tiene para ella, de modo que queda totalmente confundida y alienada”. No hay un castigo más espeluznante. Los pacientes saben cómo salen sus compañeros de esa sala, preparados para reintegrarse como sujetos válidos en la sociedad pero con la autenticidad del sí mismo mutilada. No les reconocen. Para María era la primera vez que tenía que entrar en la sala de reflexión. Desde que ingresó en el centro de reeducación no había mostrado mucho interés por obedecer las normas. Podía haber optado por lo que hicieron muchos de sus compañeros, mostrar sumisión, aceptar las intromisiones en su intimidad, mirar a otro lado ante comentarios despectivos hacia ella, hacia su familia, hacia todo lo que consideraba importante o cerrar sus labios ante las burlas y así evitar las correcciones violentas de los reeducadores. Podría haber optado por todo esto pero no lo hizo. Le gusta ser cómo es y está dispuesta a defenderlo hasta las últimas consecuencias.

 

 

Soy más resistente de lo que aparenta mi aspecto debilucho y mi corta estatura. Me siento sola y eso me ha hecho fuerte. Sé que la mayoría de las veces no me he mostrado realmente como soy, pero he aprendido que hacerlo me provocaba dolor y no puedo aparentar que me pueden dañar. Sé fingir que estoy bien cuando estoy mal y llorar y aparentar debilidad cuando quiero conseguir algo. Si quiero mostrarte una sonrisa la tendrás pero también probarás la fortaleza de mi mandíbula si decido atacarte. Tengo facilidad para encontrar las debilidades de los demás y aprovecharme para conseguir lo que quiero. Mi experiencia me dice que en el mundo solo sobreviven los que saben fingir porque ser uno mismo no está bien visto por quienes te rodean. Tienes que ocultarte y disfrazar tus sentimientos si no quieres que te hagan daño y preservar lo más preciado. Ser así me va bien y no quiero cambiar aunque haya acabado en este centro. Siempre me queda un espacio personal e infranqueable al que no puede acceder nadie si yo no quiero y esa es mi fuerza, lo que me permite resistir a los intentos de abordaje de los reeducadores. Les voy a demostrar que soy más fuerte que ellos. No voy a decir que no estoy preocupada por entrar en esa sala. He visto cómo han salido muchos de mis compañeros. Les arrebataron lo más auténtico que había en ellos pero confío en que mi fortaleza sea suficiente para resistir a sus intentos de amordazarme. Me están dando golpes en el hombro mientras camino por el pasillo. ¡Ya vale, no! No les debe parecer que voy suficientemente rápido pero yo marco mi ritmo por mucho que les frustre. La luz del pasillo siempre me ha parecido exagerada, iluminando cada rincón como una metáfora del empeño que tienen en descubrir cada peculiaridad de uno mismo para, finalmente, anularla. Sí, quiero probarme. Quiero saber si puedo ganarles. Todos mis compañeros se han despedido de mí como si no me fueran a volver a ver. He de reconocer que me he asustado porque ¿y si no vuelvo a ser yo? ¿No es una manera de morir? Si es así esta es mi manera de luchar por la vida. Cuando gire en este recodo del pasillo, al fondo veré la sala. Tengo sed. ¿Puedo beber un poco de agua? Estoy un poco nerviosa. Me cuesta tragar la saliva y siento mucho peso en el pecho. Me duele…tengo que cerrar un poco los ojos. Está la puerta abierta. No sé que me pasa. En la sala la luz es más intensa que en el pasillo. No quiero entrar. Me llamo María.

 

María…tú no existes.

 

 

EL TRAJE

Publicado el 14 Ee mayo Ee 2013 a las 14:15 Comments comentarios (0)

Llamo a la puerta. Hace más de dos semanas que no sé nada de él lo cual no es habitual. A pesar de las circunstancias, siempre se las ha arreglado para hacerme llegar una carta. Incluso aquella vez que cortaron todas las entradas del pueblo, y no se movía ni un mosquito sin que se enteraran, consiguió hacerme llegar unas líneas. Cada cinco días, a la primera luz del día antes de salir el sol, meto la mano en el hueco que hay entre unas piedras sueltas de la pared de la cuadra, buscando noticias suyas. Cuando mi mano roza el papel, lo agarra, como si se fueran a escapar cada una de sus palabras, y lo escondo entre la falda y el mandil. No me puedo arriesgar a que alguno de ellos me vea. Me meto en casa corriendo y me escondo en la despensa. Cierro la puerta y enciendo la pequeña bombilla para que me alumbre. Leer sus palabras me dan algo de esperanza, la posibilidad de que para nosotros otra vida es posible, pero ahora son demasiados días sin noticias suyas y empiezo a tener miedo. ¿Por qué tardan tanto en abrir?

 

 

Por las noches lo guardaba entre el somier y el colchón para que se alisara. Faltaba poco para que se celebraran las fiestas patronales y quería causar sensación entre las solteras y las viudas. Ya habían pasado tres años desde la muerte de su mujer y pensaba que era tiempo suficiente para buscarse una nueva compañía que cuidara de la casa y le hiciera la comida. Además, a los chicos no les vendría mal un poco de disciplina femenina. Al pequeño tenía que forzarle para que se duchara y eso no son cosas de hacer los hombres, pensaba. Sí, ya era hora de conseguir otra mujer y este traje le permitiría atraer sus miradas. Era el primer traje que tenía. Todas las tardes, al llegar de trabajar, lo sacaba de debajo del colchón y se lo ponía. Se miraba en el pequeño espejo que estaba enfrente de la cama de su habitación y simulaba tener conversaciones con damas imaginarias que se quedaban impactadas ante tanta elegancia, o bailaba agarrado a la almohada mientras tarareaba pasodobles. Poco a poco fue dando forma a las caras de las mujeres de sus ensueños y empezó a ambicionar a Antonia, la de Zacarías. Sabía que tenía que pasar algo de tiempo hasta que se acostumbrara a la ausencia de Zaca. Lo sabía. Estaba todo demasiado reciente.

 

 

Esa tarde se había puesto el traje y se miraba al espejo arqueando las cejas, fingiendo sorpresa mientras seguía el guión de su imaginación, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se giró a su izquierda y miró hacia el pasillo que llevaba a la puerta de entrada. ¿Quién sería a estas horas? Sus ojos alternaban la mirada a la puerta con la mirada al suelo mientras se apoyaba con la mano derecha en la cómoda del dormitorio, apretando una de sus esquinas hasta hacerse una herida en la palma de la mano con el pico de la mesa. Al notar el dolor, apartó la mano y se miró el hilo de sangre que se escurría entre los dedos. Cogió un pañuelo que estaba encima de una silla y apretó con fuerza la herida. Se lo ató en la mano y empezó a quitarse rápidamente el traje. Lo dejó encima de la cama y comenzó a vestirse con la ropa de faena que había dejado tirada en el suelo. Se miró al espejo y se dio el visto bueno. Empezó a andar hacia la puerta pero se paró a medio camino. No podía dejar a la vista el traje. Aún no. Dio media vuelta, lo agarró y lo lanzó dentro del armario entre el resto de la ropa. Volvió a pasar delante del espejo y se miró. Se pasó las manos por el pelo, aplastándolo. Le titilaban los ojos. Cogió aire y se encaminó hacia el fondo del pasillo.

 

 

Antonia – susurró- no te esperaba

 

Buenas tardes, señor Jaime, perdone que le moleste. Sé que no son horas pero me gustaría hablar con usted.

 

¿Quieres pasar?

 

No, no –contestó azorada- mejor aquí, en la puerta, ya sabe las malas lenguas que hay en este pueblo –continuó, esbozando una sonrisa

 

Tú dirás.

 

Antonia miró a los lados y bajó la voz de tal manera que casi era imperceptible.

 

¿Sabe usted algo de mi marido Zacarías?

 

No. ¿Pasa algo?

 

El rapaz de Lorenzo me ha dicho que su hijo, el pequeño, le contó que le habían visto ustedes hace unas semanas por aquel tema del dinero, ya sabe.

 

Sí, sí…

 

Zacarías me contó por carta, sabe usted, que se iba a reunir con usted para solventar aquello y con eso poder escapar, sabe usted, lejos de aquí.

 

Sí, sí…

 

¿Lo vio usted, señor Jaime?

 

¿Pero no has tenido noticias de él?

 

Desde hace dos semanas no sé nada.

 

Pues me dijo que la avisaría…no sé, no habrá podido…

 

¿Qué pasó, señor Jaime?

 

Poca cosa. Quedamos, ya sabes, en la finca que tengo a la vera del río, donde comienza la subida al monte de albero. Le pagué lo adeudado y nos ayudó a segar a mis hijos y a mí. Cerca ya de la caída del sol, se despidió y me dijo que después de esa noche se marcharía.

 

¿No le dio ningún mensaje para mí?

 

Ya sabes lo delicado de todo esto…pensé que se pondría en contacto contigo…mujer, el camino es muy largo y te hará saber cuando llegue, no te preocupes

 

 

Empezó a correr el rumor de que el escondido se había marchado. Ya habían pasado seis meses desde que la Antonia tuvo noticias de él. Los hombres comentaban entre susurros, sentados en los peldaños de las escaleras de las casas, mientras fumaban sus cigarros después de un día duro de trabajo, que por fin había conseguido romper el cerco y escapar. Pocas veces miraban a los ojos de los convecinos. Relataban sus teorías sobre lo que había ocurrido mirando a su alrededor, de esquina en esquina, escudriñando entre las sombras con la sospecha de que alguno de ellos estuviera al acecho. No era prudente hablar de esas cosas en público. Siempre te podían acusar de haberle ayudado. Yo me quedaba escuchando sus excéntricas teorías sobre la ruta que habría podido escoger. Solía estar acompañado por Santos, el pequeño del señor Jaime. Nos sentábamos en el suelo, cerca de ellos, mientras daban vueltas y vueltas sobre el tema. Santos cogía pequeñas piedras de la calle de tierra y las tiraba una a una al camino, con la mirada fija en el suelo. A veces, levantaba la cabeza y miraba a los hombres con los ojos muy abiertos para, a continuación, volver a quedarse ensimismado. Yo le observaba y sonreía. Le daba un golpe en el hombro y le preguntaba ¿estás bien? Santos me miraba encolerizado. Desde que me contó que su padre, su hermano y él habían visto al escondido, no había vuelto a decir nada. Su padre se lo había prohibido. Pero no hacía falta. Yo ya sabía. Me acercaba a su oído y le susurraba: tranquilo, tranquilo.

 

 

Había subido por el terraplén que estaba detrás del escenario que habían montado en la plaza. Miró el reloj y vio que eran las nueve en punto. Sacó un pañuelo y se limpió la tierra que se le había quedado pegada en las manos al agarrarse a unas piedras mientras subía. Miró a su alrededor. Estaba todo el pueblo. Se sacudió el polvo que se le había adherido a la pernera y se ajustó la americana del traje. Era de noche y estaba a punto de empezar la verbena de las fiestas. Pasaron corriendo unos muchachos y reconoció a su hijo Santos. Le llamó. Le puso una mano en el hombro y se agachó para decirle algo al oído. Al levantar la cabeza, vio que uno de los muchachos se había quedado mirándoles. Era el rapaz de Lorenzo. Volvió a mirar a su hijo. Vete a casa, no le tienes que dar más nada. La música empezó a sonar. El chico se escabulló entre los vecinos que ya ensayaban sus primeros pasos de baile. Matías, el hijo mayor, le había visto llegar y se acercaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, sorteando los cuerpos que se movían al compás de la música. Cuando llegó a su altura, el padre le dio un beso en la mejilla y le deslizó una navaja en el bolsillo del pantalón. Vete. Se sacó un pitillo de la cigarrera y se lo colocó en la oreja. Empezó a andar, con las manos en las solapas, mirando sonriente a los bailarines y levantando levemente la cabeza cuando le saludaban. Se situó en el centro de la plaza, entre el gentío, y giró sobre sí mismo, ahuecando los brazos como si bailara con alguien. Se balanceó de un lado a otro durante un rato hasta que se puso a la vera de Antonia, que bailaba con una de sus primas. ¿Quieres bailar?.

 

 

Matías se escondió detrás de una fuente, en el camino oscuro y pedregoso que llevaba al río. Muy cerca del lugar donde vieron por última vez al escondido. Apoyó la espalda contra la pared de la fuente y se quedó absorto mirando la oscuridad de la noche. No entendía cómo podían haber llegado a esa situación. Aquel día estaban los tres. Se habían sentado a la sombra de un castaño. Santos desplegó el mantel, raído y sucio, con los hilachos colgando. Cada uno de ellos sacó de su zurrón algo de comida. Matías sacó un poco de jamón y los restos de unas migas de pastor ya pasadas. Su padre les había dicho que creía que, ese día, bajaría. No pasó mucho tiempo hasta que escucharon cómo se movían unos matorrales enfrente de donde se encontraban. Era el escondido. Venía cargado con una maleta y una pequeña mochila colgada en la espalda. Su padre y el señor Zacarías se apretaron con fuerza las manos mientras pronunciaban efusivas palabras de reconocimiento. Matías recordaba el impacto que le produjo verle. Era de los pocos hombres que, sacrificando a su familia y todo lo que tenían, se habían atrevido a enfrentarse a aquellos que un día llegaron al pueblo y empezaron a decir lo que se tenía que pensar y hacer. Esos pocos, finalmente, se tuvieron que esconder o huir si querían salvar sus vidas. Era lo más parecido a un héroe que Matías había visto nunca. Ese día, Zacarías venía a cobrar una deuda. Había traído sus pocos enseres porque una vez que su padre le hubiera pagado huiría lejos. Se quedaron ambos hablando mientras Matías y su hermano pequeño preparaban las herramientas para la siega. ¿Por qué no nos ayudas a segar? Zacarías dobló la chaqueta del traje que traía y la dejó doblada encima de una piedra grande. Se arremangó la camisa y cogió una de las hoces. Era media tarde, el sol estaba cayendo. Mientras segaba, una hoz se levantó por encima de él y cayó sobre su cabeza. Cuando se acercaron ya estaba muerto. Su padre registró la maleta y metió en una bolsa parte de la ropa, el traje y el reloj que llevaba puesto y algunas pertenencias más. Lo enterraron al pie del castaño. Recogieron las herramientas de trabajo y regresaron al pueblo. Matías se había convertido en parte de las sombras de la noche, ensimismado en sus recuerdos, cuando escuchó el crujir de unas ramas. Se levantó y se abalanzó en dirección al lugar de donde había provenido el ruido. El rapaz de Lorenzo ya estaba muerto.

 

 

Le he dicho que sí porque…no sé…me ha pillado desprevenida y mi prima, empujándome hacia él. Me da vergüenza por lo que puedan pensar los vecinos...no sé…que piensen que estoy faltando el respeto a mi marido, que ando buscando algo aunque…por qué no. No se ha puesto en contacto conmigo en seis meses. Se marchó sin decirme nada y me ha abandonado en este pueblo de mala muerte. A ellos no les gusta que estemos solos y seguramente verán con buenos ojos que yo pueda rehacer mi vida con otro solitario y si ellos lo ven con buenos ojos…No para de mirarme, me estoy poniendo un poco nerviosa. Me gusta que me agarre tan fuerte como si no quisiera dejarme escapar aunque si Zaca me escribe y yo estoy con este…no sé. Igual ha tenido problemas, le ha pasado algo en su huida y yo no debería estar en el baile, divirtiéndome. Tendría que, a lo mejor, recogerme en la casa…no, no…qué dirían ellos. Lo mejor es que haga una vida normal y ahora, a ojos del pueblo, estoy sola. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío…no sé. Vaya, se acabó. ¡Está tan elegante! Ese traje le queda que ni pintiparado. ¿Cómo? Dice que ahora vuelve. Me va a traer algo de beber. Ay, me gusta mirarle, alejarse con ese traje tan bonito…hay algo en él que me resulta familiar. No sé.

SOY UNIVERSO

Publicado el 7 Ee mayo Ee 2013 a las 6:05 Comments comentarios (0)

 

Siempre había tenido una extraña atracción por las noticias de muertes y asesinatos. Le fascinaba conocer todos los detalles y hojeaba, curiosa, los periódicos que encontraba, buscando cualquier mención, cualquier pista que le permitiera revivir en su imaginación lo que sucedió. Jugaba a ponerse en la piel de la víctima, sentir las emociones que precedían al momento de su muerte, la tranquilidad previa al asalto, el sobresalto al ver una sombra avalanzarse sobre ella, el pánico inmovilizador, bisbisear palabras de clemencia mientras unas manos rodean su cuello en busca del suspiro que acabe con la vida. Acababa temblando, acurrucada en la esquina de su habitación, mirando a la puerta en espera de que el picaporte comenzara a girar, despacio, tan despacio como los largos segundos antes de morir. Mira a los lados, moviendo sus ojos rápidamente en todas las direcciones, pero no hay escapatoria. La sombra es nuestra compañera de viaje y siempre nos alcanza. Se levanta temblorosa y se acerca a la puerta. Coloca su oído en la fría madera y escucha los latidos de la casa, los susurros fantasmales de los vecinos que viajan por los conductos de aire, los ruidos insondables que se desplazan por la cañerías de la vieja casa, los roces de su ropa en la puerta, que hacen que se estremezca al pensar que alguien está detrás suyo, alargando la mano para tocarla. No salgas, se dice, quédate en la habitación. Mueve el armario y bloquea la puerta. Abre la ventana y grita. Pero no salgas. No, no, no hay nadie. No hay nadie. Agarra el pomo con todas su fuerzas y comienza a girarlo lentamente, intentando hacer el menor ruido posible mientras se agacha, arrugando el cuerpo como si así pudiera librarse de lo que hay fuera y pasar desapercibida de eso que la espera. No hay nadie. La puerta se abre despacio. La negritud del exterior se funde con la de la habitación. Su mente dibuja en la oscuridad las formas de los muebles tal como están situados y el camino que la ha de llevar hasta el interruptor más cercano. Sale corriendo. Se tropieza con la cómoda y se golpea la rodilla con el pico de la mesa. Cae al suelo. Está a menos de un metro de la luz pero con el rabillo del ojo ve una sombra acercarse hacia ella. No sabe si va a llegar pero sólo puede intentarlo. Alarga la mano y presiona el interruptor. No hay nadie.


Las persianas están medio bajadas. Aún hay claridad aunque empieza a notarse como los días son cada vez más cortos. Está sentada en el sofá del salón mirando una fotografía de la mujer. Le gusta su sonrisa. La casa es grande. Demasiado grande para vivir sola, piensa. Los pasillos interiores son oscuros y largos. Una puede imaginar que al fondo, en la oscuridad, hay algo que la espera para atraparla. Sí, son de esos pasillos. La casa de sus padres también tenía largos pasillos. El suelo era de madera que gemía bajo los pasos de sus pequeños pies y temblaba, cada vez que tenía que adentrase en la oscuridad. Al lado del comedor, había una galería con una ventana desde donde podía ver, agazapada, quién venía, quién se acercaba. Por las noches, soñaba que estaba escondida, junto a su madre, y venían a por ellas. Sombras, vestidas con largas ropas oscuras, ocultando sus rostros, se arrastraban calmosas hacia ellas. No podía ver sus ojos pero sabía que las miraban y que por mucho que se escondieran, las alcanzarían. Susurraba a su madre que no quería, que no quería que la tocaran. Acercaba su cabeza a la suya mientras resbalaban las lágrimas por la piel de su cara. Las sombras estaban tan cerca que ya alargaban sus manos para cogerla. Sentía un fluido caliente deslizarse entre sus piernas y una presión creciente en el pecho. Alzó la vista y vio sus manos. No podía gritar. En ese momento, se despertaba. Recordaba aún aquel sueño con mucha angustia. Bah, es solo un sueño. Encima de la mesa del salón había un periódico, abierto por la mitad. Lo cogió y empezó a leer. Una mujer de 83 años había matado a golpes a una vecina de 80. Según la noticia, la asesina estaba loca y su hijo la tenía que mantener atada a una cama para controlar sus raptos de locura. Un día consiguió romper las ligaduras, que ataban sus manos al cabecero de la cama, con los dientes. Se levantó, abrió la puerta de la casa y bajó las escaleras. Apoyada en el pasamanos se encontró a la vieja vecina, que solía pasar gran parte del día viendo bajar y subir a los vecinos del edificio. Comenzó a golpearla con sus propias manos hasta que la mató. Después, se fue a la cafetería de enfrente y pidió un desayuno completo. Esto la recordó que tenía hambre. Dejó el periódico encima de la mesa, se levantó y fue hasta la cocina. Abrió la nevera y cogió un par de yogures, una manzana y un poco de queso. Se sentó encima de la mesa de la cocina y apoyó la espalda en la pared. Se puso a morder la manzana y descubrió la comida recién hecha que estaba encima de la vitrocerámica. Anda, estaba cocinando, pensó. Terminó de comer y salió de la cocina. El baño estaba enfrente y entró a lavarse los dientes. Comenzó a hacer muecas delante del espejo, simulando miedo, sorpresa, terror, indiferencia y asco. Deformaba las líneas de su cara mientras que, a cada poco, le entraba la carcajada y agachaba el cuerpo, frente al lavabo, agarrándose el estómago muerta de la risa. Volvía a enderezarse y se miraba, con gesto severo ante el espejo. He muerto, repetía en voz alta e imaginaba cuáles serían las reacciones de las personas que la conocían. Se ensimismaba pensando en su muerte, fingiendo dolor con un rictus serio y triste o falsa sorpresa ante la imaginaria noticia. Una vez cansada de la pantomima, salió del baño y empezó a andar, lentamente, mirando las fotografías con marcos baratos colgadas en las paredes del pasillo. Se paró delante de una en la que aparecía la mujer con dos niños. Serán sus hijos, pensó. Se giró y se situó enfrente de la puerta. Era la hora de entrar.


Si sentirse e imaginarse como víctima es emocionante, jugar a ser una asesina, sentirse la única dueña de la vida de los demás, provoca una sensación orgásmica. El juicio moral sobre lo que implica acabar con la vida de una persona era algo que no la interesaba. Le provocaba hilaridad escuchar los calificativos que la gente ordinaria vertía contra aquellos que un día decidieron que alguien no debía volver a respirar. No habían experimentado jamás el placer de sentir cómo la vida se escapa entre tus manos, pero se permitían el lujo de juzgar, con los adjetivos más desagradables, a aquellos que se sitúan tan cerca de dios. Experimentar las sensaciones que provoca, está por encima de la vida de cualquiera. Ver la cara de la muerte sin retirar la mirada nos acerca al infinito y nos funde con la esencia del universo. Somos, de hecho, universo en ese momento. Se imaginaba en una entrevista televisiva, en horario de máxima audiencia, diciendo todo esto. Mirando fijamente a la cámara mientras decía “soy universo” ante la admiración respetuosa del entrevistador. ¿Por qué lo hiciste? Si me pides que te diga si hay algún motivo por el que estrangulé a esa mujer, si ella hizo algo para que yo acabara con su vida, la respuesta es no. De hecho, me cayó bien desde un principio. Simpática, agradable y muy respetuosa. Desde que la conocí empecé a imaginar cómo sería su rostro poco antes de morir. Un día provoqué un encuentro casual en la calle. Hacía tiempo que no pasaba por la tienda de telas que regentaba y yo no dejaba de fantasear. Recordaba la zona por la que me dijo que vivía así que me acerqué varias tardes para localizar con exactitud su casa. Hasta que le vi. Subía por la calle con las bolsas de la compra. Cansada, las dejaba cada poco en el suelo. Un señor se ofreció a ayudarla. La acompañó hasta un portal, abrió la puerta y desaparecieron en la penumbra del portal. Estaba excitada. Por fin le había encontrado. Me acerqué al portal y llamé a uno de los timbres del portero automático. Publicidad. Me abrieron y entré. Los buzones estaban a la derecha de la puerta y busqué el nombre de la mujer. Allí estaba. Mi cabeza estaba llena de ideas atropelladas y casi no podía pensar. Los días siguientes, después del trabajo, amparada en la oscuridad de la noche, iba hasta el portal y llamaba a su timbre. Contestaba pero yo no decía nada. Me decía, asustada, que escuchaba mi respiración y que iba a llamar a la policía. Me iba. Un día la esperé en la calle. Me hice la encontradiza. Qué sorpresa. No esperaba verte por aquí. Hace tiempo que no te veía. Le dije que a ver si nos veíamos un día y le contaba una cosa sobre una clienta que ella conocía. Si quieres subir a casa. Vivo aquí al lado y nos tomamos un café. Subimos y le conté un cotilleo, una mentira, pero qué más daba. Ya estaba dentro. ¿Qué sentiste al matarla? Aquel día no lo hice. Quería imaginarlo primero, paso a paso. No dejar nada a la improvisación. Sabía que vivía sola y me había ganado su confianza así que no había prisa. Esa mujer ignoraba que su vida dependía de mis pensamientos, de mis decisiones, que cada segundo con vida era gracias a mí. Era poseedora de lo más preciado de las personas y podía hacer con ello lo que quisiera. Levantar mi pulgar hacia arriba o colocarlo hacia abajo. Cuando estuve preparada, la maté. No hay mucho más que contar. Matar es muy sencillo. En este momento, el público invitado a plató, no pudo más que aplaudir.


Alargó la mano hacia el picaporte y lo giró lentamente. La puerta se abrió mientras los goznes chirriaban suavemente. La habitación estaba en penumbra. Apenas unos hilos de luz se filtraban por los agujeros de las persianas. El suelo de madera avanzaba cada uno de su pasos, resonando en el silencio de la casa. Se colocó en el centro de la habitación y miró a su alrededor. No era una habitación muy grande. Una cama de matrimonio, una cómoda y una estrecha librería, donde acumulaba algunos libros, fotos familiares y pequeñas figuras de porcelana. Había algo de ropa tirada a los pies de la cama. Se agachó y la recogió. Comenzó a doblarla con cuidado y la colocó en el interior del armario empotrado. Le gustaba que cada cosa estuviera en su sitio. Se fijó que en la mesita, al lado de la cama, la lámpara de noche se había caído. La levantó y la colocó de nuevo en su lugar. Bien. Todo parecía en orden. Se sentó a los pies de la cama. Estaba relajada. Durante mucho tiempo se había preguntado qué sentiría en esos momentos. A veces se había imaginado que estaría muy nerviosa, otras contenta pero nunca había imaginado que pudiera sentir esa calma. Cree que es hora de marcharse. Mira detrás suyo y ve el cuerpo de la mujer tendido en la cama. No respira. Se levanta y se acerca. Retira la sábana que cubría su cabeza. Le gustaba su sonrisa, recuerda. Acaricia sus cabellos rizados y le da un beso en la frente. Sale de la habitación y avanza por el pasillo. La oscuridad queda a su espalda. Mañana comprará el periódico. No quiere perderse la sección de sucesos locales. Abre la puerta de la casa, con cuidado de que no la vean, y desaparece. En las escaleras, se oye una conversación entre vecinas. En la casa, sólo hay silencio.

MENSAJES

Publicado el 30 Ee abril Ee 2013 a las 8:35 Comments comentarios (0)

No sabía qué es lo que ocurriría si mañana hiciera las maletas y dejara a su mujer, renunciara a su trabajo, no volviera a ver a sus padres ni a sus hermanos ni a sus sobrinos, renegara de sus amigos, quemara su casa, su ropa y todo aquello que le perteneciera y se fuera caminando solo, por donde nunca se hubiera atrevido.

 

¿Te echo grasa en las persianas?

No, que ya tengo, gracias compadre

 

El camarero se quedó mirando al grasero mientras se montaba en la bici con la que iba de bar en bar buscando sacarse unos cuartos para comer.

 

Cada uno se busca la vida como puede, ¿verdá?

 

Manolo se sobresaltó al oír la pregunta. Se había levantado muy nervioso y sólo pensaba en escapar. No sabía muy bien de qué pero por su cabeza sólo pasaban imágenes de abandono, dejar todo lo que tenía y huir. Sacó su móvil y comprobó si le había llegado alguna respuesta a su mensaje. Nada. En ese momento escuchó la pregunta de Juan.

 

Sí…supongo

 

Cogió el periódico que estaba en la barra y empezó a leer. Sus ojos iban de arriba a abajo, mirando sin ver nada, hasta que se paró en la fecha. Este Juan no puede comprar uno del día. Lo volvió a dejar en su sitio.

 

Mira qué joyita compré el otro día, cantecico puro, mi arma, te voy a poner unas bulerías pa´morirte

 

Juan sacó el cd y abrió la compuerta de la cadena de música mientras miraba por un espejo como tamborileaba con los dedos encima de la barra sin hacerle mucho caso. Se encogió de hombros y puso el cd.

 

No niego que te he querido

pero en el alma me pesa

el haberte conocido…

 

No entendía nada. Recuerda el momento en que se lo contaron como irreal, como un sueño que no es. Sabe que es así por el dolor que siente en el pecho. Ese dolor es angustiosamente real. Recuerda cómo, cuando le vio la cara, el tiempo se fue ralentizando y hubo un instante en que se detuvo. En ese momento sabes que algo va a pasar. Empiezas a mirar a tu alrededor mientras todo está parado, buscando algo que dé respuestas a tu pregunta. ¿Qué es lo que va a pasar? Hasta que todo vuelve a ponerse en movimiento pero ya no es igual. Nada vuelve a ser igual que antes.

 

¿Estás bien?

Sí, sí…ponme algo pa´comer que no me entra la caña

 

Vio entrar a Juan en la cocina y ponerse a preparar la tapa. Miró a través de la ventana del bar. La gente paseaba arriba y abajo como en una película de la televisión. Pensaba que no quería salir del bar y unirse a esa corriente informe que se mueve sin sentido, quería salir por la puerta trasera sin hacer ruido, sin que nadie le viera y escaparse de allí. Lo que tengo que hacer es irme, dejarlo todo. Entró una mujer con minifalda negra y botas militares y se sentó en el taburete al lado de la barra. Me iría contigo si tú quisieras. Sintió una vibración en el bolsillo de su pantalón. Sacó el teléfono y comprobó si le había llegado algo. Nada. Dejó el móvil encima de la barra. Entrelazó las manos y, con los codos apoyados en la barra, se las colocó en el mentón. No entendía cómo se había llegado a esta situación.

 

¿Qué te pongo?

 

Juan deslizó la tapa por encima de la barra de madera barnizada mientras miraba a la mujer.

 

Una cerveza, por favor

 

Volvió a mirarla. Empezó a imaginar que empezarían a hablar y que a ella le gustaría. Se darían cuenta de que podrían marcharse los dos juntos donde quisieran y no mirarían atrás. ¿Para qué? Le gustaría decirle algo pero no se le ocurre nada ingenioso así que se calla. Le mira las piernas, nervioso, mientras ella se encuentra ensimismada escribiendo en un iphone. Me gustaría invitarte a cenar. Las palabras comienzan a agolpársele en su cabeza. Palabras de cortejo, de pasión y de amor. La imagina enamorada sin remisión.

 

No te metas en quereles

porque se pasa mucha fatiga

mira si vivo con pena

que estoy muerta

estando viva

 

Se escuchó un pitido acompañado de una pequeña vibración. Manolo miró el móvil. En su pantalla iluminada aparecía el aviso de un mensaje nuevo. Colocó las palmas de su mano tapando su cara y se quedó paralizado. Pensó que quería que todo se detuviera de nuevo. Quería que mientras todo estuviera inmóvil, pudiera moverse libremente en el escenario de su vida y cambiar lo que quisiera. Le gustaría haber escrito con sus manos el mensaje que aún no había leído. Notar la sensación de sus dedos apretando cada tecla, escribiendo cada letra, construyendo lo que deseaba decir. Haber guiado sus pensamientos y manejado sus deseos. Cambiar lo que había sido, crear lo que quería. Apartó las manos de la cara y vio a Juan que le miraba sonriente mientras limpiaba un vaso con un trapo. Giró la cabeza hacía su izquierda y vio a la mujer de las botas militares vuelta hacía donde él estaba, mirándole. Ambos estaban inmóviles. Nada se movía. Se levantó y se acercó hasta la entrada del bar. Miró hacia la calle. Quietud. Regresó a la barra y se situó delante de la mujer. Solo quiero hacer esto. Acercó sus labios a los de ella y la besó.

 

Pisha, que ta llegao un mensaje

 

Apartó las manos de la cara, sobresaltado. Juan le miraba, sonriendo, mientas limpiaba un vaso. La mujer se volvió y se le quedó mirando. La miró pero apartó, inquieto, la vista. Se sintió avergonzado por haberla besado sin su permiso. Carraspeó, disimulando su desasosiego, mientras cogía el móvil y buscó el mensaje que recién le habían enviado. Era el que estaba esperando. Lo abrió y lo leyó. Lo siento. Escuchó el chirrido de las patas de un taburete al desplazarse por el piso. La mujer en minifalda con botas militares estaba pidiendo la cuenta. Me iría contigo si tú quisieras. La mujer pagó y se acercó a la máquina de tabaco. La miraba a través del espejo que había detrás de la barra con las manos entretejidas delante de la cara. Seguía cada uno de sus movimientos esperando que se volviera y le contestara. Dime que sí. La mujer se agachó para recoger su paquete de tabaco y se dio la vuelta. Le miró durante un instante.

 

Adiós

 

Desapareció entre el gentío del exterior. Tuvo la intención de seguirla pero decidió que no. Cogió de nuevo el móvil y escribió un mensaje. M importa y m duele. Adiós. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón y se levantó. Era hora de marcharse.

 

Me voy, Juan. Cuídate

 

Salió del bar y se perdió entre la masa informe. Tenía la intención de caminar solo, por donde nunca se había atrevido.

Julian "el milhombres"

Publicado el 23 Ee abril Ee 2013 a las 8:45 Comments comentarios (0)

La casa de Julián “el milhombres” está situada en una calle al lado de la plaza mayor del pueblo, a escasos metros del Ayuntamiento y enfrente de la casa del cura, Don Faustino. Si bajas por esa misma calle, en dirección a la sierra, llegas al río Vivo donde las mujeres lavan la ropa en animada y alegre conversación. Sus palabras revelan secretos, esparcen rumores, susurran chismes, construyen noticias asombrosas y otras más prosaicas. Se elevan en el aire y pierden consistencia al alcanzar más altura hasta regresar, en un runrun, a los oídos de los pastores que bajan por las sendas de la montaña después de dejar al ganado paciendo en el monte. Julián sabía que hoy las mujeres tenían de qué hablar así que se asomó curioso al picheiro desde donde podía verlas formando una larga línea frente al río mientras tomaba un respiro, antes de continuar el camino que le llevaba de regreso al descanso de su casa. A lo lejos creyó divisar a su mujer, Lola, regresando a casa con el cesto de ropa recien lavada apoyado en su cadera. Milhombres sonrió, seguro de que había cumplido con su cometido.


Carmen “patudas” no podía creer lo que su prima acababa de dejar caer como una bomba en la lavandería. Subían en silencio, una al lado de la otra, con sus cestos bien sujetos y sus pensamientos volando ruidosamente. La patudas no pudo contenerse más. Pero…¿habéis pensado en lo que dirá Don Faustino? Lola sonrío. ¿Y qué daño puede hacer un salón de baile? Sólo es un negocio que permitirá que no nos rompamos el lomo trabajando el campo y el ganado. Será bueno para el pueblo y lo entenderá. La “patudas” no lo tenía tan seguro pero no quiso insistir más. Todo el pueblo conocía el carácter de Don Faustino, muy rígido y poco favorable a cualquier cambio que pudiera enturbiar el ambiente del pueblo. Ni una brizna de hierba se movía sin que diera su autorización. Apoyado por las familias más influyentes se comportaba de hecho como la máxima autoridad del pueblo y sus pedanías. Y entre estas familias la de Julián, cuyo hermano era el actual alcalde, que siempre había destacado por su posición económica y social. Por eso, Carmen “patudas” no entendía a cuento de qué se querían enfrentar a estas alturas con Don Faustino.


No era capaz de estarse quieto. Lorenzo, el alcalde, se sentaba en la silla y se volvía a levantar inmediatamente mientras se revolvía el pelo con una de sus manos. ¡Pero qué coño se cree este! Don Faustino le miraba encolerizado, sentado enfrente del escritorio mientras murmuraba que no hay fuego en el infierno suficiente para quemar a este hereje. Lorenzo no entendía que su hermano menor no le hubiera consultado. Siempre había tenido la cabeza llena de ideas locas que, con determinación, su padre quiso expulsar a base de golpearle con el cinturón. Pero está visto que no sirvió para nada. Sabía que nada bueno traería estar enemistado con el cura así que era imprescindible encontrar una solución a este asunto tan desagradable. Sus manos se movían sin ton ni son. Un rato entre sus cabellos, otro en los bolsillos o cogiendo cualquier objeto de la estantería que volvía a dejar tambaleándose encima de las baldas. Porque…claro, usted no ha pensado en la posibilidad de permitirlo a cambio de… ¡Bajo ningún concepto! Muy bien, entonces, Don Faustino, es hora de hablar con Julián.


Inteligente y buen estudiante, Federico era el hijo menor de Julián. Destacaba entre sus hermanos por tener perspectivas más allá de los límites del pueblo. Sus padres tenían muchas esperanzas de que se dedicara a una carrera mayor como medicina o, si Dios quisiera, derecho. Federico estaba sentado, junto con sus cuatro hermanos, desperdigados alrededor de la mesa del comedor. Su tío Lorenzo y Don Faustino hablaban con su madre cuando se abrió la puerta de casa. Su padre, sudoroso, acababa de regresar. No pudo más que sonreir al verle entrar. Por la mañana, antes de que se fuera a apacentar a las vacas, le había dicho que se iría a estudiar a Zamora. Ahora es el momento de demostrar que tu madre y yo no nos equivocamos contigo. Le daba pena dejar el pueblo pero sabía que ir a estudiar a la capital le permitiría alcanzar todo lo que se propusiera y poder presentarse ante los padres de su novia como un hombre de bien. El maestro le había animado a dar este paso y a superar los miedos que le provocaba separarse de este entorno que, aunque limitado, conocía. Aún así reprimiría su alegría, no fuera a pensar su madre que estaba contento de abandonarla.


No te habrás creído que vas a montar un salón de baile enfrente de mi iglesia. Antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver. No se andaba con rodeos el viejo cura. Julián había previsto que el carcamal no se lo pondría nada fácil así pues no le sorprendió verle en su casa junto con el remilgado de su hermano, dispuestos a frenar tan demoniaca idea aunque no había nada que pudiera echar atrás lo que ya tenía decidido. Me gustaría hablar con ustedes en privado, señores. Bajaron a la cuadra mientras Lola se quedaba con sus hijos, escuchando los altibajos de la conversación, expectantes de lo que podría suceder de este enfrentamiento. Conociendo la determinación de aquel que llamaban Milhombres no dudaban de que finalmente conseguiría convencerlos. Después de media hora de negociación, los tres hombres regresaron a la casa. Marchaos a vuestros dormitorios. Federico, tú quedate. La madre había sacado algo para cenar y Don Faustino y Lorenzo saciaban su hambre después de un día tan alterado. Federico, sabes lo importante que es para la familia sacar adelante este proyecto, lo que supondría para nuestra economía, lo sabes…hay un cambio de planes. No irás a estudiar a Zamora. Ingresarás en un seminario.

111010100110101100000000111101

Publicado el 22 Ee enero Ee 2013 a las 9:30 Comments comentarios (0)

Había hace más de veinte años una pensión que se llamaba Madrid, en la calle Gamazo núm. 11. Si querías hablar con ella tenías que llamar al 983220285. Se ponía una mujer, de voz suave, que siempre te decía que no había habitaciones. No sé cuántas veces pude llamar pero la respuesta fue siempre la misma. Hubo una vez que le dije que se me había olvidado el alma y los zapatos en una de las habitaciones, la que quedaba al final del pasillo, cerca del comedor. Le dije que el alma seguramente se deslizó por la pernera del pantalón y rodó hasta debajo de la cama y que me daba un poco igual recuperarla porque ya me había hecho con otra pero que los zapatos eran únicos y que me gustaría recuperarlos. La mujer guardó silencio, colgó y nunca más me cogió el teléfono. Llevaba llamando todos los días desde hacía veintitres años esperando escuchar de nuevo Pensión Madrid en qué podemos ayudarle pero solo oía la incesante señal que indicaba que no había nadie tras la línea telefónica. El otro día se me ocurrió llamar al 111010100110101100000000111101 y se puso una mujer, de voz suave, le dije que se me había olvidado el alma y los zapatos en una de las habitaciones, la que quedaba al final del pasillo, cerca del comedor. Le dije que el alma seguramente se deslizó por la pernera del pantalón y rodó hasta debajo de la cama y que me daba un poco igual recuperarla porque ya me había hecho con otra pero que los zapatos eran únicos y que me gustaría recuperarlos. La mujer me pidió que esperara un momento, que iba a mirar. No tardó más de un minuto. Lo siento pero no he visto nada. Le dije que no se preocupara y colgué el teléfono.

Acu MULA Ción

Publicado el 1 Ee abril Ee 2009 a las 16:05 Comments comentarios (1)

Es una sobrecogedora mañana de frío. Encogido sobre mi sombra entro en una cafetería. Me estoy tomando un ardiente café con leche cuando entra una china vendiendo música y películas. Con la bandera pirata de tibias cruzadas, por supuesto. Le compro dos películas. No las necesito y es posible que ni siquiera las vea. Se perderán entre el amasijo de papeles, libros, publicidad, cartas del banco, recibos, revistas y colección de periódicos que acumulo en mi casa. Aún así se las compro, todo por el ansia de atesorar. Me quedo con ganas de comprar más pero me contengo. Siento como una mano supraterrenal me agarra el brazo cuando este se dirige a la cartera y me susurra al oído: aún te queda la tarde. La música me la suelo bajar por internet por lo que sólo gasto en cedés vírgenes. Me bajo tanto los grupos que me gustan como los que no. Acepto todas las invitaciones gratuitas para descargarse el disco online como las de La Excepción o las de los melancólicos Radiohead. También compro discos de vez en cuando, tres o cuatro de una vez. No miro ni los títulos. Sólo espero tener más productos que comprar que cualquiera de los que comparten conmigo la cola de la caja antes de pagar. Que se note el tipo de persona que soy. Me gusta irme a casa con varias bolsas en las manos y colocar las adquisiciones cuidadosamente en los muebles apropiados para la acumulación en serie de cedés. Los tengo de diferentes formas, con formas de cocodrilo, de lagartija o simples muebles de madera con finos huecos cuadrangulares. Me inclino aún así por la inflamable madera. Pero sobre todo lo que más me gusta comprar son libros, son más fáciles de prender. Siempre me ha gustado la imagen del ínclito escritor, hombre de letras, con amplias bibliotecas a su espalda que refuerzan la erudición del prohombre. Estimula mi imaginación. Busco recrear ficticiamente la erudición que no tengo a través de la posesión de sabiduría en estado bruto. Me apasiona leer rápido para no enterarme de lo que leo. Es más atractivo el efecto icónico de un hombre con un libro en la mano que la cultura en si. Podría no leer, colocar el libro en el lugar que le corresponde de la estantería y ya está. Es cierto. Pero me privaría de la dislocación que se produce en el momento en que cojo un libro. La salida de mi alma que observa a mi cuerpo pasar página tras página sin esfuerzo lector. Narcisismo intelectual, lo podría llamar, puro éxtasis. De todos los cientos de libros que adquiero tengo inclinación por los libros de poesía. Son más baratos lo que me permite comprar más cantidad de material. Además, tengo la sensación de que el tipo de páginas de los libros de poesía favorece la combustión. También acopio cómic y cualquier cosa susceptible de convertirse en combustible. La acumulación es el camino. No sé aún donde está el límite. Seguramente cuando todo ello se levante sobre mi cabeza, me rodee y asfixie. En ese momento encenderé el mechero y comenzará la purificación. Sí, sólo aspiro a desposeerme a través del fuego. Será mi particular resurrección a la vida.

Bienvenido a la oscuridad

Publicado el 11 Ee marzo Ee 2009 a las 20:05 Comments comentarios (0)

Durante las últimas semanas hace vida en el salón de su casa. Es un salón de forma rectangular, no muy espacioso, con una ventana que da a la calle por la que entra la luz del día y la oscuridad de la noche. Es de día. Enciende el modem, aprieta el botón de encendido del ordenador y después coge el mando del televisor y lo enciende. Todo está encendido a su alrededor. La televisión encendida, sentado en el sofá con el mando en la mano, apretando un botón tras otro con apenas tiempo de saber si lo que emiten le interesa o no. El ordenador a su espalda, encima de la mesa grande, encendido, conectado a internet con varias ventanas abiertas, su correo, páginas de varios periódicos. Encima de la mesita pilas de libros que no lee, revistas y periódicos abiertos por las páginas de los pasatiempos a medio hacer. Se queda mirando la pantalla del televisor pero no mira, no le interesa lo más mínimo lo que está escuchando ni tiene interés realmente en hacer algo. Sólo se sienta y se levanta. Se recuesta en el sofá y se tapa con una pequeña manta floreada. No tarda mucho en quedarse dormido. Cuando se despierta, se levanta y va hasta la cocina. Abre el frigorífico y saca una lata de cerveza. Se sienta, bebe, mira. Coge el mando del televisor y empieza a apretar un botón tras otro hasta que se acaban las cadenas de la televisión digital y vuelve a empezar. Suena el móvil, lo mira. Está encima de la mesa grande, al lado del ordenador. Se queda sentado y espera a que se muera. Cada vez entra menos luz. Se levanta y enciende una lámpara de pie. Se sienta en una silla delante del ordenador, abre el messenger e inicia la sesión como desconectado. Mira quien está conectado. Se oyen ruidos. Los vecinos acaban de llegar. Escucha como la llave entra en la cerradura y abre la puerta. Se cierra. Vuelve el silencio de los aparatos encendidos. Piensa que no hay nada de literatura en su vida. Sólo ese silencio. Alguien llama al telefonillo. Se levanta y coge el mando del televisor. Busca la cadena que está conectada a la cámara del portal del edificio. Ve quien es en blanco y negro. Apaga el televisor. Mira por la ventana pero no se asoma demasiado. Ya es de noche. Podría abrir la ventana pero no lo hace. Se aleja. Entra en el baño y no enciende la luz. Se mira en el espejo. Hay sólo oscuridad. Se queda unos minutos con las manos apoyadas en el lavabo mirándose. Una conversación de los vecinos se cuela a través de los conductos del aire. Es hora de terminar con todo esto. Sale del baño y se acerca al ordenador. Lo apaga. Hace lo mismo con el modem y con la lámpara de pie. Todo está apagado a su alrededor. Se sienta en el sofá. Dobla la pierna derecha sobre la izquierda, las manos a lo largo del cuerpo apoyadas en el asiento. Se queda así unos minutos. Se recuesta en el sofá y se tapa con la manta floreada. Coloca un par de cojines como almohada y acomoda la cabeza. Piensa que en su vida no hay literatura. No tarda mucho en quedarse dormido. Mientras, la oscuridad.

Una reflexión que lleva a la nada

Publicado el 2 Ee enero Ee 2009 a las 19:30 Comments comentarios (0)

Allí estaba, encorvado sobre la barra, con un vaso de whisky en la mano. Me senté a su lado. Hey, Gaba. Qué haces. Se encogió de hombros y sonrió. Me pedí otro whisky. Guardamos silencio durante varios minutos hasta que empezó a hablar. Pienso que dejamos tanto de nosotros en nuestro rededor que cuando llegamos a viejos sólo nos quedan los huesos. Con cada persona que he conocido se ha ido algo que un día fue mío. No fue dado en un acto generoso sino que fue arrancado, amputado, y me siento como aquellos a los que se les corta una pierna pero siguen sintiendo, tiempo después, el miembro fantasma. Soy lo que tengo y lo que he dado. Se desprende de lo que soy y me modifica. Ni siquiera son los otros quienes se adueñan de ese algo que me deja. Simplemente se va. Se va con aquellos que un día estuvieron a mi lado. No sé que es lo que los otros hacen con eso que me perteneció. Probablemente se pierda, con el paso de los años, en ese agujero sin fondo llamado memoria. Si es así, se pierde algo que fue mío, que era yo. Por tanto, la vida es convertirse en un ser incompleto. Esas piezas originarias desaparecen y su hueco, su espacio, se encuentra vitalmente vacío. Dejamos de ser lo que éramos y nos convertimos en lo que somos. El contacto con los demás nos cambia y nos modela. Somos un ser que a su vez se compone de aquello que no es suyo y es sustraído de los demás. No rellena los huecos vacíos sino que actúa como una pieza nueva que se ensambla con las viejas. Somos fragmentos propios y de los otros. Fragmentos que se pierden y que dejan un vacío. Son los huesos los que ocupan estos espacios. Nos acercan a la muerte. La nada eterna. Son la materia que se convertirá en polvo y cuando esto sea así, sólo quedará de mí aquello que se fue sin que yo quisiera que me abandonara. Aquello que está en los otros. Calló. Se acercó el vaso a la boca y bebió de un trago el whisky que le quedaba. Dejó el vaso en la barra y se volvió a mirarme. Perdona, es sólo una reflexión que lleva a la nada. Se levantó y, sin mirar atrás, se perdió en la oscuridad. Se escuchó el ruido de la puerta del bar al cerrarse. Me quedé encorvado sobre la barra con un vaso de whisky en la mano. Al rato, escuché que me decían hey, Gaba. Un amigo se sentó a mi lado. Qué haces.

Susurros apenas perceptibles

Publicado el 4 Ee diciembre Ee 2008 a las 14:25 Comments comentarios (0)

Hace unos años cuando mi vecina quiso alquilar su vivienda preguntó a la posible inquilina si pensaba llevar a su novio a la casa. Le contestó que sí, que claro, cuando viniera a hacerle una visita se quedaría con ella. No quedó muy convencida. ¿Sabes cuántos años tengo? No tengo ni idea. Setenta y dos años y soy virgen. Estos dos datos, el interés por su novio junto con la virginidad de la arrendadora, fueron suficientes para que se decidiera a alquilar en otro lado. La purísima, por su parte, tampoco mostró interés en esa chica ligera de cascos. En su lugar, arrendó la casa a dos chicos, que debieron pasar sin dificultades la batería de preguntas con que les bombardeó la añeja casta, aunque debió pasar por alto que sólo había una cama pequeña en una habitación más reducida aún. Pero lejos de ser homosexuales, para alivió de Doña Pura, los chicos alegres eran ladrones de pinacoteca. Apareció en varios noticiarios, incrédula, sin saber explicarse como había podido alquilar su casa a unos delincuentes. No noté nada raro.

 

Tan pintoresca persona decidió que, si no podía fiarse de los inquilinos, mejor se venía ella a habitar la casa. Después de unos días, ya instalada, nos informó al vecino de la izquierda y a mí, el vecino de la derecha que su casa se inundaba. Para ello determinó que el vecino de la derecha le informara de cuando ponía la lavadora, que según ella provocaba el problema, para que, la añeja, fregona en mano, evitara la indeseable acumulación de agua en su piso. La situación era algo ridícula. ¡Doña Casta, que voy a lavar los calzones! Ahora no, que estoy viendo la telenovela. Se le animó a que llamara a un fontanero. Después de un tiempo, llamó a mi puerta. Me dijo que el fontanero le había dicho que para resolver el problema había que levantar el suelo de mi salón. Pero Señora Sinmácula, si en mi casa no pasa nada. Que no, que no, que hay que levantar, que yo no puedo vivir así. Días más tarde, escuché, casualmente, la conversación entre Ave María Purísima y el fontanero que, en un principio, pensé que era imaginario. Le decía que la obra le iba a costar tres mil euros y levantar todo el pasillo de su casa. ¡Tate!

 

El vecino de la izquierda se marchó derrotado y vendió la casa. El nuevo vecino tardó seis meses en irse y vendió la casa. Los nuevos vecinos tardaron un año en irse y vendieron la casa. Ahora hay una nueva vecina. Y yo. Hace dos años me informó de que la luz de su cuarto de baño se encendía y se apagaba así que le recomendé que llamara a un técnico. Que se lo hiciera mirar. Pero se negó. Las cucarachas del edificio se escondieron en sus agujeros, las arañas de patas largas pararon de tejer sus telarañas, una salamanquesa se asomó por detrás de un cuadro, los gatos comenzaron a ladrar y los perros maullaron delicadamente. Empezaron a suceder cosas extrañas que indicaban que algo iba a pasar como subir chuzos de punta o que el vecino de arriba, que nunca saludaba, nos dijera hola. Doña Candado me respondió que la culpa era de los aparatos electrónicos que tenía en mi casa. A saber todo lo que tienes ahí metido. Además, mi factura de luz es cada vez mayor, seguro que te estás aprovechando. Esta fue nuestra última conversación.

 

Ahora estoy sentado en la taza del váter del baño de mi casa que comparte pared con el baño mal iluminado de Doña Compuertacerrada. Escucho como enciende y apaga el interruptor hasta que le da un golpe seco, comienza a moverse nerviosa arrastrando los pies y me insulta con una intensidad que resulta sorprendente para su edad. Termino, me limpio y tiro de la cadena. Me voy a la habitación. Ahora su voz son sólo susurros apenas perceptibles.

 

Un viaje en tren desde la estación de Atocha. Quiero bajarme del tren.

Publicado el 28 Ee noviembre Ee 2008 a las 15:40 Comments comentarios (0)

Ya empieza a hacer frío aunque la capa de mierda que rodea la ciudad de Madrid sirva para atemperar el helador efecto de las bajas temperaturas. Nada que ver con el frío que te cala los huesos en ciudades como Salamanca o León, que te hiela el alma, esa cosa que dicen algunos que tenemos dentro del cuerpo. Los viajeros se van situando a lo largo del andén de la estación de Atocha, intentando adivinar en qué lugar parará una de las puertas del cercanías. Ya llega. Se agolpan a izquierda y derecha de la puerta. Unos se intentan colar entre la multitud que se baja del tren mientras la mayoría espera pacientemente a entrar. Es un tren de dos alturas. Subo a la parte de arriba y me siento al lado de dos estudiantes. Un hombre, repanchigado en el asiento, duerme. Algunos hablan aún entre sueños, otros permanecen callados. Son las ocho de la mañana. La mayoría de nosotros somos viejos conocidos aunque nunca nos hayamos dirigido una palabra. Saco el periódico de mi bandolera y empiezo a leer. "Era como estar en una guerra pero sin armas para defendernos". Ya empezamos con las tonterías. Es una frase extraída de las declaraciones de Arturo Fernández, no el actor sino el presidente de los empresarios madrileños, que vivió en primera persona los terribles atentados terroristas de Bombay. Los mismos de los que escapó milagrosamente la Esperanza de Madrid, pisando charcos de sangre y dejando a parte de la delegación madrileña que le acompañaba abandonada a su suerte. Las dos estudiantes sentadas a mi lado estaban hablando sobre las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos. Una de ellas comentaba que Barack Obama se maquillaba. La otra preguntó si para ser más negro o más blanco. La respuesta fue que para ser más negro, por supuesto. Yo ya había levantado la cabeza y miraba hacia delante, al infinito, mientras escuchaba la conversación. No tenía ni idea de que Obama se maquillaba para ser más negro. Es como un siniestro, que se maquilla para obtener un tono de piel cadavérico, pero al revés. Supongo que se lo habrán aconsejado sus asesores políticos, esos que llaman expertos, porque ninguna persona normal le hubiera podido dar un consejo así. Sigo escuchando pero ya no me ofrecen ningún dato novedoso. Vuelvo a bajar la cabeza y sigo leyendo. Parece que las Nuevas Generaciones de Madrid quieren acabar con el espíritu del mayo del 68. Ya no son aquella derecha avergonzada que no se atrevía a criticar los símbolos de la izquierda que representaban la igualdad o la libertad. Ya no tienen miedo a que se les tache de insolidarios, elitistas o carceleros. Aparecen a cara descubierta y llaman canalla al Che Guevara, seguramente bien aleccionados por las cabezas pensantes de las FAES, esos mediocres cuyas ideas existen en la medida en que exista financiación. La derecha, a golpe de talonario, pretende construir una realidad a su medida. Me aburro. Los periódicos cada vez aburren más. Sus análisis son los que quieren los grupos empresariales que los poseen. Miro a mi alrededor. Cada vez somos menos. Chamartín, Ramón y Cajal, Pitis. Hace meses que derribaron el poblado que había en Pitis. Los yonkis que caminaban en procesión, en dirección a su dosis, se han ido. Ya no acampan en los alrededores de la estación ni se colocan en grupo, en cuclillas, alrededor de una fogata improvisada. Guardo el periódico y miró por la ventana. Sólo se oye la conversación de un grupo de rumanos que trabaja en Cercedilla. Mis ojos se apagan. Quiero dormir hasta que llegue a mi destino. Estoy cansado. Quiero bajarme del tren y caminar.

Escribe aquí el título de la entrada

Publicado el 30 Ee septiembre Ee 2008 a las 17:40 Comments comentarios (0)

El negro Obama y el ciborg McCain, la protestas pro-tibet, la políglota Es-perra-nza Aguirre, la educación en la Comunidad de Madrid, la segregación en los colegios madrileños, la privatización de la sanidad pública madrileña, los expertos economistas, la era Bush, Estados Unidos como no, Zapatero dónde estás, la leche en polvo China y los juegos olímpicos, la guerra de Irak, qué pena Afganistan, la corrupta política española, los contertulios sabelotodos y sabelonadas, aquello del género, la pornografía, la prostitución y Gallardón, el futuro prostíbulo de Artemis avalado por Ángela Merkel, los gánsteres y pistoleros legales, acabar con los bancos, la hipoteca como herramienta de esclavitud moderna, la desaparición de la clase obrera, la victoria inteligente del capitalismo, la sumisión de las gentes, los que ganan siempre, el imperio farmacológico, las enfermedades inventadas, los intelectuales que viven del cuento, los departamentos de recursos humanos, la decadencia del periodismo, la moda alienadora, cómo nos engañaron con lo del trabajo, los centros disciplinarios como la escuela y las prisiones, los carceleros de la opinión y de la crítica, la decrepitud del matrimonio, la omnipotencia eclesiástica, la apostasía, la desvergonzada OTAN, la miserable moral de la sociedad, los muertos en las cunetas, los mártires de la iglesia, el negocio de la religión, el Vaticano y el alemán Ratzinger, el tinglado de Burroughs, la Norma, la perversión democrática, la vergüenza de la justicia, el consejo general del poder judicial español, sospecha siempre de quien se considere experto, la raíz de todo el problema, no hay nada más desagradable que un político y aplastar una cucaracha con el pie, los escritores que no saben hablar, el pueblo sólo existe en los centros comerciales, las drogas y las realidades alternativas, una, grande y libre, las lenguas maternas, hacer el amor, qué hago con mis deseos de matar, acabar con las tradiciones, las leyes no sirven, no estudies ni trabajes, no seas nadie, no seas amable, no mires a los ojos de la gente, ríete de Victoria Prego, a quién le interesa la monarquía, la izquierda está muerta.

Ir de derecho

Publicado el 2 Ee junio Ee 2008 a las 18:05 Comments comentarios (0)

Casi siempre voy con el tiempo justo pero hoy llego unos minutos antes de que saliera el autobús. En la parada, los habituales. El conductor apura su aperitivo mientras ve la televisión en el bar. La señora de los pendientes rosas y la pulsera con la bandera española en la muñeca espera apoyada contra la columna de la estación frente al autobús. Me ve venir y hace un gesto, mientras mira hacia otro lado, que parece decir ya viene este y seguro que ni saluda. Así que decido saludarla con un discreto hola. Me mira y me responde hola, buenas noches con ese sonido tan personal que parece que ha tenido sumergida las cuerdas vocales en litros de alcohol, que diría Ramoncín. El conductor sale del bar en condiciones aptas para manejar el trasto con ruedas, todo hay que decirlo, y abre las puertas del autobús. Enseño mi abono y me siento en la segunda fila. Expectante. Suelo llevar un libro en la bandolera pero la experiencia me ha enseñado que, en este pequeño viaje de veinticinco minutos hasta Madrid, no lo necesito. La señora de los pendientes se sienta en el primer asiento, al lado del conductor. Se le olvida enseñar su abono de transporte. Cuando se da cuenta, a pesar del gesto del conductor de no se preocupe, mete la mano en el bolso y saca su abono de la tercera edad mientras explica, con voz grave, que ella siempre va de derecho y que por eso le molestan todas las cosas que pasan. Una chica joven, con una minifalda a la altura de la cintura, intenta entrar en el autobús comiéndose un bollo y el conductor le dice que está prohibido comer en el interior. Cómelo fuera que te da tiempo. La chica se metió el bollo en la boca y tuvo que ser calmada por el conductor y la señora ante el ansia devoradora provocado por el miedo a que el trasto la dejara tirada. Después de un comentario del conductor, de esos de partirte de risa y que ya no recuerdo, sube la chica y se cierran las puertas del autobús. Comienza el viaje. La señora se persigna.

No habíamos avanzado ni treinta centímetros cuando la señora comienza a despotricar contra el conductor de un autobús que estaba aparcado justo delante. Al parecer este sinvergüenza realizó, unos minutos antes, una maniobra con la que casi se lleva por delante a un coche. La mujer informaba minuciosamente del suceso al conductor mientras este decía que un día le pondrán una buena multa y ya verás como no lo vuelve a hacer. Diez metros más adelante, el autobús entra en una rotonda ignorando que al menos dos coches tenían preferencia. Por supuesto, la culpa era de esos idiotas que no sabían conducir. Diez metros más adelante, al hacer la rotonda, un coche interrumpe el giro del autobús. Se desata la tormenta. El conductor comienza a pitar y a golpear el volante. A la señora se le salen los ojos y las culebras de la boca. Llega un coche de policía local y se para al lado, observando lo que pasaba. La señora pierde el control de sus extremidades y los globos oculares bailotean como si tuvieran un muelle. No sabía si insultar a los policías o al del coche. Son esas dudas existenciales que nos asaltan al menos una vez en la vida. Finalmente, el coche permite el paso del autobús y reiniciamos nuestro viaje.

El sonido de fondo que nos suele acompañar en nuestras aventuras es La Cope. El programa La Linterna del prolífico Cesar Vidal. Hoy nos habla de ese lenguaje de chachas que es el gallego. El conductor y la señora suelen guardar un respetuoso silencio mientras Cesar nos ilumina desde las alturas. Aprovechan los momentos de publicidad para resaltar las verdades que suelta por la boca el predicador protestante o para resaltar la noticia del día. Has escuchado lo que ha dicho Solbes esta mañana, que se va a quemar para salvar a Zapatero. A mitad de camino, a la altura de Las Rozas, la señora vuelve a meter la mano en su bolso y abre con cuidado un paquete de chocolate almendrado. Como ella siempre va de derecho, comienza a comer disimuladamente. Nos acercamos a Madrid. Ya se ha comido medio paquete así como quien no quiere la cosa. De repente, me parece ver que apunta con un dedo hacia la derecha. Parece que quiere mostrar algo. Arrugo los ojos para ver con más claridad y veo que no es un dedo. Son dos. El índice y el meñique. Está haciendo los cuernos al Palacio de la Moncloa. No cabe duda de que se está protegiendo. Intenta alejar el mal. Por fin llegamos al intercambiador de Moncloa. El viaje ha finalizado.

Una de Chigurh a la madrile?a

Publicado el 25 Ee febrero Ee 2008 a las 18:20 Comments comentarios (0)

En una noche lluviosa de domingo, la multitud se resguarda en el hall de los cines ideal de Madrid. Un chico, con una trenka verde y unas zapatillas negras con rayas blancas, se encuentra esperando a entrar a ver la película "No country for old men" de los hermanos Coen. Pensativo. De repente, de la nada, se monta una pequeña discusión entre un grupo de tres machotes mas una dama y un solitario. Uno de los tres machotes pega un pequeño empujón al de la trenka cuando aquel se acercaba al lugar de los hechos, con una peculiar arma en la mano: un bol de palomitas, mientras que otro de sus compañeros se encara con el chico pequeñito y solitario, quien le había llamado la atención por colarse en la cola formada para comprar las entradas. El solitario les recrimina su conducta mientras que el trío de amigos forma un bloque amenazador, que parecía que iba a acabar en una agresión tres a uno. En todo este barullo, el de las palomitas le lanzaba las susodichas mientras la amiga intentaba aclarar al pequeñito solitario que no se habían intentado colar. El pequeñito empieza a calentarse, con las palomitas cayendo sobre su rostro, e invita a uno de ellos a salir fuera  a darse unas bofetadas mutuamente. Una señora, una neutral infiltrada en la cola, intenta poner algo de calma y lo consigue. Cada uno de ellos se queda maldiciendo hacia sus adentros, dejando escapar la adrenalina acumulada en esos escasos 4 minutos. No estamos hablando de unos chiquillos traviesos, sino de unos chavalotes, sanos y bien alimentados. A partir de aquí se desarrolla una curiosa conversación que el oído atento del  chico de la trenka capta sin gran dificultad, ya que el de las palomitas y la amiga se sitúan justo a su lado. La chica le dice al palomitero:

- Igual que un niño pequeño, salir fuera para pegarse.

- ya te digo, vaya niñato - dijo el palomitas-

El palomitas, que había tirado las susodichas a la cara del otro, asiente ante el comentario de su amiga, convencido de que su actitud ha sido la de un chico maduro y responsable.

Después éste le dice a la amiga:

-es la primera vez que no me pongo nervioso en una pelea, porque antes no podía. No me ha dado miedo.

La amiga asiente comprensiva y, también, admirada por el cambio tan importante que ha experimentado su amigo.

El chico de la trenka, de repente, se encuentra reflexionando sobre qué diferentes son las realidades que vivimos cada uno de nosotros. Cómo, lo que para uno es una pelea, para otros es una trifulca entre adultos aniñados. Lo que para uno es una niñería, para otro es un motivo de orgullo. Lo que para uno "no es ponerse nervioso", para otros es un descerebrado que provoca una trifulca innecesaria lanzando palomitas al contrincante, fuera de sí. Lo que para uno es no tener miedo para otro es ir bien acompañado con dos amigos a cada lado frente a uno solo.

El de las zapatillas negras con rayas blancas se encamina hacia la entrada de la sala uno, sumido en pensamientos profundos, y hace una maniobra arriesgada al intentar adelantar por su izquierda a un chico algo lento, algo pausado, con tan mala suerte, que le roza el brazo. El pausado le mira, con esa cara que pondría el malvado Chigurh antes de asesinar a sus víctimas, y le dice, entornando los ojos:

- pasa, anda, pasa.

El de la trenka pasa y se va en paz a que le cuenten la historia de Llewelyn y de Anton.

Mitologia

Publicado el 7 Ee diciembre Ee 2007 a las 13:40 Comments comentarios (0)

Sabes que existen, que están a tu alrededor pero la falta de experiencias reales les convierte en leyendas, en seres mitológicos. De repente, entran en un cercanías cualquiera que se dirige a cualquier punto de Madrid y se sientan en cualquier asiento. Es difícil reconocerles puesto que son muy parecidos a nosotros aunque siempre hay algo que les delata y que sirve para que se puedan identificar entre ellos. En este caso, era una mujer aparentemente normal. Se sentó y dejó el bolso en el suelo. El bolso era de color verde y lo colocó al lado de sus zapatos verdes. Ni siquiera miró a los pasajeros que la acompañaban. Transmitía la seguridad de los que saben lo que tienen que hacer en cualquier momento. De aquellos que nunca dudan. Introdujo su mano en el bolso verde y el tiempo dejó de correr. Sí, sacó un libro de tapa dura y comenzó a leerlo. Desde mi asiento no podía ver el título del libro, algo de una ciudad, pero el autor se leía con claridad. El nombre del autor, escrito en letras rojas, era Federico Jiménez Losantos. Allí, a apenas dos metros de mí, se encontraba una lectora de FJL. Esos seres que uno piensa que son ficción, de repente aparecen ante ti como una realidad insoslayable. Existen.